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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Algo habrá que decirle, ¿no?

No es normal ni aceptable un presidente que va contra la Constitución y afirma en la sede de la soberanía nacional que España y Cataluña son dos países diferentes

Vamos a imaginar que el primer ministro de Francia, Sébastien Lecornu, está compareciendo en la Asamblea Nacional. Interpelado por un diputado bretón, Lecornu le da una insólita réplica: «Vamos a hacer de Bretaña y Francia países mejores. Sí, señoría, dos países mejores».

Ante semejante disparate constitucional y conceptual, el público galo se restregaría los oídos incrédulo. O pensaría que Lecornu se ha soplado media caja de vino de Borgoña. Y es que ningún mandatario de un Estado que se encuentre en sus cabales califica de país a una región, equiparándola en rango con la propia nación, que queda así partida en dos. Trump jamás diría «los países de California y Estados Unidos». Ni a Meloni se le ocurriría hablar de «los países de Italia y Calabria».

Pues bien, Sánchez, presidente del Gobierno de España, acaba de afirmar en el Parlamento, sede de la soberanía nacional, que Cataluña y España son dos países. ¿Es una anécdota? ¿Una barrabasada más del carrusel de disparates al que nos hemos malacostumbrado? No, es una patada a la unidad de España y a la Constitución, que en su artículo 2 establece de la manera más tajante «la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles».

El presidente del Gobierno de España ha manifestado que para él existen dos países diferentes: España, por un lado, y Cataluña, por otro. Muchos veníamos anticipando que un día de estos el PSOE alcanzaría el clímax de su felonía antiespañola. Y ese día ya está aquí: un frívolo, que ejerce de presidente de España sin haber ganado las elecciones, proclama su partición sin inmutarse y solo para seguir lisonjeando a los separatistas a los que debe su colchón palaciego.

He escrito aquí varias veces que el Rey es una pieza capital a la hora de salvaguardar la unidad de la nación y la democracia constitucional, por eso van a por él los enemigos de ambos principios. También he dicho que me parece una mala idea señalar a Felipe VI y ponerlo en la diana de las críticas. Pero a cambio de nuestro apoyo cerrado, el Rey también debe dar un paso al frente cuando ocurre algo muy grave, como hizo magníficamente con el discurso que tanto contribuyó a parar el golpe de 2017.

La pregunta es sencilla. El Rey, que según la Constitución es el jefe del Estado y el «símbolo de su unidad y permanencia»; el Rey, que tiene la encomienda constitucional de «arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones», ¿debe quedarse totalmente callado y mirar a otro lado cuando el presidente del Gobierno afirma en las Cortes que Cataluña es un país y España otro?

O dicho de otro modo: ¿Era tan difícil para Felipe VI aprovechar el discurso de ayer del Premio Cervantes para enviar un oportuno recordatorio, que todo el mundo entendería, acerca de que España es «nuestra patria común e indivisible»?

¿Supone un «funcionamiento regular de las instituciones» que quién desempeña la Presidencia del Gobierno afirme que Cataluña es un país diferente de España? ¿O es un abuso y una traición a la patria común que no debemos tolerar en silencio?

No nos despistemos. El mayor problema de España es el separatismo. Es el único que puede destruirla y sigue abierto.