Ideología antitaurina
Que alguien considere que el aborto es un derecho y que, a la vez, hay que prohibir las corridas de toros me parece fruto de un inmenso desorden estimativo
La querella entre taurinos y antitaurinos es antigua y natural. Lo malo de los últimos tiempos es que los segundos, muchos de ellos, han sucumbido a los desastres de la ideología. Es evidente que en las corridas de toros hay cosas que repelen a muchas personas y, especialmente, su carácter cruento y violento. Quizá la primera observación que sea preciso hacer es que esto no podría justificar por sí solo la demanda de su prohibición. El primer argumento en contra de ella es la libertad. Si un ganadero quiere criar reses bravas, especie animal que sin su colaboración muy probablemente habría desaparecido, si unos hombres quieren perpetuar el arte de la lidia y torear y dar muerte al toro, si otros hombres desean ver el espectáculo, y nada de esto daña o perjudica a otros hombres, no veo por ningún lado las razones para la prohibición. Que alguien considere que el aborto es un derecho y que, a la vez, hay que prohibir las corridas de toros me parece fruto de un inmenso desorden estimativo.
La extrema izquierda empezó con la libertad económica y ahora siente una inclinación irresistible hacia la imposición y la prohibición. Creo que entre los principales motivos de la nueva cruzada antitaurina se encuentran tres. El primero de ellos es el odio a España. Las corridas de toros, en su realidad actual, son algo originariamente español. Es cierto que con precedentes en civilizaciones anteriores. No se entiende la historia de España sin ellas. Todo antiespañol, sobre todo si es español, es un antitaurino en potencia y, en la mayoría de los casos, en acto. El odio a la Fiesta de los toros es un episodio más de la enfermedad del odio antiespañol. Aquí, una vez más, se comprueba el españolismo radical de los vascos. Dos son las formas originarias del toreo derivadas de los dos tipos de toros existentes en España: el vasco-navarro y el andaluz.
El segundo motivo se encuentra en uno de los ingredientes de la anticultura woke: el animalismo. La mayor parte de los elementos de esta anticultura son ideas y principios correctos que han enloquecido (Chesterton). El cuidado de los animales y la lucha por paliar y combatir su sufrimiento están muy bien. Pero no lo está el conferir derechos a los animales, afirmar su superioridad moral sobre los hombres o pretender que un gran simio tenga más dignidad que un embrión humano. Está claro que el animalismo está obligado a denigrar la Fiesta, pero también lo está que se trata de un intenso extravío ideológico.
El tercer motivo se encuentra en la ignorancia acerca del significado de las corridas de toros. En el ruedo todo lo que sucede tiene un sentido. O, al menos, debería tenerlo. Pretender torear al toro sin matarlo es no entender nada de lo que allí sucede. Y, por supuesto, su significado y valor cultural: Lorca, Picasso, Dalí, Goya. ¿Para qué seguir? A los lorquianos profesionales no hará falta recordarles uno de los poemas más estremecedores de la poesía española. Está dedicado a la muerte de un torero en la plaza: Ignacio Sánchez Mejías. Y la presencia de la muerte en las corridas de toros.
Dictaba Ortega y Gasset un curso en un teatro madrileño en 1948 sobre el historiador inglés Toynbee. En la lección VII se vio obligado a hacer un breve excurso sobre los toros, en el que consigna su tesis de que no se puede hacer la historia de España desde 1650 hasta nuestros días sin conocer la evolución de las corridas de toros. Y justifica el paréntesis taurino. «Siendo así las cosas todas ahora dichas, piensen, señores, si puede parecer lícito que algunos inconscientes majaderos crean que logran insultar a este auditorio y de rechazo a mí diciendo que forman parte de él toreros». Se refería a algunos periodistas que hacían la crónica del curso al que asistía Domingo Ortega. Por cierto, quien quiera comprender el arte del toreo puede leer, entre otras muchas cosas, la conferencia que dictó el torero en el Ateneo de Madrid el 29 de marzo de 1950. Allí recuerda que quien decantó el toreo moderno fue Pedro Romero (con permiso de Paquiro) en el siglo XVIII, quien mató cerca de seis mil toros sin que ninguno lograra levantarle los pies del suelo.
Para mostrar la personalidad y la inteligencia de los toreros (no de todos, claro) baste añadir, entre otros, dos nombres a los ya citados: Joselito y Belmonte. Sirvan estas pocas palabras como un espontáneo quite a las embestidas antitaurinas.