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En Primera LíneaJavier Junceda

Incertidumbres

Gestionar la incertidumbre, en suma, supone admitirla, y saber entenderse con ella con inteligencia, porque, además, solemos sufrir en la imaginación mucho más que en la realidad, como ya nos advirtió Séneca en su opúsculo sobre la providencia

La vida es un camino plagado de interrogantes. Kant medía la inteligencia humana por la cantidad de incertidumbre que uno era capaz de soportar. Aunque no lleguemos a este mundo con esa lección aprendida, olvidarla es contraproducente, por no hablar de los problemas mentales que puede desencadenar. El conocimiento seguro y claro de algo nunca alcanza a lo venidero, por más que lo anhelemos. Saber gestionar esa incerteza constituye uno de los elementos esenciales de nuestra existencia, de ahí que me sorprenda cada vez más el personal que pontifica sobre todo lo humano y lo divino que vendrá, sin cortarse un pelo.

El Debate (Asistido por IA)

Quienes se dedican a la economía, por ejemplo, acostumbran a hablar a toro pasado, pero al menos tienen el detalle de no recomendarnos dónde invertir. Los contables parten, sin embargo, de evidencias y no de cábalas. Los médicos, por su parte, nos recomiendan hábitos saludables para alejar las enfermedades, pero la guadaña debajo de la cama espera su fatídico momento, cumplamos o no con esos consejos, por no mencionar los accidentes que jalonan nuestros días. Los que nos dedicamos a la abogacía, en fin, estamos sin excepción aquejados de ansiedad anticipatoria, al desconocer el resultado de nuestros afanes, que en ocasiones responden a lo imprevisible.

No hay mayor certeza que la incertidumbre, sostenía Bauman. Pero también es cierto que existen fórmulas para convivir con ella, como conocer lo que ha pasado antes o los riesgos que pueden proyectarse sobre el mañana. Por descontado que, incluso contando con esa completa información, tampoco cabe conjurar la inquietud del porvenir, pero ayuda a negociarla.

El reto más desafiante consiste en tener controlado lo que no sabemos si va a ocurrir. Y hemos de reconocer que jamás lo logramos, ni por aproximación. A un cura le escuché decir que «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». Y a otro, que Dios era el mejor empresario, al saber lo que iba a pasar. La sapiencia que encierran esas palabras la tendemos a despreciar, porque nos hemos convertido en unos augures o arúspices de pacotilla que de lo cómico han transitado a lo patético.

Aceptar la incertidumbre, de todas formas, no puede equivaler a verlas venir sentado a la bartola. Siempre existen sólidos indicios que auguran bienes o males más o menos próximos. En política, por ejemplo, se intuye el final de los gobiernos por las catastróficas señales que van dejando de desbarajuste o corrupción. Se barruntan sus ocasos por signos inequívocos de degradación, por más que cuenten con los ánimos de gentes alérgicas al cambio y cerriles en sus planteamientos por puro interés material. En la esfera personal, quien vive encerrado entre toxicidades no debe aguardar más pronóstico que el reservado para los que se van prematuramente a la caja de pino.

Escuché el otro día a Carlos Slim aconsejar a los jóvenes emprendedores que, si no sabían muy bien qué hacer, hicieran solo la mitad. Me recordó a aquel viejo refrán castellano que sugería no comprobar la profundidad de un río con ambos pies. Juiciosos criterios así contribuyen a paliar los desconcertantes efectos de lo incógnito. Y permiten rebajar la factura que el destino ofrece a quienes no se han guiado por una elemental prudencia en la toma de decisiones.

Pocas cosas hay más cruciales que las de saber administrar lo indeterminado que nos puede deparar el futuro. Y de constatar que, aun tratando de atar todos los cabos, dejaremos alguno suelto. No es posible pronosticar al máximo lo que pasará, algo que causa extrañeza tener que escribir, pero que procede hacer en tiempos en los que nos consideramos infalibles y capaces de presagiar las venturas o fatalidades que nos esperan. En este delirio colectivo contamos, ahora, con la impagable contribución de la inteligencia artificial y de sus argonautas, porque ha de aceptarse que el ser humano no es que sea el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, sino que a menudo la coge para golpearse en la cabeza.

Gestionar la incertidumbre, en suma, supone admitirla, y saber entenderse con ella con inteligencia, porque, además, solemos sufrir en la imaginación mucho más que en la realidad, como ya nos advirtió Séneca en su opúsculo sobre la providencia.

  • Javier Junceda es jurista y escritor