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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

El aristócrata y el presidiario

Cuando un político español sea capaz de escribir como el conservador Chateaubriand, como el insurreccional Blanqui, que me avise. Prometo votarle, sin atender ni un solo segundo a su programa: que será ininteresantemente idiota. Mientras llega ese día, tengan todos la bondad de olvidarme

Un buen día, en los confines del siglo diecinueve. Medianoche. A través del tragaluz, un hombre mira el indescriptible cielo estrellado. Pero el cielo es, para él, nada más que un prisma de tal vez veinte por veinte centímetros, que rayan barrotes de hierro. Un hombre que pasará allí decenios, buscando hacer de ese paisaje del mínimo prisma estrellado refugio para la belleza, para la inteligencia matemática, para la libertad absoluta de aquel –él– que a ninguna libertad habrá tenido derecho. Durante treinta y siete años de su vida. Para sus amigos fue siempre 'El Recluso'. Tal, su verdadero nombre: aquel que de él lo dice todo.

Auguste Blanqui contempla su cuadrilátero de cielo cada noche. Pero, en esta de 1871, está escribiendo las líneas conclusivas de ese libro suyo que llevará por título La eternidad de los astros: «En la hora actual, la vida entera de nuestro planeta, del nacimiento a la muerte, se detalla, día tras día, sobre las miríadas de astros hermanos, con todos sus crímenes y sus desdichas. Lo que llamamos progreso está emparedado sobre cada tierra y con ella se extingue. Siempre y en todas partes, en el territorio terrestre, el mismo drama, el mismo decorado, sobre el mismo angosto escenario, una humanidad ruidosa, infatuada de su grandeza, creyéndose el universo y viviendo en su prisión como en una inmensidad, para inmediatamente naufragar, junto al globo con el cual cargó, en el desdén más profundo bajo el fardo de su orgullo. Igual monotonía, idéntico inmovilismo en los astros ajenos. El universo se repite sin fin y patalea sobre el mismo sitio. La eternidad interpreta imperturbablemente en el infinito las mismas representaciones».

1871. Año de la espantosa carnicería de la Comuna de París. En la cual, un papel tan crucial representaron sus discípulos. En la cual, Auguste Blanqui no pudo participar. Sencillamente, porque estaba ya en el presidio del atroz Fort du Taureau, en el Finisterre francés, desde el cual eleva su tan bella elegía del cosmos: todo es fugaz presente en el universo y esa fugacidad ineludible es el sello de lo eterno: el tiempo no es más que una ficción poco creíble. Ficción, los 37 años que, en total, puntean su paso por distintas cárceles.

Un escritor de gran estilo, que escribe desde la cárcel. No es tan raro. Pero Blanqui no es un presidiario cualquiera. Es el más notorio dirigente insurreccional de su siglo, que no fue precisamente parco en insurrecciones. Un actor político, en el más duro sentido del término. Se hace áspero, en este estúpido siglo veintiuno nuestro, aceptar que un político –tenga las preferencias que tenga, resúltennos simpáticas u odiosas– no sea un analfabeto. Pero es verdad que el tiempo decide de todo. Y, en otras eternidades que ya apenas recordamos, hubo políticos –en la insurrección o en el gobierno– que sabían leer. Escribir, incluso. Y que no se avergonzaban de admirar el talento literario en sus más duros oponentes, a la manera en que Maquiavelo o Guicciardini admiraban la obra del Savonarola, al cual juzgaban necesario hacer morir. La especie humana era entonces un poquitín menos imbécil.

Blanqui, en la insurrección. O el Vizconde de Chateaubriand, en el orden. ¿Ha escrito alguien, acerca de un enemigo, con más belleza que la que despliegan las Memorias de ultratumba para dibujar la grandeza del caído adversario Napoleón Bonaparte? «Me sonrojo al pensar que tendré que balbucear ahora con la muchedumbre de ínfimas criaturas de las que yo mismo formo parte, seres dudosos y nocturnos que fuimos sobre una escena de la cual el amplio sol ha desaparecido».

La inteligencia primaba entonces. También, para saber mirar a un contendiente. Como prima la imbecilidad hoy. No, nos dolamos de nuestra política. Dolámonos de nuestro triste ser, nocturno y dudoso. Y, sobre todo, ignorante.

Cuando un político español sea capaz de escribir como el conservador Chateaubriand, como el insurreccional Blanqui, que me avise. Prometo votarle, sin atender ni un solo segundo a su programa: que será ininteresantemente idiota. Mientras llega ese día, tengan todos la bondad de olvidarme.