Religiones vagas
Intento recuperar el llamamiento del que llamaba entonces a «desbrozar la complejidad de las palabras adulteradas que bloquean la vida política y que impide, tanto a la izquierda como a la derecha, dar nombre a los verdaderos adversarios». Sé que él no lo consiguió. Preveo que tampoco nosotros
En toda biblioteca que merezca ese nombre se amontonan volúmenes que su propietario morirá sin haber abierto. A veces, un azar lo lleva a sospechar eso que dormita bajo volúmenes que tuvieron mejor fortuna. Y esto le es suficiente para aguardar que el milagro se digne, de nuevo, algún día visitarlo.
A mí, me sucedió anteayer, mientras buscaba en vano un descolocado volumen de estudios cervantinos. No di con él. Pero, detrás de algo que no buscaba, cayó, amarillento y bajo esa pátina de polvo que garantiza un merecido ataque de tos alérgica, cierto librito de apariencia, más que sobria, desabrida. Pero a un lector experimentado no podría engañarle esa sobriedad. Amarilleado por el correr de casi un siglo, polvoriento y con el lomo cuarteado, eso que sostenía con cautela entre dos dedos era un número de la legendaria Nueva Revista Francesa que, bajo la dirección de André Gide, fue la más influyente de las revistas europeas. Vigésimo tercer año. Nouvelle Revue Française –NRF para los amigos–, número 263. Agosto de 1935. 159 páginas.
Pero, ¡qué 159 páginas! El propio Gide, junto a Julien Benda y Raymond Schwab firmaban los artículos principales; Jean Wahl no desdeñaba ejercer allí el efímero arte de la crítica literaria; un pequeño lote de entonces inéditas cartas de Lewis Carroll… Agradecí a la fortuna ese regalo. Y mi tarde fue muchísimo menos aburrida de lo que estaba previsto.
Y, hacia el final del quebradizo vejestorio, di sobre una nadería. Quizá la más asombrosa. Un folio y medio que deja caer Denis de Rougemont en la sección de notas de actualidad que cierra la revista. Encargar al que entonces estaba acabando el que sería uno de los libros mayores del siglo veinte, El amor y Occidente, para escribir unas pocas líneas de actualidad política, era un lujo que, desde luego, sólo Gide podía permitirse. Y Rougemont se había tomado –era, recordemos, el verano de 1935– el encargo muy en serio.
Un año antes, la sangre había corrido en París, durante la doble insurrección de febrero del 34. Los enfrentamientos entre milicias armadas de signo contrapuesto amenazaban con lo peor sobre toda Europa. En España, la Guerra Civil era más que un presagio. Y la gran matanza anunciaba a gritos su llegada al continente. Rougemont elige como título –que desagradó, claro está, a todos– «Ni izquierda ni derecha». Una página más atrás, Julien Benda había sido más contundente con el suyo, que evocaba a Renan: «Los hombres de Estado son los patanes de la humanidad». Me detengo a leer esa escueta nota. Y me deja estupefacto la certeza de estar leyendo el tiempo presente, sobre las páginas de una publicación cuyas hojas de papel el tiempo trocó en materia casi desechable.
¿«Izquierda»?, ¿«derecha»?, se pregunta el autor. Responde, con un enfado que es casi espejo del nuestro: «una anarquía semántica», en cuyo desorden conceptual vivimos, una contraposición «que no descansa sobre los hechos, sino sobre las místicas». Y cuyas consecuencias habremos de pagar. «¿Qué valor tienen esas místicas separadas de lo real?» El despliegue del miedo al enemigo legendario, como forma de soldar la unidad de los míos. Y, al cabo, todo se resuelve en autodefiniciones negativas, que expresan el deseo de generar un rechazo del cual extraer beneficio: derecha «anticomunista» e izquierda «antifascista» son lo mismo: incapacidad de generar un proyecto propio que no sea el de las lógicas del miedo. Es el paradigma intemporal de cualquier superstición.
«Todo», acaba concluyendo Rougemont, «se juega sobre palabras, y esas palabras no traducen más que religiones vagas, nacidas del miedo, y, en esa medida misma, asesinas».
Releo esa página y media de hace casi un siglo, que me regala al azar de la biblioteca. Me digo que lo trágico de ayer es lo grotesco de ahora. Intento recuperar el llamamiento del que llamaba entonces a «desbrozar la complejidad de las palabras adulteradas que bloquean la vida política y que impide, tanto a la izquierda como a la derecha, dar nombre a los verdaderos adversarios». Sé que él no lo consiguió. Preveo que tampoco nosotros.