Sondas de amor
Ordenadores, móviles, relojes inteligentes, coches conectados, pantallitas por doquier, este caos desbocado infla mi exceso de éter hasta hacerme perder ideas, olvidar a dónde iba, para qué miraba la pantalla. Me absorbe, me enloquece, me despedaza la atención. Justo lo que menos necesitaba mi naturaleza «Vata»
Una vez, en Nueva Delhi, la vida me cruzó con un doctor experto en medicina ayurvédica con el que sintonicé al instante. El experto, cuya ciencia milenaria, me contó, solo se puede ejercer tras 10 años de estudios en la facultad y una dedicación plena física, intelectual y anímica, diagnosticó mi «dosha»(mi constitución energética) y me reveló que soy «Vata»: parece que en mi naturaleza abunda mucho más el «éter» que el resto de los elementos presentes en todos los seres de la creación (fuego, tierra, aire o agua) y por eso soy de mente agitada, imaginativa hasta el exceso, distraída, volátil y de mecha corta, soy uno de esos globos de helio que se les escapan a los niños: se elevan caprichosos, y nadie sabe cómo hacerlos volver.
Aquel hombre, cuya mera presencia hacía reverberar las células de cualquiera que se le acercase, me instó a «equilibrar» urgentemente tanta volatilidad etérea con hábitos que me llevasen a tocar tierra si quería conservar una buena salud física y mental y me dio indicaciones tan extravagantes como que pintase las paredes de casa con colores cálidos –naranjas, ocres, tierra–, que la impregnase de aromas envolventes de sándalo y vainilla, que empezase inmediatamente una dieta de «alimentos pesados» (menos lechuguitas y más patatas asadas), pero, sobre todo, mi futura salud pendía de un hilo si no me disciplinaba en atender lo que hacía en cada momento. «Pay. A-tten-tion. What. You Look. What.You. Eat. What. You. Lis-ten», me espetó en saltitos silábicos, mientras me sonreía con ese bamboleo de cabeza, de lado a lado, como solo los indios saben hacer.
Tenía razón. Nunca estoy del todo en ningún sitio: mientras tomo un café con una amiga, que me relata su última tragedia sentimental, asiento con gravedad pensando en lo bonitas que son sus canas salvajes; mientras hago pilates, me viene a la cabeza ese dardo que no supe soltar cuando pillé a mi panadera mezclándome las medias noches tiernas con las del día anterior; mientras el internista me habla de la menopausia y de la importancia de la función de la hormona tiroidea, me acuerdo de que no quedan patatas en la despensa; estoy en misa repasando mentalmente la última discusión con mi marido; o viendo Torrente presidente, me acuerdo aquel indio que me dijo que prestase atención y redacto mentalmente esta columna de opinión para el sábado que viene.
El cerebro es un órgano ingobernable, se enciende, se apaga, baila a su son, salta de una idea a otra como una bandada de estorninos que cambia de dirección sin aviso previo. Sus millones de neuronas establecen miles de conexiones sinápticas que encadenan, en décimas de segundo, asociaciones, recuerdos, intuiciones y fugas… somos una especie inquieta, muy capaz, y nos ha dado por fabricar dispositivos, juguetitos con superpoderes y así podemos: ver en directo desde la barra de un bar los abucheos enfurecidos del pueblo a Marlaska por dejar a nuestros guardias civiles hacer frente con tirachinas a los tanques del narcotráfico; o podemos consultar la apología de Sócrates en medio de un atasco o comprar un abanico de papel en una tienda perdida de Kioto que mañana estará en casa. Ordenadores, móviles, relojes inteligentes, coches conectados, pantallitas por doquier, este caos desbocado infla mi exceso de éter hasta hacerme perder ideas, olvidar a dónde iba, para qué miraba la pantalla. Me absorbe, me enloquece, me despedaza la atención. Justo lo que menos necesitaba mi naturaleza «Vata».
En fin… todos buscamos atención. Nacemos con sed de ser atendidos, recién nacidos, incluso antes de abrir los ojos ya lloramos sin hambre ni frío, solo para ser mecidos. Luego, la vida se encarga de enseñarnos que no merecemos tanta… Mi marido Ignacio se empeña en justificar las peculiares protuberancias a modo de chichones que tiene a ambos lados de la frente (algo genético sin duda alguna: los siete hermanos Jiménez-Artacho cuentan con ellas en mayor o menor medida) contando que peleaba con tal ansia por la atención de sus hermanas mayores que se tiraba repetidamente de cabeza al suelo desde la mesa del comedor de caoba de sus padres, a veces perdiendo el conocimiento… La atención es un anhelo escondido, un regalo, un logro. Algo escaso. Algo frágil. Algo que se pierde con la misma facilidad con la que se desea.
Escuché una vez decir a Pablo d’Ors que uno ama lo que atiende, porque es imposible amar algo que no se conoce; imagino que eso también funciona en sentido opuesto, que uno atiende a lo que ama. ¿A qué estamos atentos? Eso es lo que amas de verdad.
En fin, como leí hace poco a Milena Busquets, es injusto echar la culpa a los móviles como si fuesen los culpables de la falta de atención, de la dispersión, como si no fuésemos nosotros los primeros en dar ese salto. Con móvil o sin móvil, con internet o sin él, son todo excusas de la vida moderna para justificar el ausentarse de donde se está. Irnos, nos vamos todos. La única ventaja que le veo a todos esos cacharritos es que son sondas del amor: si cierra el ordenador, si apaga el móvil, si no consulta sus cositas cada tres por cuatro y te atiende como si no hubiese nada más alucinante en el planeta Tierra, es que te ama.