Un maestro de música
Porque un maestro, escribe San Agustín, no dicta palabras impuestas a sus discípulos
De San Agustín, bajo cuyo estudio transcurriera su formación, espiritual como teológica, ha conservado Robert Francis Prevost la fina percepción del complicado laberinto de espejos en el cual se juega la relación entre maestro y alumno. Papa ahora, León XIV es el maestro de la comunidad espiritual de mayor peso y más densa historia: la Iglesia Católica. Y a esa comunidad debe aleccionar. Y por ella debe ser aleccionado. Porque un maestro, escribe San Agustín, no dicta palabras impuestas a sus discípulos. Ni estos las reciben como un externo don de él. En el discípulo, la voz del maestro es la caja de resonancia que hace vibrar en su propio espíritu la palabra divina que siempre estuvo allí. El maestro hace que en el alma del discípulo emerja algo que sólo en la confrontación de ambos dará origen a una ciudad nueva: la ciudad de Dios.
«Al que escucha» –enunciaba el maestro agustiniano–, «si las sintió y presenció, mis palabras no le enseñan nada, sino que él reconoce la verdad por las imágenes que lleva en sí mismo; pero si no las ha sentido, ¿quién no verá que él, más que aprender, da fe a las palabras?» Durante las dos horas de tiempo festivo que precedieron en el Bernabéu a su llegada, León XIV estaba rindiendo oración y homenaje a la Virgen de la Almudena. Las solemnes imágenes de la ceremonia en la Basílica eran reproducidas en las enormes pantallas del estadio. En un juego de paradójicas complejidades, la gran liturgia eclesial coexistía con el espacio festivo de una muchedumbre que, a la espera de las enseñanzas papales, hacía transcurrir el tiempo en esa cercanía fraterna que es la forma más sencilla de la comunión. Cuando el vehículo papal apareció sobre el césped, dos universos se cruzaron: de la basílica al estadio, del amistoso barullo a la veneración solemne.
No fue azar que, cuando, tras las bienvenidas y la presentación del arzobispo madrileño, el maestro habló, al fin, a los decenas de miles de discípulos allí congregados, iniciara su alocución a través de una metáfora musical. La reciente Magnifica Humanitas está punteada por la percepción musical de la fe misma: este papa es, al fin, matemático; y matemática y música son lo mismo. Ante los congregados para escuchar su enseñanza, retomó el núcleo definitorio de su encíclica. «Esta velada es un himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad».
León XIV agradeció que el cardenal Cobo le hubiera brindado en su presentación esa parábola del canto que él iba a recoger y desarrollar con detalle. Para concluir de ella la entidad misma del acto que estaba siendo compartido allí entre pastor y fieles. No basta el cúmulo de los sonidos para crear un canto polifónico. Del mismo modo, «los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian». De esa lógica de la armonía como sometimiento matemático del caos sonoro, Prevost extraía una conclusión brillante: «para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado». La concepción de lo litúrgico como monumento que da continuidad a los fieles y los salva en la historia es un concepto de entidad mayor. Porque, en efecto, nada en el mundo espiritual –no sólo en el religioso– sobrevive una vez que las liturgias han sido desmoronadas.
En el Bernabéu, y con un lenguaje al alcance de la multitud allí presente, León XIV recogía así la esencia teológica de su Magnifica humanitas: el llamamiento de Nehemías a «reconstruir los muros de Jerusalén». Y a entender la complejidad que, en un mundo tan babélicamente caótico como el nuestro, entraña una tarea de semejantes dimensiones. Porque, «hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en recurso».
Babel no es para el papa Prevost una metáfora sólo de la desmesura humana que termina en derrumbe. Es también el paradigma de la ciudad; de esta ciudad nuestra que es, claro está, inarmónica ciudad de los hombres, pero que podría encerrar en sí la promesa de llegar a ser «ciudad de Dios» agustiniana, en donde «una cultura inédita late y se elabora». Ni turbación ni espanto deberían desasosegar al fiel ante esa tarea, subraya León XIV parafraseando a Santa Teresa. La música del Evangelio es la promesa de salvación; «el amor, el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa», sea cual sea la ciudad sobre la que el azar haya venido a asentarlo.
Fue, en suma, un discurso escueto, casi ascético. Y, por ello, la depuración de sus conceptos parecía buscar ese instante de tiempo suspendido que sólo existe en la música. La soledad del director de orquesta parecía vibrar en aquel «muchas gracias», último golpe de batuta, con el cual el maestro recibía de la multitud de sus discípulos el retorno de la lección magistral por él dictada. Todo es música, pues: liturgia.