Andalucía: JM Moreno cava la tumba del sanchismo a Pedro y Marisús
Su pretensión de convertir las elecciones en una suerte de referéndum sobre la sanidad pública andaluza, presentándose como su salvaguarda, queda desacreditada por sus diez años al frente de la cartera de Salud
Dos certezas sobre las elecciones andaluzas. La primera es que el PP firmará mañana domingo su cuarta victoria consecutiva en las urnas desde diciembre, tras los comicios de Extremadura, Castilla y León y Aragón. Y la segunda es que el PSOE brindará a sus militantes la cuarta derrota seguida en esos mismos predios autonómicos. Ambas convicciones conllevan dos dudas. Sobre la primera habrá que conocer si Juanma Moreno renovará su mandato como presidente de la Junta únicamente con la mayoría de sus diputados en la cámara andaluza o necesitará la abstención o el apoyo de Vox si no llega a los 55 escaños.
Dependerá de la movilización de los votantes populares y su desconfianza para no quedarse en casa yendo a votar, sobre todo, en las provincias donde los últimos escaños estarán más reñidos, como Málaga, Jaén, Córdoba y Huelva. La segunda duda estriba en saber si María Jesús Montero ahonda más el suelo electoral dejado por Juan Espadas por debajo de los 30 diputados actuales. Y en ese sentido el consenso demoscópico no le augura nada bueno a la candidata de Sánchez que podría sufrir la peor derrota electoral de los socialistas en la comunidad donde fue partido hegemónico durante décadas. Una debacle en toda regla.
Por ello , la victoria de Juanma Moreno tendrá un valor simbólico extraordinario. No sería únicamente una nueva reelección del presidente andaluz, sino la confirmación de una transformación política que hace apenas una década parecía impensable: la consolidación del centro-derecha como fuerza dominante en la comunidad que durante casi cuarenta años fue el principal bastión institucional del socialismo.
Moreno ha logrado algo políticamente muy difícil: convertir la moderación en una marca electoral rentable. Sabe que parte de su éxito reside en no parecer triunfalista ni excesivamente partidista. Frente al ruido permanente de la política nacional, el presidente andaluz ha construido una imagen de estabilidad, gestión tranquila y distancia deliberada respecto de la crispación madrileña. Incluso muchos votantes alejados ideológicamente del PP reconocen en él una figura menos ideológica y más institucional que la de otros dirigentes de su partido. Y sobre todo ha logrado que en Andalucía se olvide que el PSOE ya no gobierna y no por ello ha caído ese meteorito que los agoreros socialistas impostaban como advertencia para evitar un gobierno de derechas en esa comunidad.
Muy al contrario, la economía andaluza ha crecido y se ha dinamizado con más inversiones y más emprendedores que nunca; se han mantenido las políticas sociales y sobre todo no se ha registrado ningún caso de corrupción que afectara a la Junta como los muchos escándalos que jalonaron los gobiernos clientelistas de Chávez y Griñán. Gobiernos en los que participó María Jesús Montero, lastrada por ese pasado al frente de la consejería de Salud e integrante de una Junta señalada por el mayor caso de corrupción política y económica de España como fue el de los ERE. La otra vicepresidenta de Sánchez, la mujer con más poder político desde Isabel de Castilla que lo dejó todo para salvar a su tierra de la perversa derecha, ha lidiado malamente su errática campaña electoral con el lastre de ese pasado y un presente de connivencia y complicidad activa de las reprobadas, por buena parte de los ciudadanos, políticas, decisiones y medidas de Sánchez, apoyadas e impulsadas por independentistas y bilduetarras, además de ser la responsable de la mayor subida de impuestos de la democracia.
Su pretensión de convertir las elecciones en una suerte de referéndum sobre la sanidad pública andaluza presentándose como su salvaguarda queda desacreditada por sus diez años al frente de la cartera de Salud. No puede postularse como solución al problema quien en ese tiempo incrementó las listas de espera diagnósticas y quirúrgicas; recortó con 7.000 despidos la plantilla del Servicio Andaluz de Salud (S.A.S); impulsó con su mala gestión las Mareas Blancas de protesta y consiguió el récord de conciertos con la sanidad privada que ahora reprueba y el PSOE y sus aliados gubernamentales critican y rechazan en las comunidades del PP. Con Montero, el gasto sanitario por habitante en Andalucía estaba por debajo de la media española. Esa hipocresía queda evidenciada también en la manipulación política que se ha hecho del protocolo de los cribados de cáncer de mama que casualmente es el mismo que ella implantó en Salud y que cuenta durante su mandato con la única sentencia judicial condenatoria contra el S.A.S, ahora conocida, por la muerte de una mujer en 2011 en Sevilla debido a un fallo de ese mismo protocolo y que obliga a indemnizar a sus familiares con 178.000 euros.
Ante la previsible debacle electoral y después de pegarse un tiro en el pie al calificar de «accidente laboral» la muerte en acto de servicio de los guardias civiles en Huelva que marcó negativamente los últimos días de su impredecible campaña, en Moncloa se han puesto la venda antes de recibir la pedrada de las urnas y pretenden desmarcarse del sonoro descalabro de Marisús con la excusa de que las elecciones no son un plebiscito para Sánchez, siendo su mentor, amigo y protector.
Pero lo quiera o no, Sánchez será el responsable del fracaso de su candidata en unas elecciones que representan mucho más que unas autonómicas porque su resultado consolidará un cambio político de tendencia nacional en favor del centro derecha y dejará la conclusión para Sánchez y sus conmilitones que cuando Andalucía ya no es el caladero electoral socialista durante dos comicios autonómicos seguidos, incluso Vox podría arrebatarle el segundo puesto al PSOE en Almería, el problema no es territorial sino político y el culpable es Pedro Sánchez.