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La regularización masiva de inmigrantes es, por una cuestión estrictamente cuantitativa ya de entrada, un despropósito: en la España de las listas sanitarias eternas, donde lograr cita para el médico de cabecera es una odisea, conseguir que la Administración te atienda presencial o virtualmente a tiempo una quimera y un jubilado no tiene derecho a unas muletas si se rompe una pierda; creer que hay recursos suficientes para atender y organizar una avalancha de entre 800.000 y 2.5 millones de personas es, simplemente, una temeridad.

No hace falta entrar ya en si es justo y procedente, que entraremos, para llegar a una conclusión: es imposible gestionar ese alud y, en el caso de que fuera viable, alguien tendría que explicar por qué el Estado no tiene respuestas para millones de españoles en apuros, por falta de recursos o quizá para algo tan visible ya como la ancianidad en soledad, y sí los encuentra siempre para fletar aviones, hoteles, campamentos, comedores y oficinas para cientos de miles de personas que no deberían haber llegado a España así.

O por qué la ley es implacable con todo menos con la cuestión migratoria. No es racista pedir orden y, desde luego, regularizar a quienes ya están entre nosotros, trabajan, sienten y viven unas vidas parecidas a las nuestras no necesita incorporar, a ese viaje de reconocimiento necesario, la barra libre para todo aquel que quiera entrar o que lo ha hecho ilegalmente, a menudo alejado del perfil ciertamente conmovedor del tripulante de un cayuco huyendo de la hambruna, de una guerra o de una epidemia.

Ya está bien de negar lo obvio: muchos vienen porque aquí es fácil acceder, lo hacen sin ningún problema en origen, se lo permiten porque pueden pagarse un billete de avión o una plaza en el barco de un mafioso y no huyen de nada que no deban enfrentar: ¿O acaso van a sacar adelante sus países los niños y viejos que dejan detrás?

Tampoco son menas todos los que dicen serlo. Y tampoco es verdad que todos vengan a trabajar y tengan ganas de integrarse: los hay que estafan, junto a sus padres, al conjunto de los españoles, fingiendo una edad que no tienen para exprimir al español ingenuo. Y los hay, también, que pretenden utilizar el sistema de libertades y derechos de Occidente, los mejores de la humanidad, para mantener y reforzar los suyos, a menudo medievales y de estímulo fundamentalista. Y los hay que quieren vivir del cuento, quizá porque aprenden rápido de nuestros propios aborígenes que ya lo hacen tras doctorarse en esa falsa vulnerabilidad que pagan riñones ajenos.

Todas esas realidades conviven con otra: la del inmigrante que lleva una vida impecable y merece salir de la clandestinidad. Y con otra más: la del que muere en el mar, en cifras récord, porque se estimula en él el efecto llamada de dirigentes como Sánchez pero no tiene los recursos de otros para intentarlo en condiciones seguras.

No hay, pues, un realidad única y homogénea de la inmigración, que además de todo lo descrito se ha convertido en un negocio para decenas de organizaciones que, bajo el disfraz humanitario, cobijan un inmenso negocio con muy pocos controles públicos.

Y como no hay una única realidad, el buen gobernante separa cada una de ellas y le da a cada cual el tratamiento que merece. Sánchez no pertenece a esa especie, todo en él es cálculo, error o bellaquería, y este relevante asunto no puede ser una excepción, así que hay que preguntarse cuáles son, esta vez, sus intereses. Y solo se me ocurren dos, aunque acepto ideas.

Uno: huir del escenario penal, del bloqueo político y de la insurgencia democrática en la que habita, como una garrapata del Estado de derecho, con otro ingrediente más en esa polarización que tanto alimenta y practica, otro ladrillo más en ese muro levantado desde su nefanda investidura para dividir a España y enfrentar a los españoles, esperando que la mitad de su lado supere a la del otro y él prospere en la charca fétida que ha creado.

Y dos: echar cuentas electorales, para ver si los regularizados de hoy son nacionalizados de mañana y, junto al medio millón que ya han conseguido ese avala para votar en las generales, engordar el censo electoral en beneficio propio. No hay más, porque la estupidez, siempre presente en el personaje por mucho que la maquille con un incesante y agotador postureo infantil, no es suficiente para entender esta jugarreta artera. Una más.