Si hoy matamos a Noelia
Si hoy matamos a Noelia porque lo pide, sin tener en cuenta que las palabras de alguien con un trastorno mental grave, sin tratamiento, son inatendibles y las debe traducir un buen psiquiatra (no hay muchos), se romperá la esperanza, se declarará en silencio el fin de una era, será forzoso ver en el Estado al enemigo
No hace falta ser abogado ni cristiano, aunque sea ambas cosas el que firma, para entender las implicaciones de matar a Noelia. Quiera Dios que no suceda, que esta tarde se imponga la razón razonable (que diría Antonio Marzal) a la razón totalitaria. No deberíamos apelar a la misericordia, ni a un credo, cuando todos los caminos de un orden sociopolítico que reconozca los derechos fundamentales conducen, sin torcerlos, a la misma conclusión: matar a Noelia es un acto de maldad. Por supuesto, un acto de maldad embellecido por reclamos de lo opuesto. Un antihumanismo disfrazado de humanitarismo, una crueldad indescriptible travestida de compasión, una perversidad asesina con el antifaz de las buenas causas. Porque hace mucho tiempo que los homicidas por afición y los enemigos de la especie perpetran sus infamias dándoselas de buena gente. Solidaria y avanzada. Muy avanzada.
Son la escoria de la modernidad, todo lo que va quedando de ella una vez desaparecidas toda la ambición y la provocación creativa. Incapaces de epatar a nadie, empezaron a practicar la ofensa profunda y personal para que el populacho se regocijara en el padecimiento de las víctimas. Nada gusta más a la masa que un linchamiento. Si el linchado es un inocente tan limpio, tan carente de culpa como Noelia, entonces el mecanismo del chivo expiatorio cumple su papel inveterado. Pero nunca de manera más hipócrita. Si quieren ofrecer sacrificios humanos a sus nuevas divinidades (herederas todas de la diosa Razón), ¿por qué no se degüellan ellos, y así desalojan un poquito el planeta? ¿No disfrutaban tanto cuando la pandemia con aquellas imágenes de las avenidas desiertas? Qué maravilla, un mundo sin nadie.
Pero estos hijos de Satanás nunca piensan en sí mismos cuando largan el rollo de que sobra gente. Todas las pruebas juntas del error nuclear de Malthus podrían llenar mil bibliotecas, pero la canalla de la buena muerte (ajena) no se ha enterado. En modo alguno cabe apelar a su sentido humanitario porque este, en ellos, consiste en invertir las culpas del Holocausto, en celebrar al régimen que cuelga a los homosexuales mientras aquí celebran el orgullo. Si hoy matan a Noelia, la matamos todos. Ellos porque son asesinos y sádicos que requieren aplausos a su bonhomía, y nosotros por no haber conseguido detenerlos, por no haberles impedido llegar al poder, por no haber sido lo bastante fuertes e inteligentes para arrebatarles la hegemonía cultural.
Si hoy matamos a Noelia porque lo pide, sin tener en cuenta que las palabras de alguien con un trastorno mental grave, sin tratamiento, son inatendibles y las debe traducir un buen psiquiatra (no hay muchos), se romperá la esperanza, se declarará en silencio el fin de una era, será forzoso ver en el Estado al enemigo. Porque no la protegió cuando debía tutelarla, porque metió a sus violadores en nuestra casa y porque ahora quiere sacársela de encima para que su presencia, su existencia, no recuerde a los gestores de lo público lo mierdas que son.