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Todos recordamos exactamente dónde estábamos hace un año a las 12,32; al igual que todos tenemos presente cómo nos enteramos de los atentados de Nueva York el 11-S. Pongo el ejemplo norteamericano porque, aunque no se pueda establecer una comparación en las consecuencias de ambos casos, se puede hacer perfectamente una comparativa de la impronta que ambos hechos dejaron en nuestra memoria.

La gravedad de lo sucedido no tiene parangón en Europa. Ningún otro país ha sufrido un «cero eléctrico». El día de autos yo acabé almorzando en un restaurante de la calle Zorrilla donde la camarera me preguntó por qué nos alterábamos tanto por un apagón. Enseguida comprendí su indiferencia ante el hecho que estábamos sufriendo: ella era cubana. Estaba muy entrenada.

En ese restaurante nos dieron comida fría y nos atendieron porque teníamos dinero en efectivo. Creo que a otros clientes que debían ser habituales les atendieron a crédito. Pero yo no había entrado en ese restaurante jamás y, como es lógico, me exigían pago. Afortunadamente, llevaba dinero en efectivo. Creo que una de las lecciones buenas de ese día fue precisamente ésa: lo imprescindible que puede seguir siendo el efectivo. Como horas después comprobé la utilidad de mi viejo transistor a pilas que uso a diario. Al llegar a casa me encontré a mi hijo tumbado en el sofá del salón y escuchando mi transistor que no le había visto utilizar en sus 28 años de vida. A algunos bienes no hay que renunciar nunca.

Estas anécdotas son ilustrativas de lo que fue ese día. Supongo que el que esto ocurriese en primavera y con buena temperatura ayudó a que no se produjeran desórdenes callejeros. Imagínense la misma situación en un día frío de invierno o en uno de mediados de julio con un calor infernal.

Y lo más increíble de todo esto, lo más tercermundista, es que un año después no hay un responsable claro de lo ocurrido. Es inverosímil que nadie haya dimitido, lo que evidencia la afirmación con la que titulo esta columna: España, donde nunca pasa nada. Hace diez días la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia abrió veinte expedientes sancionadores. Uno a Red Eléctrica, otros 17 a diferentes operadoras como Endesa, Iberdrola, Naturgy o la filial eléctrica de Repsol. Pero es evidente que la responsabilidad central en el apagón la tiene Red Eléctrica aunque no haya sido más que por su incapacidad de prevenir el «cero eléctrico». Y al frente de esa empresa, impasible el ademán, continúa la exministra Beatriz Corredor con el maravilloso sueldo de 530.000 € al año más 16.000 € de dietas por asistir a consejos. Y gastándose el dinero de la compañía en hacer documentales de propaganda con los que defenderse.

Al final, con este gobierno siempre pasa lo mismo. A ver si con el paso del tiempo se van borrando los recuerdos y la cosa no tiene más consecuencias. Y el gobierno apuntando a las eléctricas con una acusación verdaderamente inverosímil. Porque tendrían que haber hecho una gran conspiración entre ellas para conseguir el «cero eléctrico». Todas de acuerdo para llevarse el sistema por delante. Y no se entiende qué beneficio podía generarles ese apagón. Pero yo no tengo ninguna duda de la incompetencia de quien gestionaba Red Eléctrica y que estaba haciendo pruebas para prescindir de la energía nuclear. Y cuando se hacen experimentos, las cosas pueden fallar. Como bien dice el refranero popular: los experimentos, con gaseosa.