Sánchez aplica la 'ETAnasia' a España presumiendo de gorra
Pero Rajoy le adquirió a Zapatero su mercancía averiada refrendando que aquel acabose no conllevaba concesiones políticas para luego tener que hacerse cargo de las cláusulas confidenciales, como patentizó la excarcelación del enfermo imaginario Bolinaga
A medida que Pedro Sánchez ejecuta sus protocolos secretos, lacrados con la sangre de sus crímenes, con los bilduetarras con los que dijo que jamás pactaría –«¿cuántas veces quiere que se lo repita?»– para vivir de gorra en La Moncloa, trocando aquella mascota con la que se ocultaba en julio de 2016 en un chiringuito de Mójacar tras cosechar los peores resultados del PSOE a esta otra con la que juega a ser némesis de Trump, se hace irrebatible que la organización criminal no precisa perpetrar atentados para estar más viva que nunca. De hecho, ya agradece que le vote 'Txapote' tras hacerse el ofendidito en campaña, mientras el brazo político de ETA marca los derroteros del País Vasco y de España en su conjunto.
Así, 'Noverdad' Sánchez recorre la senda de Zapatero tras blanquear a ETA y precipitar un proceso neoconstituyente para excluir a la mitad de los españoles poniendo «en jaque el relato de una Transición ejemplar», como remarca la portavoz de EH-Bildu, Mertxe Aizpurúa, quien transita de señalar objetivos terroristas desde su siniestro libelo a comunicar la mudanza de régimen. Visto con perspectiva, esta reconstituida ETA político-militar recoge los frutos podridos de su alianza de enero de 2004 en Perpiñán con Carod-Rovira, otrora cabecilla de ERC, para que Cataluña fuera coto vedado a sus matanzas infligiéndolas en el resto de España. Luego de que el expresident Maragall defenestrara a su consejero en jefe por el escándalo, el PSOE del pacto del Tinell para arribar a la Generalitat con el separatismo ha asumido el nudo gordiano del compromiso de Perpiñán para la 'gobernadura' de Sánchez sin vencer en las urnas.
Como estrategia ante la mayoría absoluta de Aznar en 2000, Zapatero y Sánchez se han opuesto a resolver los problemas del PSOE traspasándoselos al Estado, al renunciar a un proyecto autónomo y uncir su destino al bloque de ruptura con separatistas contra la Carta Magna. Ni siquiera para gobernar, sino para mandar con el «somos más» de la «dulce derrota» de 2023 o al «hemos ganado 9 a 1» de los comicios vascos. Dando un portazo a cualquier acuerdo de Estado con el PP, el bipartidismo, aunque subsista en apariencia, es reemplazado por el bibloquismo de Sánchez, parapetado tras el muro que alzó sobre los cimientos que estableció Zapatero, cavando trincheras para resucitar las dos Españas.
En 2016, lo explicó Joan Tardà, ayer portavoz de ERC y hoy padrino de Rufián, en la revista Jot Down: «En 2003 hicimos los tripartitos para normalizar el independentismo (...) En 2004, votamos la investidura de Zapatero (…) para hacer con la izquierda española parte del viaje (...) Cuando lleguemos al Estado federal, esta se bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final». Partiendo de que hoy no se puede asegurar que esa izquierda se apee a mitad del viaje a esa Ítaca idealizada, las palabras de Tardá fueron anticipo de la confesión de parte de su aliado Otegui al blandir que, «si para que salgan los 200 presos hay que votar los presupuestos, los votaremos». Es el ucase que Sánchez cumplimenta tras facilitarle tres gabinetes socialistas: dos en España y uno en Navarra.
Si se ha presentado el reciente suicidio asistido de la desdichada joven Noelia Castillo como aplicación de la Ley de Eutanasia, dándole aire de normalidad a la tragedia, otro tanto con la inmolación de la democracia y de la nación por «ETAnasia», según un mordaz tuitero. No en vano se abona el precio político que se prometió no satisfacer a quienes parecieran haber practicado, a ojos de personajes tan hechos al «muerto al hoyo y el vivo al bollo» como Patxi López, un modo honorable de política.
