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Es admirable el impacto que ha tenido el viaje de León XIV a España en el ámbito no católico. Constituye buena parte del objetivo. No se trata solo de dirigirse a los creyentes. Evangelizar es ir más allá, a todos los hombres. Muchos se han acercado a la Iglesia católica con respeto, atención y con el convencimiento de que, entre tanto desconcierto y oscuridad, proclama un mensaje de luz que dota de sentido a la vida. De ahí a la conversión puede haber un camino.

Creo que, desde la perspectiva católica, todas las consideraciones deberían partir de una realidad fundamental: el elemento sobrenatural. El papa no es un líder espiritual, menos un líder político, sino el sucesor de Pedro, el vicario de Dios en la tierra, y en su designación interviene el Espíritu Santo. Puede que hablar del Espíritu Santo en un artículo de prensa suene a extravagancia, pero los católicos creemos en la Trinidad, y el Espíritu Santo es tan divino como el mismo Jesucristo. Eso no significa que el papa sea elegido por Dios. Solo que hay en su elección una participación de la Providencia. Lo que no excluye que un pontífice pueda ser una calamidad, como demuestra la historia. Aunque la obediencia es una gran virtud, los católicos no somos personas que renunciamos ovinamente a nuestra libertad para seguir ciegamente las enseñanzas del papa. La infalibilidad es un dogma reconocido muy tardíamente y que afecta solo a las principales verdades de fe. El pontífice no tiene un poder absoluto en la Iglesia. Por encima de él están Dios, la Revelación y la tradición apostólica.

No creo que un católico deba juzgar al papa. Si acaso valorarlo, escucharlo, amarlo y, en principio, obedecerlo. Y también debe ser humilde. El único criterio posible es contestar a las preguntas: ¿me ha traído la palabra de Cristo y su cercanía? ¿hay algo sobrenatural en él? Lo demás es secundario. Si he visto a Cristo, digo amén. Y si no, me callo. León XIV no ha venido a examinarse, ni a recibir el respaldo popular con millones de emoticones o «me gusta». Nunca debemos ser soberbios examinadores. Algunos opinan sobre el papa como lo hacen sobre la gestión de Adamuz o de la dana, o acerca de una faena de Morante de la Puebla o un partido del Real Madrid. ¡Qué bien ha estado el papa! Aquí se pueden percibir algunos excesos extrapolíticos de la democracia. Se piensa que como todas las opiniones son respetables (lo que no es verdad), todas valen lo mismo (lo que tampoco es verdad). Esto es algo muy parecido a la orteguiana «rebelión de las masas».

Y tampoco hay que olvidar las formas. La enseñanza de Cristo explicada y aplicada, pero con amor, firmeza y serenidad, sin odio ni agresividad. Como Jesús con la adúltera perdonada. Amar al prójimo no significa amar sus pecados y errores (ni, por supuesto, tampoco los propios). Entre los hombres debe haber concordia, pero entre el bien y el mal no hay concordia posible. Esto no debemos olvidarlo los católicos. Creo.

Nietzsche no odiaba a Cristo, sino a los cristianos y, especialmente, a los sacerdotes, pero escribió que Cristo, al que admiraba sobre todo por la forma de vida que proponía, había sido el único cristiano. Naturalmente no comparto su dictamen, pero puede servir como criterio. La obligación de todo católico y, en primer lugar, del papa, es desmentir ese aserto.

Después de lo anterior, y ya con considerable falta de espacio, no voy a analizar la misión evangelizadora de León XIV en España, pero tal vez me sea permitido decir que me ha parecido un papa maravilloso.