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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Una nación formidable, pero con una avería interna

España se muestra en la llegada del Papa como lo que es, uno de los mejores países, por eso duelen los problemas artificiales creados por un político divisivo

Llega el Papa a España, con su muceta roja, su sonrisa tímida y anunciando ya desde el avión que viene «a traer el mensaje de Cristo». Tres horas antes, caminas por el centro de Madrid cara al periódico en una mañana de unos agradables 21 grados. Hay todavía poca gente por las calles, con algunos chavales peregrinos que han venido a ver a León XIV y deambulan con sus mochilas. La ciudad luce como si estuviese recién estrenada, con sus edificios de solera, su denso arbolado; tranquila, limpia y segura. Es la capital de una gran nación, España, uno de los países donde mejor se vive del mundo y que tiene a sus espaldas una historia única.

Todo el inicio de la visita de León XIV transmite esa sensación positiva de país avanzado y estable. Se percibe su categoría desde la virguería futurista de la T4, la sensacional terminal de Richard Rogers, que tan bien ha envejecido, hasta la abrumadora magnificencia del Palacio Real, el más grande de Europa, con 135.000 metros cuadrados de superficie y 3.418 habitaciones.

El empaque material se corresponde también -en apariencia- con el porte institucional que se despliega en la jornada de bienvenida. El alto protocolo funciona perfectamente. Todo está en su sitio. Los Reyes reciben con un respeto cordial al Papa al pie de la escalerilla. El presidente del Gobierno se mantiene en un segundo plano, como corresponde, al lado del alcalde de Madrid, la presidenta de la Comunidad y la cúpula de la Iglesia en España. El público está encantado y hace guardia desde primera hora de la mañana para ver a León XIV, cuyo primer gesto consiste en saludar en la terminal a unos niños con problemas físicos y psíquicos, que no estarían hoy ahí si antes de nacer se les hubiese aplicado cierto «derecho progresista» que quieren introducir en la Constitución.

La llegada al Palacio Real, con escolta a caballo y con la interpretación de los himnos del Vaticano y España en la Plaza de la Armería, se desarrolla con mucho porte institucional. Impera una organización impecable, con una seguridad necesaria y evidente, pero relajada, y entre el público el ambiente resulta de una encantadora cordialidad.

Cualquiera que haya visto desde el extranjero la emisión de la llegada de León XIV se llevará una excelente imagen de España, la de uno de los mejores países del mundo. Y lo es. «Un gran país que desde hace casi dos milenios ha acogido la palabra del Evangelio», como señaló el Papa, «con un pueblo lleno de pasión que ama la vida y lo manifiesta».

Pero lo que probablemente ignore el espectador lejano es que esa reluciente fachada de España convive con una carcoma interna, una anomalía política casi única en el mundo avanzado.

Un presidente que no ha ganado las elecciones se mantiene en el poder gracias al apoyo de partidos que odian el país que preside y que aspiran a romperlo, incluyendo dos que en 2017 dieron un golpe sedicioso contra España y otro que es heredero de una violentísima banda terrorista. La vida pública se ve zarandeada por la corrupción galopante de un gobernante que se niega a asumir la más mínima responsabilidad y que se aferra al poder cuando es incapaz de ejercerlo. Una tenaz ingeniería social, que mal llaman «progresismo», trabaja para arrancar las raíces cristianas de España y preconiza una atroz subcultura de la muerte y unas políticas «de género» que abofetean el sentido común. Como generador último de tan deprimente panorama, un mandatario que considera que la mentira es aceptable si sirve para sus intereses políticos y que ha fomentado la división y el guerracivilismo, enfrentando a los españoles en dos bandos cada vez más alejados. Ha dinamitado los puentes del entendimiento y con sus cascotes ha levantado un muro.

En efecto: España es un país maravilloso, repleto de factores positivos, empezando por una sociedad cordial y de buena pasta humana, como ensalzó el Papa. Pero hoy estamos atenazados por un problema artificial, causado por la huida hacia adelante de un político felón de querencia autocrática, que ha elegido el abrazo con el separatismo xenófobo solo para mantenerse en su poltrona y que ha corrompido las instituciones para blindarse.

Vivimos bajo una dicotomía casi inexplicable: el mejor país sometido a la peor política. Por fortuna, la enseñanza espiritual del Papa está muy por encima de estas humanas miserias. Además, tan oprobiosa etapa pasará.

(PD: Qué triste debe ser trabajar en TVE, verte obligado a poner el énfasis constantemente en el problema de los abusos solo porque en esa casa manda quien manda, el One; en lugar de informar con alegría del mensaje esperanzador y trascendente que trae León XIV a España).