Lo importante no es la corrupción
Debemos solucionar la mentalidad de que el pensamiento de izquierdas sólo es censurable cuando sus representantes son corruptos; debemos reivindicar sin complejos que la izquierda puede equivocarse –y está equivocada– en muchos conceptos, aunque sus dirigentes sean impolutos
Resulta inevitable estos días que andemos muchos leyendo, escuchando, hablando y –en el caso de periodistas y columnistas– escribiendo sobre Zapatero y el PSOE. En teoría estoy con un libro de Sherlock Holmes, pero la actualidad resulta más palpitante que Conan Doyle.
Cada quien, sin embargo, acaba posando la mirada en uno u otro aspecto de este magnífico iceberg que comienza a resquebrajarse. A mí, como a muchos otros, nos llama la atención el asunto de las joyas. Sabemos que son el chocolate del loro, pero es el tipo de detalles que le dan jugo y sabor al asunto. Cuando las vi, me pregunté en qué momento y ocasión podrían lucirlas la señora Espinosa y sus hijas. La columna de ayer de Pérez-Maura resolvió mi duda y, a la vez, me regaló una carcajada: «huelen a moro».
Don Ramón me hizo reír, pero Girauta me dejó pensando. Dio en el clavo al señalar la distinción esencial entre Rodríguez Zapatero y Sánchez; este último es consciente de que cada una de sus palabras y sus actos han sido pensados buscando única y exclusivamente el beneficio propio. Aquel, por otro lado, se identificaría de modo pleno con la imagen moral que ha deseado proyectar siempre.
De entrada, choca la tesis. ¿Cómo conjugar la imagen que se nos ofrece estos días de Zapatero, todo lo que anda saliendo a la luz, con la idea de que él se crea sinceramente un referente ético? Parecería que se necesita mucha disociación, demasiada restricción mental jesuítica para poder cabalgar tamañas contradicciones. Ahora bien, todo adquiere sentido cuando uno retuerce la moral, pasa de puntillas sobre determinados temas o se saca de la manga conexiones inexistentes. Un ejemplo de esto nos dio Sánchez cuando comentó, en defensa del expresidente socialista, que fue este quien acabó con ETA (ejem…) y aprobó el matrimonio homosexual, dejando caer de forma implícita que quien tiene tales logros a su favor es incapaz de cualquier demérito.
Suena insultante, en especial a quien se toma en serio aquella del combate espiritual y, en consecuencia, es consciente de que, por cada acto bueno que realizamos, perpetramos tres o cinco malos (siendo generosos). Y aquí radica el quid de la cuestión, el no saber distinguir entre moralismo y moralidad. El moralismo es la plaga del siglo XXI en Occidente, es la división taxativa entre buena y mala gente según criterios infantiles e inamovibles. Es la asignación de etiquetas en origen –se adquiere por ser mujer, inmigrante, musulmán, homosexual– que operan como un bloque compacto en el que se está o no se está. Sánchez es ajeno a estos esquemas, los utiliza sólo en la medida en que le convienen para su propia supervivencia. Pero Zapatero cayó en la dinámica de los influencers: de tanta fama, tanto like y tanta adoración acabó por creer que todo lo que hacía era por un bien mayor. Comprendió, de forma inconsciente, que para hacer el bien en el mundo se necesita un sátrapa, un déspota ilustrado consciente de que para mover algunos hilos resulta necesario ensuciarse las manos, untar a cierto tipo de gente… La vida real es lo que tiene, se dirá a sí mismo. Hacer el bien de este modo, a fondo, debería tener ciertas compensaciones. ¿Por qué habría de ser censurable obtener ciertas ventajas –joyas, oro, dinero– cuando uno se inmola por el bien, la justicia y la humanidad?
Para quien crea que hablo en modo retórico e irónico, una advertencia: mucha gente, no solo Zapatero, opera con estos criterios. El fin que justifica medios es tan viejo como la humanidad. Es la lógica que opera cuando las feministas oficiales callan cuando el violador es musulmán, la que ha mantenido en el poder al PSOE tanto tiempo porque así no nos gobierna la extrema derecha. Por eso, el problema al que nos enfrentamos no es el Partido Socialista, sino la mentalidad que lo sostiene en el poder, la dicotomía «buenos y malos», «buena gente de izquierdas y fascistas».
El problema de que se descubra (más) corrupción en el PSOE es que se atribuya el fallo a personas concretas, aunque estén concentradas en una misma organización. Debemos solucionar la mentalidad de que el pensamiento de izquierdas sólo es censurable cuando sus representantes son corruptos; debemos reivindicar sin complejos que la izquierda puede equivocarse –y está equivocada– en muchos conceptos, aunque sus dirigentes sean impolutos. Ahí debemos llegar y resultará difícil si nuestro único argumento acaba consintiendo en señalar toda esta corrupción, por grosera que sea.