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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Nadie en las letrinas

En lo más arcano del inconsciente, el dinero y las heces son lo mismo. Y del dinero que sobre su nihilidad llovió, seguro que sabe mucho el coprófilo vociferante. Y mucho lo ama

Puede que, un día, dentro de muchos, muchos siglos, los historiadores busquen el canon de esa incurable patología a la que se dio nombre de «político español» en los inicios del tercer milenio. Y le pongan apellido: Pachi. «Pachi Nadie», para sus simpáticos conmilitones. Tiene su mérito el caballero. Toda una vida sin que le sea conocida otra actividad laboral que esa que le aseguró inacabable y jugoso sueldo con cargo al carnet de partido. Analfabeto blindado. Siervo sin dobleces, eso sí, del amo de cuya benevolencia penda el cobro de su estipendio.

A estas alturas de mi hermética desgana hacia quienes viven de la política, solo una línea de demarcación admito entre los de ese gremio: la que, incluso entre los más acorazados delincuentes de cualquier oficio, permite distinguir a un patán de un hombre educado. Existen hombres educados en esa horrible profesión de político. Y en otras casi igual de viscosas. Raros, sí; pero existen. Puede que no sean ni más ni menos delincuentes que los otros. Pero alguien que respeta léxico, sintaxis, cortesía y convenciones merece, al menos, que uno pierda el tiempo con él exactamente en los mismos términos en que él los pierde con uno. El principio de reciprocidad es tan sagrado en las relaciones privadas cuanto en las diplomáticas.

El otro día, don Pachi, diputado nacional por la gracia del Doctor Sánchez, confundió el Congreso de los Diputados con un retrete. Algo en su cabeza debe andar fuertemente desajustado, para vocear desde la ilustre tribuna su exabrupto coprófilo contra vaya usted a saber cuál o cuáles de sus tan devotamente odiados adversarios. Ni quien presidía la Cámara, ni ningún superior jerárquico de aquel gañán que gesticulaba orondo de su hazaña, hizo siquiera un leve gesto reprobatorio. Algunos de los presentes –parece increíble, pero está en las grabaciones– aplaudían con la sonrisa inquietante de los grandes carroñeros ante sus machos alfa.

Sí, muchas cosas siniestras hallarán los historiadores que estudien, dentro de muchos, muchos siglos, los archivos audiovisuales de la Carrera de San Jerónimo. Si es que tales cosas perviven. Puede que les cueste entender qué era un político profesional, un político a sueldo, en la España de los primeros decenios del siglo veintiuno. Y en estas imágenes, y sobre todo en estos alaridos fecales, podrán hallar la verdadera clave. Un político profesional del primer tercio del tercer milenio español era esto: alguien que cobraba sueldo vitalicio por tratar el parlamento nacional con la delicadeza con que tratan los adolescente literatos las paredes de los evacuatorios.

El señor Nadie tiene ya los bastantes años como para haber ahorrado de su dudosa paga un capitalito más que suficiente para vivir el resto de su vida sin dar un palo al agua. O sea, como hasta ahora. Pero mejor lejos, muy lejos de los espacios públicos, de las cámaras y de los micrófonos, allá donde su deleitosa lengua excremencial no nos apeste el día a los pobres cretinos de cuyos impuestos sale el óbolo que, de un don nadie, fingió tallar a un padre de la patria. No le harían pues ofensa sus superiores devolviéndolo al caserío. El aroma del Congreso mejoraría. Mucho.

Pero, tal vez, seamos benévolos, fuera lo del señor Nadie una erudita exhibición de lo que en el espejo le devuelve su imagen. ¿Recordamos a Freud? En lo más arcano del inconsciente, el dinero y las heces son lo mismo. Y del dinero que sobre su nihilidad llovió, seguro que sabe mucho el coprófilo vociferante. Y mucho lo ama.