Las saunas y Pedro Sánchez
¿Alguien le va a dar a este escándalo la importancia que tiene de una vez?
El propio Pedro Sánchez en persona, varios ministros y todos sus medios de comunicación de estricta observancia sanchista han acusado a Alberto Núñez Feijóo en incontables ocasiones de veranear con un narcotraficante, y han difundido su imagen con Marcial Dorado más veces que el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica que nos dio la gloria.
Incluso probaron a meter a la esposa del presidente del PP en otro ajo parecido, con el mismo Sánchez en el Congreso diciéndole a su rival que tenía «más cosas» de ella, entre cabezazos confirmatorios y amenazantes de la vicepresidenta María Jesús Montero, la niña de los ERE ayer y hoy la dama de la SEPI.
La realidad es que aquella imagen, que no es sin duda la mejor del álbum de recuerdos de Feijóo, se tomó cuando ni uno era presidente de la Xunta ni el otro había sido condenado por capo de las drogas, algo que tardaría años en ocurrir: podrá elucubrarse sobre las afinidades juveniles de cada cual, pero no considerar que una estampa añeja, previa a la vida que ambos llevaron luego, tiene algún valor demostrativo de nada.
Y al respecto de su mujer, el bulo duró lo mismo que una piruleta en la puerta del colegio o una chica atractiva sin bailar en una fiesta del Tito Berni: pretendieron convertir una subvención a la Fundación Sargadelos en un regalo del presidente gallego a su pareja, que trabajó en la matriz de la firma cerámica hoy tristemente hundida, una información simplemente falsa que el propio diario que la difundió rectificó casi al momento.
Vienen a cuento estos antecedentes para evidenciar que, cuando a Sánchez le viene bien, las vidas personales y las experiencias remotas de sus adversarios sí son materia pública, como bien saben Ayuso, su hermano y su novio. Y que además se repiten sinfónicamente durante años a pesar de que sean, simplemente, un bulo: ni Feijóo veraneó con un narco, ni su pareja fue beneficiada por la Xunta, ni el hermano de Ayuso debutó en el sector sanitario gracias a los enchufes de su hermana ni los negocios y cuitas fiscales de su novio tienen nada que ver con la actividad de su consorte.
Y, sin embargo, cuando sí existen pruebas irrefutables de que Sánchez o los suyos se han beneficiado de una u otra manera de trampas, enchufes y ya veremos si delitos; brota en ellos y en los linchadores habituales el doble mensaje de que es de mal gusto mirar intimidades, de que el pasado no enlaza con el presente y de que, si a alguien se le ocurre publicarlo, investigarlo formalmente o incluso enjuiciarlo, es por manía persecutoria al personaje y conspiración sincronizada con jueces fascistas, guardias civiles «patrióticos» y periodistas buleros.
Pues miren, no. Al hermano del presidente le prepararon un trabajo en una oficina que ni conocía ni sabía a qué se dedicaba, tras una entrevista personal hecha por una diputada del PSOE que ni ella ni el beneficiario siquiera recuerdan. Y a Begoña Gómez le regalaron una cátedra tras citar al rector en La Moncloa, a ella sumó a empresarios que luego fueron beneficiarios de contratos del Gobierno y también logró que multinacionales de todo tipo le patrocinaran un software que registró a su nombre, en una empresa personal que quiso utilizar con fines comerciales.
Ya veremos si todo eso, en ambos casos, es delito. Pero que es indecente y refleja una falta de probidad escandalosa, no admite dudas. Y que la ejemplaridad es exigible al presidente y a su familia y que, de perderla, ha de dimitir, tampoco: él mismo se ha cansado de exigírselo a los demás, con el Rey Juan Carlos como primer destinatario de esa petición que, por lo que sea, luego no sirve con él.
Pero el mejor de los casos es el de las saunas de Sabiniano, que resume todo el universo moral en el que Sánchez chapoteaba desde antes de ser alguien. Por lo que sea, el suegro del presidente logró un ventajosísimo alquiler de un local en el centro de Madrid, de titularidad pública. Solo llegó a tener licencia de peluquería y lo arrendó para montar una tienda de muebles. Y, por no alargarme en detalles oscuros, sufrió además redadas e intervenciones policiales en las que se registró su verdadera actividad como prostíbulo sórdido de hombres y de mujeres.
Y a pesar de todo, mantuvo la titularidad del arrendamiento durante 42 años, hasta 2022, cuando el yerno ya era presidente. Por si fuera poco, y he aquí el meollo del asunto, Pedro Sánchez se benefició y se beneficia de ese siniestro negocio: su suegro compró en origen las casas en las que el matrimonio vivió y veraneó durante lustros. Y aún hoy en día la de Pozuelo de Alarcón, cuando menos, les rinde pingües beneficios: 1.750 euros mensuales de alquiler, según atestigua el informe de la UCO elaborado para el 'Caso Begoña'.
¿De verdad alguien con dos dedos de frente y dos gramos de decencia puede sostener que las saunas no tienen nada que ver con Sánchez? ¿Que no se puede, como poco, ir de campeón del abolicionismo sin hacer acto de contrición sobre el origen de la fortuna de la familia política, para empezar? Y para continuar, que la cosa es más grave. ¿Pueden levantar la mano quienes consideren normal que Sánchez no sea capaz de desmentir que su suegro proxeneta le financió las primarias, el pisito marital y el chollo estival? Las saunas no son, en fin, un asunto menor: son la vara moral de medir de un indeseable que da lecciones de ética y tiene la suya a la altura del subsuelo. Es el tío, con perdón, que vive bien gracias al suegro que vendía cuerpos en un mercado abyecto de carne humana.