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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Treinta años después de Aznar

Tanto Felipe como Aznar encalaron nuestra política exterior, convirtiendo a su manera a España en uno de los grandes, con poder de decisión y asiento en los foros más importantes. Hoy, en nuestra proyección exterior somos un cruce de Gila y miss Universo, ahora enfrentados con EE.UU. y colocando a la UE en una situación delicada

Estamos celebrando los treinta años de un hecho histórico. Yo seguí como periodista una campaña electoral que iba a transformar nuestro país. Recuerdo que las caravanas de los partidos recorrieron cada centímetro cuadrado de España. Había hambre de gestión y parecía que el momento de la alternancia al fin había llegado. El Gobierno de Felipe González estaba achicharrado y un castellano serio y seco, al que nadie atribuía ni medio gramo de carisma, podía hacer historia: y la hizo. El último acto electoral del PP en el Palacio de los Deportes de Madrid fue apoteósico. Por primera vez, un partido de centro derecha llegaba al palacio de La Moncloa. Después de catorce años de felipismo, con unos estertores que se dilataron en demasía, la izquierda se iba a la oposición y un señor de derechas llamado José María Aznar pisaba la moqueta más poderosa de España.

Pese a los escándalos que perseguían al felipismo, el que sería presidente popular solo pudo sacarle 300.000 votos a González, quien llegó a decir, años después, que por aquel entonces ni él se soportaba. Y este hizo algo que entonces nos pareció normal, pero que hoy es un uso democrático muerto en manos de Pedro Sánchez: Felipe se negó a vender su alma a proetarras e independentistas y abandonó la Moncloa. Pudo ser presidente con solo haberse aliado con un puñado de indeseables, pero optó por la dignidad democrática y dio paso al PP, que fue el ganador en las urnas.

Aznar no fue un presidente más. Creo que, junto a Felipe, fue el único que hizo reformas estructurales en nuestro país. Que no se conformó con derogar media docena de cosas que habían hecho los anteriores presidentes y gestionar la ruina heredada. Eso nunca volvería a suceder. Mariano Rajoy tuvo que arrostrar la mayor crisis económica de las últimas décadas y lo hizo con nota, cosa que hay que reconocerle. Pero no profundizó en reformas que, desde entonces, han estado aplazándose. De hecho, al segundo presidente del PP se le reprocha que planeó sobre el terreno, evitando decisiones de calado político y rechazando dar la batalla cultural a la izquierda. Es verdad que recibió una derecha en profunda crisis por la corrupción, que por poco tiempo sería una única derecha: llegaron después Ciudadanos y Vox para llenar la orfandad que sentían muchos votantes liberales.

Luego vendrían Zapatero –escucharle anteayer con Alsina fue definitivo sobre su impostura y falta de escrúpulos– y Sánchez, lo peor de nuestra historia reciente: un baldón para la democracia. Ambos descubrieron que para mantenerse en el poder había que construir un muro frente a los que no les votaban, abrir todas las heridas históricas, imponer los estándares de la izquierda y, por supuesto, no reformar nada. Ni la economía, ni la educación, ni la sanidad, ni el Estado de las autonomías, ni la política de vivienda. Y se abonaron a aquello de cuanto peor, mejor. Cuantos más facinerosos apoyaran su gestión, mejor para mantenerse en el machito. Los votos de la gente ya no eran importantes: era mejor construir un Frankenstein que pactar nada con el otro partido de Gobierno. Adiós a la alternancia. Adiós a los consensos fundacionales de nuestra Transición. Adiós a las políticas de Estado. Adiós al Parlamento. Adiós a los Presupuestos. Adiós a la moral pública.

Tanto Felipe como Aznar encalaron nuestra política exterior, convirtiendo a su manera a España en uno de los grandes, con poder de decisión y asiento en los foros más importantes. Hoy, en nuestra proyección exterior somos un cruce de Gila y miss Universo, ahora enfrentados con Estados Unidos y colocando a la UE en una situación delicada. La guerra no nos gusta (depende donde) y apoyamos la paz mundial (depende con quien). Mejor los ayatolás, que celebran a Sánchez, que las democracias libres. Todo sea por dar de comer a las mentes en blanco que todavía apoyan con sus votos esta indignidad, vendida ahora por TikTok. Y de ahí no saquen a Albares, que demasiado tiene con mendigar en las cancillerías que dejen que Puigdemont hable en catalán en Bruselas, asumir la leyenda negra y jugar a Napoleonchu frente a la Casa Blanca.

Todavía en marzo de 1996 se respetaban las reglas básicas de la democracia y no se desmontaba la nación por la ambición enfermiza de un narciso. No hace tanto, aunque parece que haya pasado una apisonadora sobre nuestra democracia, gobernaban los que ganaban y los perdedores –contumaces perdedores como Pedro– se iban a la oposición. En las próximas andaluzas, adelantadas por Juanma Moreno, se despejará el camino para el final. O no.