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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Los tres tenores aplauden al Papa (a ver si se nota...)

La altura moral e intelectual de León XIV está tan por encima de la de la clase política que nadie se ha atrevido a darse por aludido y oponerse a su discurso

Desde la irrupción tras la crisis subprime de una Nueva Política populista, que iba a arreglarlo todo, la inestabilidad se ha disparado y el Parlamento lleva años convertido en una jaula de grillos. Allí se practica el odio al adversario, espectáculos casi circenses y hasta el insulto. Tal y como respira hoy esa casa, la visita del Papa al Congreso parecía un ejercicio de riesgo, algo así como lanzarse de cabeza a una piscina de pirañas. Pero su intervención cosecho un éxito memorable. Arrancó la salva de aplausos más larga que se recuerda en la Cámara, con todo el hemiciclo en pie, y logró que su discurso fuese celebrado por izquierda, centro y derecha, pues todos optaron por el truco de no darse por aludidos.

Un Papa no es un chisgarabís, ni un sofista que engatusa al respetable con cuatro camelos resultones. Todos los pontífices, vicarios de Cristo en la Tierra, son intelectuales de profunda formación. Además, su magisterio reposa sobre la enseñanza divina de Jesús, sobre el magisterio de sus apóstoles y de los Padres de la Iglesia y sobre siglos y siglos de estudio y reflexión. El Vaticano es uno de los estados más pequeños del mundo, sí, pero en neuronas por metro cuadrado es de los primeros. El histórico discurso de León XIV en el Congreso no deja de suponer una decantación de todo ese formidable acervo. Así que es normal que ninguno de los líderes de nuestra chata clase política se haya atrevido a ponerlo en solfa (salvo los energúmenos de Podemos y el BNG, que directamente rechazaron asistir a la sesión; no así Bildu, embarcado en la taimada tarea de disfrazarse de cordero).

Sánchez se quemó las manos aplaudiendo. No paró hasta que el Pontífice abandonó el hemiciclo. Un alarde de hipocresía, toda vez que la oportuna y rotunda condena del aborto y la eutanasia de León XIV choca frontalmente con la promoción de la subcultura del descarte de un presidente que quiere convertir la eliminación del nasciturus en derecho constitucional y que aprobó la eutanasia (por no hablar también de que el Papa abogó por «una memoria que busque la verdad y la reconciliación» y ensalzó la lengua española, esa que el presidente permite que sea pisoteada, incluso saltándose las leyes).

Feijóo declaró tras el discurso que lo suscribía «de la A a la Z» y recordó que su partido bebe del «humanismo cristiano». Excelente noticia, toda vez que hasta ahora el PP venía escaqueándose de la defensa de los principios morales católicos, parte medular de lo que se ha dado en llamar «la batalla de las ideas». En Génova han venido huyendo de ese debate por un temor un tanto acomplejado a no pescar desencantados del PSOE. Resulta muy positivo que quien está llamado a ser el próximo presidente del Gobierno considere inaceptables el aborto y la eutanasia, pues eso es lo que dijo el Papa y Feijóo asegura que suscribe sus palabras «de la A a la Z». ¿Obrará en consecuencia si llega al poder?

Abascal también se declaró satisfecho con el discurso. Cuando le recordaron las palabras del Papa sobre la debida caridad con los inmigrantes, que contrastan con algunos de sus raptos de pirotécnica dialéctica, echó balones fuera: «Todos sabemos distinguir lo que es la política de los discursos y la política práctica», frase con la que no estuvo demasiado fino, pues viene a decir que cuando se comunica algo solemnemente al público luego no hay por qué cumplirlo.

Dada la altura moral del discurso del Papa, bien está que los líderes de los tres principales partidos parezcan dar por buenas sus palabras. Ahora, a ver si se nota, pero vayan apostando a que no: el aplauso de Sánchez es más falso que aquel reloj Trolex que se pilló en cierta ocasión mi hermano en un mercadillo exótico y se descuajeringó en tres días.

Y como ridi del día, no hay más remedio que citar a la pobre Miriam Nogueras, tardoadolescente de 46 años, que aprovechando el saludo de bienvenida enganchó al Papa para darle la turra con que hable en catalán: «Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un bonito acto de respeto y amor», frase que le soltó en inglés, porque ella odia a España y no puede contaminarse con su lengua. Esta señora, que lleva diez años viviendo a todo trapo y feliz en Madrid sin que nadie la moleste, porque en la capital de España no se practica el nacionalismo excluyente, tiene la jeta de pedir al Papa lo que ella no practica. Se agradecería que todos los periodistas que ejercen en Madrid empiecen a dejar de atenderla cuando ignorando la más elemental cortesía y facilidad de trabajo les responde en catalán en sus comparecencias.

Asombra que nuestros queridos compatriotas catalanes no se den cuenta de que este tipo de energúmenos no les hacen ningún bien. ¿Cuál ha sido la ganancia para Cataluña de votar al separatismo? Ninguna, solo enajenarse el desapego del resto de España, fugas de empresas, perder inversiones y convertir una región que era la punta de lanza de nuestro país en un territorio problemático y ensimismado en un creciente paletismo. La visita del Papa puede ser un buen momento para empezar a sacudirse esta murga excluyente y que vuelva a brillar la mejor Cataluña, que la hay.