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Si Feijóo aceptara las exigencias de Junts o el PNV para presentar y ganar una moción de censura, no sería muy distinto al corrupto Sánchez, capo desde los orígenes y en todos los registros: su asalto al poder fue corrupto, un negocio espurio similar a intercambiar una recalificación urbanística por un maletín con billetes, y su mantenimiento ahí también, elevando a cada paso el precio de la factura girada por unos secuestradores de los que él, por codicia ramplona, es gustoso rehén.

Repetir con matices ese camino, con Feijóo sacrificándolo todo en nombre de una necesaria regeneración, le convertiría en una copia de lo que dice repudiar, y le obligaría a repetir un camino similar, hipotecando vergonzosamente los intereses nacionales a los peajes de obligatorio cumplimiento para seguir otro ratito disfrutando de una Moncloa intervenida.

No ofrecer favores y no buscar atajos es una espléndida manera de calibrar la diferencia entre un estadista y un trilero: uno entiende que el poder es una herramienta, el otro lo visualiza como un simple fin.

Tampoco sería mucho mejor asumir la bienintencionada pero torpe propuesta de Margallo, que parece haberse propuesto un poco a sí mismo al reclamar que, por urgencia nacional, se junten todos, busquen a alguien presentable ajeno a ellos y le nombren presidente con la única misión de convocar elecciones en tres meses.

Acatar esa hipótesis no garantizaría la viabilidad de la moción de censura, pero como la anterior desplazaría el verdadero foco de la cuestión, que es si en el Parlamento la izquierda y el nacionalismo ayudan a la democracia o se suman a su linchamiento, amparando a un sinvergüenza ilimitado que ha hecho de la política, la convivencia y el Estado de derecho una inmensa cloaca y está dispuesto a todo para salvarse de las consecuencias de sus propios actos.

No se puede pagar un precio por algo que es gratis: hacer lo correcto, y aquí lo es enviar a su casa a Sánchez y después al juzgado, no debe estar vinculado a un obsceno cambalache tan típico de Sánchez, ni tampoco puede ser el prólogo del tipo de acuerdos capaces de marcar la política española venidera. No se trata de tener el mismo perro con distinto collar y eso sería Feijóo si asumiera las mismas tutelas que su patético predecesor.

Cosa distinta es que la derecha española tenga que buscar y encontrar una manera de entenderse y que, sin bajarse los pantalones, Feijoó, Puigdemont y Aitor Esteban logren consensos elementales que, desde la aceptación del juego, no incluyan el aplastamiento incondicional, pero tampoco el chantaje perpetuo a España.

Eso ya se verá, si acaba viéndose. Ahora lo que toca es demostrar si en el Congreso son primero demócratas y luego ya catalanes, vascos, comunistas o cualquier otro pelaje.

Feijóo ha expresado en público esa pregunta y a todos les toca responderla, sin charlas y pactos a escondidas, sin estraperlos infames, sin promesas indignas.

Quizá por eso no quede más remedio que tragarse otro rato a Sánchez, pero merecerá la pena. La decencia de Feijóo quedará intacta hasta entonces y los planes de Sánchez y su banda también: desmembrar España del todo, cubriendo la última etapa del sueño independentista, y a cambio, socorrer a Sánchez para que no sea expulsado de La Moncloa y, tal vez, conducido a un juzgado.