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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Magnificat

La llamada «inteligencia artificial» es un artilugio de poder. Como lo son todos los artilugios humanos. Desde la primera hacha de sílex. Este es, con seguridad, el más potente de los hasta hoy artesanados. Pero es eso exactamente lo que define a todo tiempo en su relación con los tiempos precedentes

Entenderá mejor la primera encíclica del Papa León XIV un músico que un científico. Mejor que ambos, un poeta. Y sólo en ausencia de ellos, un teólogo.

Magnífica Humanidad puede mostrarse como un título extraño. Pues que la «magnificencia» no es, en rigor, predicable más que del absoluto, frente a cuya infinitud no es pensable oponer determinaciones. Ni siquiera la de una humana inteligencia que pudiera jugar a definirlo, esto es a acotarlo. «Dios es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna», anotaba muy sensatamente un teólogo del siglo XII.

Atributo específico de la divinidad, ¿a qué alude el uso de «magnífico» cuando se ve proyectado sobre la humanidad finita? A un uso analógico, sin duda. Asentado sobre la exégesis literaria de un texto mayor del cristianismo. Que toma título de su palabra inicial: Magnificat. En la elegante versión de Casiodoro de la Reina (1569), revisada en 1602 por Cipriano de Valera, «engrandece mi alma al Señor…» inicia el canto de alabanza de María al Omnipotente, que sobre ella ha obrado lo humanamente imposible (Lucas 1: 46-55).

Entre las numerosas versiones musicales de ese poema, mi veneración se inclina hacia la de Monteverdi en 1610. Si no es descortesía, sugiero a quienes quieran entender algo de la encíclica de León XIV que se olviden de máquinas y autómatas; que dejen, mientras leen, sonar ese Magnificat; o, si mejor les cuadra, el majestuoso de Bach; que se detengan en los escuetos dos minutos y medio de su Deposuit potentes: «Derrocó de su trono a los poderosos / y exaltó a los humildes, / a los hambrientos los colmó de bienes / y a los ricos los despidió vacíos». Las claves mayores del texto papal están ahí. Como lo está su título. Y sus paradojas.

La llamativa presencia de la «inteligencia artificial» en esta primera carta encíclica puede nublar, con el fogonazo de la actualidad inmediata, el verdadero objeto al cual apunta. No hay lectura inocente. Reconoce cada lector en un texto –sea este del orden que sea– los reflejos de su propio rostro: esto es, los reflejos de un mundo cuya lengua le ha sido impuesta como irrebasable. «Inteligencia artificial» ha dado en ser, en muy poco tiempo, lugar común. Aún más, sus odiosas siglas (toda sigla lo es): «IA». Los lugares comunes nada dicen y todo ocultan. Es su función: dar por evidente lo que es problemático.

Los quince párrafos que, sobre un total de doscientos cuarenta y cinco, agrupa el texto papal bajo el epígrafe «La inteligencia artificial» tienen la sabia prudencia de no abordar conceptos técnicos que, en el fluir vertiginoso de ese campo del conocimiento, sería precipitado aventurar. Solo propone esbozar fronteras, abolir malentendidos. Párrafo 99: «No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta ‘inteligencia’ a la humana». Los dilemas a los que la encíclica se asoma no afectan a la tecnología. Están tejidos en la raigambre ética que a todo humano concierne. Y en la densidad teológica que se supone a los fieles.

Al cabo, esas cautelas ético-teológicas son básicas. Articuladas en torno a dos. Primera: constatar (párrafo 100) que «la impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de los sistemas [de IA] pueden suscitar, corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos». Segunda: clarificar (párrafo 104) que, «si no podemos considerar a la IA como moralmente neutra», ni caer en la trampa infantil de «moralizar la máquina», es por la sencilla constancia de que «quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas». La llamada «inteligencia artificial» es un artilugio de poder. Como lo son todos los artilugios humanos. Desde la primera hacha de sílex. Este es, con seguridad, el más potente de los hasta hoy artesanados. Pero es eso exactamente lo que define a todo tiempo en su relación con los tiempos precedentes. Decir que cada hoy de la artesanía humana convierte en prehistoria a todos los «hoys» que antes hubo, no es mucho más que enunciar un pleonasmo.

¿De qué habla entonces la muy medida encíclica de León XIV? De eternidad. En la imagen del abandono ante Dios que el evangelista Lucas pone en voz de una doncella que acepta lo impensable. Conclusivo párrafo 243: «Nada ha cambiado alrededor [de María]: la situación sociopolítica de su época sigue siendo la misma… Sin embargo, todo ha cambiado dentro de ella, y eso le permite ver lo invisible. Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías». Y el Papa Prevost concluye con una cita del Papa Ratzinger: Dios «se pone de parte de estos [humildes y hambrientos]. Su proyecto a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan los soberbios, los poderosos y los ricos. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al final».

Magnifica Humanitas habla de esa «final fuerza secreta», a la cual sólo lo intemporal puede dar nombre propio. Donde la historia acaba y toda dominación es derrocada… Deposuit potentes… Orígenes, en el siglo tres, la llamó apocatástasis.