Sánchez contra Sánchez
El Sánchez de la corrupción rampante de hoy y el Sánchez idílico y falso de 2018 son el mismo Sánchez. También mentía entonces. Uno representó un papel en el teatrillo de la moción de 2018, porque ya sabía lo que quería y con quién. El otro ahora representa un teatrillo como el jefe que no se enteraba de nada
Sánchez es un mentiroso compulsivo que probablemente se cree sus mentiras. Se trataría de un caso destinado más al examen de patólogos que a la opinión de políticos. Ante la sucesión de mentiras, nos enfrentamos al olvido, otra de las armas del presidente. Acaso sea oportuno situar, una tras otra, ciertas mentiras mantenidas.
Son recordadas afirmaciones de los debates entre Sánchez y su antecesor Rajoy. Así: «El presidente del Gobierno tiene que ser una persona decente y usted no lo es», acusó Sánchez en 2015 en su cara a cara con Rajoy, que consideró esa acusación «ruin y mezquina». Sánchez perdió aquellas elecciones, y buscó socios para su moción de censura basada en una sentencia referida a dos municipios madrileños, que no condenaba al PP y que fue adulterada por un conocido juez con afirmaciones «excesivas, innecesarias y ajenas al objeto del proceso» según sentencia del TS que las retiró. Pero ya habían servido a su fin.
Bastante antes, Sánchez había manipulado una elección interna en su partido y, desenmascarado en sus propósitos, fue alejado de la dirección. Entonces ya supo de quién se rodeaba en su viaje para recuperar Ferraz. Ellos fueron la base para alzar la corrupción. Con lo que sabemos y camino de lo que sabremos, no es muy imaginativo deducir que aquel era el inicio de lo que vendría después, ya probablemente planificado.
En la moción de censura, 31 de mayo de 2018, Sánchez citó la palabra «corrupción» en 19 ocasiones y acusó a Rajoy de estar «aferrado al cargo, debilitando la democracia y devaluando la calidad institucional de la presidencia del Gobierno». Es el mismo Sánchez acosado cada día por nuevos casos de corrupción en su Gobierno y en su entorno más cercano. Aquel discurso de Sánchez produce ahora vergüenza ajena, sobre todo tras las referencias al «número uno» en tantas grabaciones y mensajes destapadas por los jueces y la UCO. Se exigía ejemplaridad cuando habríamos de saber lo que realmente se escondía detrás. Precisamente Ábalos defendió en la tribuna esa ejemplaridad. Sánchez y Ábalos invocaron repetidamente la Constitución, hablando «de hechos gravísimos» y exigiendo «recuperar el valor y el sentido mismo de la política». Pero ya sabían lo que buscaban.
«Dimita, señor Rajoy», exigió Sánchez apelando a su responsabilidad institucional y acusándole de no «asumir consecuencias políticas». Insistió: «La corrupción actúa como un agente disolvente y profundamente nocivo» porque «disuelve la confianza de una sociedad en sus gobernantes y debilita en consecuencia a los poderes del Estado» y también «ataca de raíz a la cohesión social y la convivencia de nuestra democracia». Añadió que cuando se combinaba la «sensación de impunidad» y la «incapacidad de asumir las más mínimas responsabilidades políticas por los actores concernidos, el efecto se agravaba y deterioraba el vínculo entre ciudadanía e instituciones». Dijo: «La corrupción merma la fe en la vigencia del Estado de derecho».
«No hay mayor inestabilidad que la que emana de la corrupción», aseguró Sánchez, que insistió en que los diputados populares no podían «fingir» que no había pasado nada ni «mirar hacia otro lado». Los suyos ahora, sí. Sánchez acusó a Rajoy de «haber optado» por «atrincherarse en el cargo» y le acusó de haber estado «aupado por el peso de una Cámara fragmentada», con grupos parlamentarios cuyos intereses eran «difíciles y complejos de casar», y denunció que «su sola permanencia en el cargo debilitaba nuestra democracia». Él pegado al sillón y, no nos engañemos, por interés procesal, no político.
Sánchez mencionó repetidamente a Ábalos para «rendir homenaje» a los servidores públicos que «no se dejan intimidar por las presiones y consagran su labor al servicio público desde la judicatura, desde el ministerio fiscal o desde los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado», describiéndolos como «un pequeño gran ejército de hombres y mujeres honestos». Mintió entonces y miente ahora. Miente siempre.
Trasládense cada una de las afirmaciones de Sánchez a nuestra realidad, sabiendo lo que sabemos. El Sánchez de la corrupción rampante de hoy y el Sánchez idílico y falso de 2018 son el mismo Sánchez. También mentía entonces. Uno representó un papel en el teatrillo de la moción de 2018, porque ya sabía lo que quería y con quién. El otro ahora representa un teatrillo como el jefe que no se enteraba de nada. O incompetente o tonto. No lo creo.