Los riesgos de la inmigración
La inmigración es un fenómeno que puede ser beneficioso para una sociedad pero, como todo, tiene su parte de riesgo. Para lidiar con esos riesgos, necesitamos reglas, límites y la valentía de hablar claro antes de que los problemas sean demasiado grandes para resolverlos
Mi amiga Teresa es una bellísima persona, y siente verdadero amor por los demás. Cuando ve a un inmigrante sin papeles sufriendo, o a una familia que ha cruzado el Mediterráneo con lo puesto, lo que le sale de dentro es compasión. ¿Cómo no vamos a acoger a esa gente? ¿Cómo vamos a cerrar la puerta a alguien que no tiene nada? Es caridad cristiana en estado puro.
Creo que mucha gente como Teresa ha visto la regularización masiva que acaba de aprobar el Gobierno de Sánchez con ese mismo sentimiento. Y ese impulso de acoger, de dar una oportunidad, de reconocer a quien lleva años trabajando aquí, es noble. Es comprensible. Pero es incompleto, y diría que hasta peligroso, pues deja sin valorar otros muchos factores.
Porque la gente no es masivamente igual. Hay personas buenas y malas. Hay españoles buenos y malos. Y, lógicamente, hay inmigrantes buenos y malos. Hay los que vienen a trabajar, a construirse un futuro, a integrarse en nuestra cultura y a contribuir. Y hay otros que no. Yo estoy muy a favor de acoger a todos los inmigrantes del primer grupo, y estoy a favor de frenar lo más posible a los del segundo. Pero, como no siempre es fácil diferenciar quién es quién, conviene ser precavido en política migratoria.
No se pueden seguir ignorando los riesgos que la inmigración sin control genera para las sociedades que acogen. Hay un rostro humano, individual, en cada migrante, que no se puede desdeñar; pero, igualmente, hay riesgos en escalar la compasión individual a la masa.
Así que hablemos en serio de esos riesgos.
El primero es la integración. Y tiene dos caras. La primera es práctica: personas que llegan sin idioma, sin trabajo, sin arraigo, sin recursos, con pocas herramientas para incorporarse a la sociedad. Eso no es bueno ni para ellos ni para nosotros.
La segunda es más importante y más incómoda. España tiene una forma de vida. Tiene unas leyes, unas costumbres y unos valores que nos hemos dado entre todos: igualdad entre hombres y mujeres, libertad de expresión, separación entre religión y Estado, respeto a la diversidad de ideas y opciones vitales. No son detalles culturales negociables; son los cimientos sobre los que hemos construido nuestra convivencia. Todo el mundo es bienvenido en este país, pero bienvenido a esto: a nuestra forma de vida, a nuestras reglas. Quien venga a vivir aquí debe aceptarlas.
¿Qué puede ocurrir si acogemos, sin freno, a personas que no se quieren integrar? No hace falta ser mayoría para cambiar una sociedad. La historia demuestra una y otra vez que una minoría determinada y cohesionada puede marcar la agenda y acabar por condicionar lo que se puede decir o hacer. Si importamos masivamente población de culturas con valores muy distintos a los nuestros, no nos extrañe que esos otros valores acaben influyendo en el debate, en la calle y en las instituciones. ¿Queremos arriesgarnos a ese futuro, condicionado por una minoría que no respeta nuestra forma de vida? ¿Tiene sentido, quizás, que prioricemos deliberadamente a inmigrantes que comparten nuestra cultura, por ejemplo a los hispanoamericanos?
El segundo desafío es la criminalidad. Hay que decir dos cosas a la vez porque las dos son ciertas: la mayoría de los inmigrantes son personas honradas que vienen a trabajar y a salir adelante. Y también es cierto que los inmigrantes, especialmente los ilegales, cometen proporcionalmente más delitos. En España representan el 12 % de la población pero cometen alrededor del 32 % de los homicidios, el 30 % de los delitos sexuales y el 40 % de los robos con violencia. Datos del INE, no de ningún partido. Mirar hacia otro lado no protege a nadie; solo deja sin respuesta a quienes sufren esas consecuencias.
El tercer desafío es el coste. Tenemos un Estado de bienestar que garantiza sanidad, educación y una amplia red de ayudas sociales. Todo eso lo pagamos entre todos, con gran esfuerzo para muchas familias. Y el dinero no es infinito. Si acogemos a cantidades crecientes de personas de fuera, necesariamente, tendremos un aumento de los costes que o asumen las familias españolas o llevan a la quiebra el sistema. Esto es pura matemática. Hay que elegir: o se controla la inmigración o se degrada el Estado de bienestar. Las dos cosas a la vez no caben.
Y aquí está la clave: estos desafíos hay que afrontarlos ahora. No cuando los guetos ya estén consolidados. No cuando el sistema de bienestar esté en quiebra. No cuando la fractura cultural sea tan profunda que no haya manera de coserla. A esas alturas ya no hay política que valga, solo gestión del desastre. Estos desafíos hay que anticiparlos pero, claro, cuando hablas de algo que aún no ha ocurrido es cuando es más fácil que te llamen facha, racista etc.
Teresa tiene un gran corazón, pero un país no puede gobernarse sólo desde la emoción del caso concreto. La inmigración es un fenómeno que puede ser beneficioso para una sociedad pero, como todo, tiene su parte de riesgo. Para lidiar con esos riesgos, necesitamos reglas, límites y la valentía de hablar claro antes de que los problemas sean demasiado grandes para resolverlos.