Francamente insufribles, como siempre
Es increíble cómo los españoles nos dejamos mangonear e insultar por unas minorías separatistas xenófobas y bastante paletas
Madrid soporta casi tres meses de canícula inclemente que se te pega a las suelas de los zapatos, la vivienda cuesta un ojo de la cara, los facazos en los restaurantes son épicos, no tiene mar (ni un río de calibre) y millones de personas pierden horas y horas de sus vidas desplazándose para llegar a sus puestos de trabajo. Y sin embargo, Madrid se ha convertido en un imán que atrae a españoles de los cuatro puntos cardinales. Rarísimo el chaval que acude a estudiar a la capital y no quiere quedarse en ella tras graduarse.
¿Por qué engancha Madrid? Pues por las oportunidades de trabajo que ofrece, por su pulso de gran metrópoli, su inagotable oferta lúdica, su economía liberal (al menos comparada con la silla eléctrica fiscal del PSOE), el encanto de algunos de sus barrios… Pero hay algo más, un factor clave e inaprensible: todo el mundo es bienvenido y nadie te da la murga con boutades identitarias e «inmersiones» en lenguas locales. Llegas, y ya estás dentro. Te conviertes en uno más del cocido madrileño de gentes de todas partes.
Soy más gallego que el pan de maíz, podrían meterme en una de esas comedias de «siete apellidos...», pero reconozco que al mudarme a Madrid sentí que me liberaba de la plomada del nacionalismo. Adiós al uso ritual del gallego en actos públicos (que desaparecía cuando se apagaban los focos, llegaban un vinillo y unas croquetas y todos nos poníamos a hablar… en castellano). Adiós, al coñazo del BNG repartiendo carnés de quién es buen y mal gallego. Adiós a los nacionalistas santones que te miraban por encima del hombro y te despreciaban como un cipayo por no ser de su secta. Adiós a la impostura de rotular solo en gallego y dar la murga a los colegiales con varias asignaturas en ese idioma cuando la realidad es que en las dos ciudades de más peso de Galicia, La Coruña y Vigo, el 90 % de la población habla a diario en español. Adiós a la mitificación de literatos de segunda división, a los que se dedica el sagrado día de las Letras Galegas con todo tipo de pompa histriónica, cuando si hubiesen hecho esas mismas mediocres obras en español no les prestaría atención ni el Tato. Adiós a pensar que el mundo se acaba en Pedrafita y el Padornelo y que más allá te va a dar un ataque de morriña incurable.
Nuestros nacionalismos regionales operan como la carcoma de un maravilloso país llamado España y alcanzan su expresión extrema en el País Vasco –cuando un bilbaíno es lo más parecido a un españolazo que conozco– y en Cataluña, con una monserga francamente insufrible.
El último pataleo del separatismo catalán ha llegado con la visita del Papa. Toda España está encantada e ilusionada con el viaje de León XIV, incluidos, por supuesto, los catalanes. Se percibirá con un nivel de participación del público que no está al alcance de ningún otro líder. Pero los separatistas no podían dejar de intentar molestar con su motita de... Esta vez el coro del cansino victimismo atiende a que el Papa bendecirá en español la Torre de Jesucristo, el pináculo de la portentosa Sagrada Familia de Gaudí. ¡Escándalo! ¡Anunciamos que no acudiremos a sus actos! La lengua catalana se va a utilizar también en los actos del pontífice, acorde a la realidad de una comunidad con dos idiomas, pero se han agarrado a que una bendición se efectuará en castellano para anunciar su airado rechazo a la visita y exigir una inmediata rectificación del Vaticano.
Espero que Roma, que es vieja y sabia, no les haga ni puñetero caso (aunque no faltará algún alto clérigo local apoyando la queja de Puigdemont y compañía).
¿Por qué no se puede bendecir la torre barcelonesa en español cuando es el idioma que más se habla en Cataluña y Barcelona, el que nos une a todos? Según la última encuesta del gobierno autonómico, que se publicó mandando todavía ERC, un 46,5 % de los habitantes de Cataluña hablan a diario en español frente a un 32,6 % que lo hacen en catalán. A pesar de décadas de rodillo de una «inmersión» totalitaria y manirrota, hay un millón más de castellanohablantes que de catalanohablantes. Además, un 53 % de los catalanes quieren formar parte de España, frente a un 39 % que abogan por la independencia (según sondeos del Gobierno regional, pues otros rebajan el sentimiento separatista al 32 %). Por último, los partidos contrarios a la independencia sumaron en las últimas autonómicas 1,6 millones de votos, frente a 1,1 de los separatistas.
Entonces, ¿por qué tienen que soportar los catalanes que una minoría independentista se erija en intérprete única y exclusiva de los deseos del pueblo catalán? ¿Por qué sucumbimos en el resto de España al engaño de que el separatismo encarna a todos los catalanes? ¿Por qué la izquierda incluye en el cóctel del supuesto «progresismo» a unos partidos supremacistas que parten de la base de que uno de Tarragona, por ser catalán, es muy diferente a uno de Zaragoza, léase superior, y por tanto no pueden seguir viviendo juntos, aunque llevan siglos como compatriotas en la vieja España?
El partido de ETA impartiéndonos lecciones en el Congreso. El delincuente golpista Turull poniéndose chuleta con Feijóo y diciéndole que pase por taquilla y vaya a Waterloo. El partido amarrategui jugando al trile en plan fariseo mientras calcula cómo puede exprimir mejor la vaca española. Junqueras imponiéndole a Illa un modelo fiscal que descoyunta España… Penoso como los españoles nos hemos dejado mangonear e insultar por unas minorías separatistas xenófobas y más bien paletas. Hicieron bien ayer Feijóo y Rueda en sus intervenciones en el Círculo de Barcelona, donde endurecieron un poco el tono y cambiaron la música habitual de lisonjeo a una burguesía que tantas veces se ha puesto de canto con el separatismo. El primer deber del gobernante que sustituya a Sánchez debe ser revertir el perenne chantaje nacionalista, que es el mal endémico de la muy mejorable democracia española.