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El periodismo no es una ciencia, pero el «opinionismo», en palabra de Muñoz Molina, ya es una especie de santería, perpetrada por brujos a sueldo que pretenden colar la especie de que toda opinión es razonable, salvo la contraria a los intereses de sus patrocinadores, sin los cuales no tendrían sillas obtenidas por el único mérito de repetir un argumentario obsceno, a menudo falaz, con frecuencia agresivo y siempre insolvente.

Se les identifica antes de llegar a hablar porque se presentan como «analista político», que es la nada rimbombante, el título artificial que se conceden para tapar la ausencia de otros y camuflar su verdadera misión, que es la de recibir órdenes y trasladarlas como muñequitos de un ventrílocuo escondido, pero bien reconocible.

Se bautizan así, que es como presentarse de «olfateador de nubes», «trasquilador de gambas» o «contador de ovejitas», oficios ficticios cercanos al único de verdad al que se parecen, ya en desuso, el de mozo de heces, ilustre función medieval consistente en lavarle los bajos a papas y reyes de la época.

Están abajo en la cadena trófica de la propaganda sanchista, tras seudomedios digitales nacidos o mantenidos al calor del presupuesto público y obligados a ejercer de sicarios chapuceros: sus jefes señalan a rivales, periodistas, jueces o empresarios y ellos disparan sin preguntar, aunque el tiro a menudo acaba dándoles en el pie, porque nadie les cree. Pero bien que lo intentan, fabulando con el DNI de jueces incómodos, inventando tentativas homicidas contra el presidente y recreando un país amenazado por una conspiración fascista de togas, plumas y sables.

Arriba de ese montaje ya aparece la «televisión de todos», con una letanía incesante de programas destinados a tapar la verdad, limpiar los detritos sanchistas y blanquear los abusos del capo, dispuesto a acabar con la democracia para salvar el conjunto de traseros compuesto por el propio, el de su familia, el de su partido y el de todos los paniaguados que viven de tan siniestro circo, muchos de ellos con un cargo relevante para la salud democrática de un país hoy malherido por esa conjura de necios con mando en todas las plazas.

Casi nada de lo que hace Sánchez se había hecho nunca en España, y ni siquiera Tejero se acerca ni de lejos a la amenaza a la democracia que él encarna a la perfección y resume el aforismo atribuido a Huxley: cuanto más pomposas son sus palabras, más siniestras son sus intenciones. ¿O acaso alguien puede citar un solo caso occidental donde gobierne un tipo sin ganar, sin presupuestos, sin mayoría, gracias a delincuentes, aliado con lo peor del mundo y todo su círculo personal y político en prisión o no muy lejos de ella?

Pero tampoco se había sufrido un «periodismo» así: en tiempos de la corrupción del PP la discusión era si los pecados cometidos merecían la pena de muerte política o un castigo compatible con la continuidad, decidido por jueces y electores, pero nunca se negaron los hechos ni se les restó relevancia: buena parte de aquellos casos, desde Bárcenas hasta Urdangarín, pasando por Rato o la Kitchen, se desvelaron en eso que se consideraba la prensa cercana al PP, más dispuesta a defender una idea de España que unas siglas concretas.

Ahora ocurre lo contrario: primero esconden las vergüenzas, después rebuscan o inventan otras en la acera de enfrente para desviar la atención, más tarde se suman al linchamiento del mensajero y por último, legitiman el desafío a la democracia que los jefes perpetran para dotarse de impunidad y aspirar a la eternidad política. Ningún cacique prospera solo, siempre tiene a su lado ese tipo de tropa, cutre y anodina pero eficaz, que Hannah Arendt describió a la perfección en «La banalidad del mal».