En suma, al igual que la autoamnistía que Sánchez se prodigó a sí mismo y al prófugo Puigdemont para su reinvestidura no supuso perdonar a los golpistas catalanes, sino pedirles perdón, esta suelta de etarras con cientos de años de condena evidencia otro tanto hasta para el lehendakari Pradales. En su competición con quienes pronto le apremiarán las nueces que se almorzaron mientras ellos sacudían el nogal con el hacha de la serpiente enroscada, el peneuvista insta al Estado a que «reconozca el daño causado», reivindicando el Guernica que la II República encargó a Picasso para el Pabellón de España en la Exposición de París de 1937.
Cuando Zapatero rescató a ETA con su mal llamado «plan de paz» para disfrazar la rotura constitucional que portaba de matute, tras anunciar su alto el fuego de octubre de 2011, lo que realmente subyacía era la perentoriedad socialista de encontrar un socio con el que machihembrarse, al margen de si ésta acometía su radicalismo excluyente colocando, cual rama de olivo en el pico de la paloma de la paz, un clavel en el cañón de sus pistolas. Pero Rajoy le adquirió a Zapatero su mercancía averiada refrendando que aquel acabose no conllevaba concesiones políticas para luego tener que hacerse cargo de las cláusulas confidenciales, como patentizó la excarcelación del enfermo imaginario Bolinaga.
Fue aquella etapa en torno al congreso de Valencia que fracturó a los populares y del que surgió Vox en el que Rajoy coligió que no había que ser monotemáticos, de manera que las amenazas terroristas y chantajes a la unidad de España cedieran terreno a otras cuestiones que se acoplaran mejor a aquella sociedad liquida hasta devenir en la licuefacción del PP, como apunta Miguel Ángel Quintanilla en su ensayo Contra la ruptura de Ediciones Encuentro. El final de ETA requería de algo más que su disolución, sino se buscaba –como previno Joseba Arregui, consejero vasco con Ardanza que abandonó el PNV en solidaridad con las víctimas del terrorismo– dotar «de sentido, de significación y de legitimación al terror» porque, en caso contrario, «seguiremos sin enterrar a los muertos pensando que así desaparecerán y dejarán de entorpecer nuestros sueños de futuro».
Por eso, viendo como ETA no deja vivir en paz a quienes no resignan a sus planes liberticidas arrastrando a un PNV al que espera el porvenir del pujolismo tras la escalada secesionista que desató Maragall con su caprichosa reforma estatutaria, nadie puede creerse el cuento de la autodisolución de ETA. Con niños jaleando a terroristas en carreras populares que, bajo el marchamo de proteger el euskera, buscan imponerlo intimidando a la mayoría hispanohablante, resuena el epitafio de Rudyard Kipling al hijo muerto en la I Guerra Mundial: «Si alguien pregunta por qué morimos, dile que fue porque nuestros padres mintieron».
Ante la derrota del vencedor, España sufre la peor herencia del franquismo y que radica en creer que por oponerse a la dictadura se era automáticamente demócratas, como insistía Joseba Arregui poco antes de fallecer. Al tener aquellos antifranquistas muy poco de demócratas, prosiguieron siendo totalitarios a la muerte de Franco, aunque lo disimulen con su antifranquismo sobrevenido.
De hecho, antes de la amnistía de 1977 que alumbró la democracia, ETA había asesinado a 66 personas; después de aquella medida excepcional, las multiplicó por cuatro, provocando el exilio de muchos vascos y alterando el censo de elecciones en las que concurrió, bajo sucesivas marcas, hasta que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ilegalizó Batasuna en 2009, siendo clave para la derrota definitiva de ETA. Al cabo del tiempo, Sánchez abre las rejas a sus presos y dona una victoria regalada a sus herederos, mientras se encasqueta una gorra trumpiana para que la gente se fije en una leyenda vagamente crítica contra el pelirrojo de la Casa Blanca cuando debiera figurar un «a mí me vota 'Txapote'», aunque la relación completa de etarras amnistiados no cabría ni usando hasta los dobladillos.