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Palabra de honorCarmen Cordón

La pasta de la que estamos hechos

El poder revela el alma: la desprecinta, la desboca, la asalvaja. Basta con darle a alguien un presupuesto, una mayoría, un cargo, una impunidad o una firma al pie de un decreto para que emerja lo que hay dentro

La semana pasada fui madrina de la graduación de los alumnos de Segundo de Bachillerato del colegio CEU Sanchinarro. Juventud. Sólo hay una época de la vida en que uno tiene esa mirada limpia, llena de determinación y con la fuerza imparable del que todavía no sabe cuánto se puede perder. Con esa edad más o menos recibí una de las mayores lecciones de mi vida. Mi hermano Publio murió en un accidente de ultraligero. Aquella tragedia cambió nuestras vidas para siempre.

Mi hermano era todo lo que yo no era: un joven maravilloso de misa los domingos, comprometido, carismático, E-3 en Icade, llamado a suceder a mi padre en la empresa familiar. Y luego estaba yo. Distraída, mala estudiante, desastrosa en general: el problema de mi casa.

Recuerdo que la noche después del entierro de Publito me abandoné al drama, llorando en mi habitación. Imaginaba el miedo en sus ojos antes de la caída, el horror del brusco golpe. Llegué a pensar, con esa lógica cruel de la culpa juvenil, que la muerta debería haber sido yo. Habría sido más justo, mejor para mis padres. Y para mi hermano, que siempre lo hacía todo bien.

Estaba, en pleno drama cuando mi madre entró en mi habitación, encendió la luz de un golpe seco y guardó silencio mientras yo seguía con mis mohines. Sin una lágrima en los ojos, me miró con firmeza y me dijo, muy seca: «Mira Picuca, en las peores circunstancias es cuando se ve de qué pasta está hecha la gente. Demuéstrame de qué pasta estás hecha tú». Y se marchó.

Ella, la que más derrumbada debía estar, se mantenía firme. Lo comprendí todo. Al día siguiente me lavé la cara, cogí los apuntes de todo lo suspendido y me propuse a enseñarles a mis padres «la pasta de la que estaba hecha». Nunca más llevé una mala noticia a casa.

Confieso que yo era de una «pasta» bastante mala: la de los flojos, la de quienes usan la inteligencia para escaquearse, para no cumplir. Pero, por amor a mis padres, para no añadir un problema más a aquel dolor, por querer parecerme, aunque fuera un poquito, a la «buena pasta» de Publito, empecé a construir un carácter.

Desde entonces, no se imaginan cuántas veces he echado mano de aquella frasecita. Tras aquella sacudida llegó el vendaval del secuestro de mi padre a manos del Grapo. Viví vicisitudes inverosímiles: negociar con terroristas; cruzar fronteras con su rescate; meterme en un coche con los pistoleros; sufrir juicios por colaboración con banda armada; enfrentar maledicencias y falsedades extendidas por ministros; empezar de cero, y tantas otras cosas que no caben aquí.

Y cada vez que me enfrentaba a uno de esos días de angustia paralizante que superaban mi temperamento flojo y sensible, la frasecita volvía: «Que se vea de qué pasta estás hecha».

La frase de mi madre me ha acompañado toda la vida. La he repetido hasta la saciedad a mis hijos, a mis sobrinos y también a los chicos que se graduaron el otro día en Sanchinarro. Pero hoy, reflexionando estas líneas, he cambiado de opinión. En la desgracia uno puede medir hasta dónde alcanzan sus fuerzas, forjar un carácter e incluso alcanzar cierta plenitud en la gratificación íntima de haber resistido. Pero donde se ve de verdad «la pasta» de la que está hecha una persona, donde se retratan su baja ralea o su alta categoría moral, es cuando obtiene poder.

El poder revela el alma: la desprecinta, la desboca, la asalvaja. Basta con darle a alguien un presupuesto, una mayoría, un cargo, una impunidad o una firma al pie de un decreto para que emerja lo que hay dentro. Entonces asoma el servidor público o el señorito. El estadista o el trilero. El valiente o el cobarde calculador. El que entiende el Estado como una responsabilidad sagrada o el que lo confunde con su cortijo.

Y así aparecen los Salazar de turno, que se tocaban la bragueta delante de sus compañeras; los puteros y las fiestas de cocaína en paradores mientras el país permanecía encerrado; los piratas de las mascarillas y las vacunas; los lavanderos morales de dictadores y terroristas; los dispensadores de impunidad para delitos de traición; los Alí Babá repartiéndose el botín extraído al pueblo a punta de pistola impositiva; los irresponsables que impidieron un auxilio inmediato del Ejército a los españoles que se ahogaban en el barro; los asaltadores de instituciones; las garrapatas de empresas públicas; los hostigadores del empresario que lucha por su libertad económica; y los desguarnecedores que abren el asalto a nuestra cultura, a la seguridad de nuestras mujeres, a nuestras plazas y a nuestras propiedades, para doblegar la poca resistencia cívica que siga en pie.

Pero todavía resulta más grave que el Partido Popular, con el poder que le hemos dado millones de votantes, ni pía, ni llama a sumarse a la marcha por la dignidad que organizamos ciudadanos hartos de ser tratados como un rebaño de mansos. Vox, en cambio, se tragó cualquier prejuicio político y allí estuvo, a nuestro lado. Porque lo primero es lo primero.

Clama al cielo que, pudiendo, teniendo poder, no se plante, no combata, no plantee una moción de censura para cortar esta descomposición y este robo organizado... Pues eso: cálculo, cobardía y chapoteo en los mismos lodos.

La pasta de la que están hechos.