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Unas líneasEduardo de Rivas

El vestuario del Madrid, una pandilla de niños malcriados

Tienen batallones de fieles a sus espaldas, un sinfín de pelotas arrastrados que viven de ellos y que engrosan su ego. Y necesitan alguien que los controle

El viernes, mientras esperaba 45 minutos de más para coger un AVE de vuelta a Madrid (gracias, señor Puente), en la cola entablé conversación con un señor que me preguntó: «¿Y tú quién crees que está peor, España o el Real Madrid?». Me recordó a algo parecido que me dijo Jorge Sanz Casillas poco antes de Navidad, en plena ola de corruptelas del Gobierno y tras la derrota del Madrid ante el Celta: «¿Quién dirías que no acaba la temporada, Sánchez o Xabi Alonso?». Lo triste es que entonces el tolosarra lo tenía mucho peor y que el club blanco ahora está tan mal como el país, pero con España, al menos, se vislumbra un horizonte de soluciones... mientras no se repita otro 23 de julio.

El Real Madrid está roto desde arriba hasta abajo. Es digno de análisis cómo es posible que un club que está saneado en las cuentas se haya desestructurado de tal manera hasta acabar en manos de unos jugadores que ni siquiera sienten la camiseta que llevan. Lo vivido esta semana con Valverde y Tchouaméni como protagonistas es solo la guinda que pone en evidencia un proyecto fallido que necesita una gran revolución. Porque no hay nadie que se libre de culpa en lo ocurrido en Valdebebas.

Los jugadores han tomado el mando del club. Es algo que ya se empezaba a ver la temporada pasada, algo sobre lo que ya avisó Ancelotti y algo que no se quiso frenar con la llegada del nuevo entrenador. Los futbolistas son poderosos de por sí, son las verdaderas estrellas y tienen batallones de fieles a sus espaldas, un sinfín de pelotas arrastrados que viven de ellos y que engrosan su ego cada día. Son chavales que pasan por poco los veinte años, malcriados y millonarios que no tendrán nunca los problemas de las personas de a pie.

Es más que habitual que pierdan la cabeza y se crean mucho más de lo que son. Por eso es esencial que, por lo menos en su puesto de trabajo, haya alguien que les tutele y les controle. No hace falta un sargento en el vestuario, pero sí alguien que domine la situación y que les llame a capítulo cuando haga falta. No hablo de nombres, porque eso es secundario. Hablo de actitudes. «¿Que no quieres hablar ante la prensa? Ahí tienes el micrófono, porque no te escuchan los periodistas, te escuchan tus aficionados». «¿Que no quieres jugar en esa posición? Elige entre eso y probar si el banquillo es cómodo y mullidito». «¿Que no te apetece jugar la Copa en un campo regional? A mí no me apetecerá ponerte la semana que viene». Así una tras otra, para tratar de evitar que ese futbolista malcriado se tome excesivas confianzas. Y en el banquillo del Real Madrid no hay una persona que haya puesto esos límites. Porque una cosa es darle la mano a las estrellas y otra, permitir que agarren el brazo y hasta la cabeza.

La autoridad se la tiene que ganar el entrenador, pero también debe venir impuesta desde las altas instancias. Si la directiva atiende las quejas del futbolista que no juega donde quiere o no lo hace lo suficiente, la situación tendrá difícil remedio, porque serán las estrellas las que tengan la sartén por el mango y no el que debería mandar. Si el técnico no quiere ser despedido, tendrá que alinear a los que todo el mundo sabe, pero nunca podrá el equipo.

En todo esto, el Real Madrid ha fallado, como club y como equipo. De propina, ha involucionado el sentimiento por la camiseta dentro del vestuario y solo uno de los cuatro capitanes ha pasado por la cantera, una leyenda que puso la primera piedra de Valdebebas junto a Di Stéfano y a la que ahora se la aparta. El año que viene quedará Valverde como punta de lanza del vestuario, que será todo lo uruguayo y pasional que quieran, pero no puede ser capitán después de protagonizar el incidente más vergonzoso del Madrid en muchos años. La gracia le ha costado medio millón de euros, pero la situación no se soluciona con una multa, por muy cuantiosa que sea. Hace falta una gran revolución en el club. En el vestuario, en el banquillo y en la mentalidad. Y urgente, porque el Bernabéu no va a aguantar otro año así.