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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Mortadelo, Filemón y Fernández Díaz

Resulta inaudito que pudiese llevarse a cabo desde el poder una operación tan burda y lamentable como la de aquel espionaje de tebeo al golfo Bárcenas

No hay muchas personas más agradables y entretenidas para un almuerzo, o para una caminata, que Mariano Rajoy, que además ha hecho del sentido del humor un modo de vida. En contra de la caricatura despectiva del puro, la hamaca y el Marca, fue además un presidente muy laborioso, un alto funcionario que logró superar con éxito una pavorosa crisis económica, agravada por la irresponsabilidad del turbio contador de nubes. Pero en su debe aparecen dos fallos: no se atrevió a aprovechar su mayoría absoluta para desmontar la ingeniería social del zapaterismo y el separatismo y mostró poco ojo con los recursos humanos.

A todos nos ha ocurrido. Te encuentras en una situación seria, pero algo te hace gracia y se te acaba escapando una inoportuna risa floja. Estuvo a punto de ocurrirme en una ocasión en que participé en una conversación privada con el por entonces ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Las cosas que soltaba allí en su despacho y su extraña mímica, que me recordaba a la del inspector jefe Dreyfus en las alocadas comedias de Clouseau, hacían que me costase mantener la compostura. Salí de allí con una percepción que el tiempo ha confirmado como acertada: aquel personaje resultaba demasiado estrafalario para desempeñar la sensible cartera de Interior.

No fue el único fallo de Rajoy como jefe de recursos humanos. Descargó buena parte de la gobernación en la sobrevalorada Soraya, que se mostró como un paquete ante el desafío separatista de Junqueras y dio alas a la izquierda con su diseño televisivo, que todavía paga España.

Hoy comienza el juicio de la llamada operación Kitchen, que sienta en el banquillo al pintoresco exministro Fernández, para quien la Fiscalía pide 15 años de cárcel, y a su exsecretario de Estado de Seguridad, Martínez. Junto a ellos estará parte de la cúpula policial de comienzos de 2013, incluido el DAO de la Policía Nacional de entonces y el inevitable Villarejo.

Los hechos de los que los acusan son más propios de un astracán de Torrente, o de un tebeo de Mortadelo y Filemón, que de un país puntero del primer mundo. Tras estallar en la prensa el escándalo del botín suizo del golfo tesorero Bárcenas, no se les ocurrió idea mejor que espiarlo y acabar asaltando su domicilio, a fin de apropiarse de la documentación comprometedora para el PP que pudiese tener guardada. Untaron a un chófer de Bárcenas para convertirlo en confidente y el 23 de octubre de 2013 enviaron a un mangui de poca monta, ya fallecido, a la vivienda del extesorero. Vestido de cura, el intruso intimidó a punta de pistola a la mujer y el hijo de Bárcenas. Semejante delirio fue orquestado desde el poder utilizando a la propia policía.

Como la Justicia española es exasperantemente lenta, estas vergüenzas se comienzan a juzgar este lunes, cuando han pasado ya trece años. Por una feliz casualidad para el PSOE, el juicio de la Kitchen coincidirá con el comienzo del de Ábalos y Koldo. Las televisiones del sanchismo se acogerán a la comparación para establecer que en todas partes cuecen habas y restar así trascendencia al lodazal actual.

El PP limpió la cocina, relevó a aquella generación de dirigentes y pagó duramente en las urnas sus disparates y chorizadas. Sin embargo, continúa en la Moncloa sin inmutarse el mandatario que tiene imputados a su mujer, su hermano, su Ábalos y su Cerdán y que vio como su fiscal general era condenado por guerra sucia política. Un dirigente que, además, ha incurrido en corrupción política al comprar el apoyo de los autores del golpe separatista de 2017 con los indultos y la amnistía. Todo con el agravante de que Sánchez llegó al poder enarbolando junto a Ábalos la bandera de la regeneración contra las cloacas –ciertas– de aquel PP. El gran regenerador ha acabado batiendo récords de inmundicia.

(Por cierto, a Bárcenas le ha salido todo bien barato. Le cayeron 29 años de cárcel y ya está de paseo, y dando entrevistas en plan pope político, tras haber cumplido solo ocho años encerrado en prisión. Algún día alguien nos explicará estas desconcertantes arbitrariedades).