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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Un regalo envenenado

El altamente cualificado ex ministro Sebastián habla de todos. Sin excepción. No dice que Zapatero sea inocente. Dice que es idéntico en desvergüenza a todos y a cada uno de cuantos políticos españoles por la corruptora Arabia hayan pasado

Hay mimos que matan. El dulce halago que anteayer dedicó Miguel Sebastián a su dizque admirado Zapatero es uno de los homicidios políticos más cruelmente elaborados que me haya sido dado contemplar en este mundo nuestro de políticos homicidas.

Miguel Sebastán, es bien sabido, fue ministro. No un ministro cualquiera; uno profesionalmente competente: o sea, una rareza. Y lo bastante bien considerado en su oficio de economista como para no necesitar nunca, que se sepa, meterse un pellizquito en el bolsillo de esa pasta que, dijo cierta sapientísima ministra, «no es de nadie». ¿Quién mejor, pues, que él para consagrar en los altares al santo varón que trajera al poder un 11M?

Lo ha hecho, sí. Pero, ¡de qué manera! Elógiase, en los sicarios venecianos del siglo XV, su arte para usar estiletes de un sutil vidrio que, al romperse tras la sigilosa puñalada en el corazón, taponaba durante unos momentos la efusión de la sangre. El apuñalado caía fulminado sin signo de agresión alguna. Pero estaba muerto. Para cuando la concurrencia percibía el primoroso origen de esa muerte, el artista del vidrio andaba ya muy lejos.

Sebastián se duele de que a un hombre, tan honrado como el Bruto del discurso que Shakespeare pone en labios de Marco Antonio ante el cadáver de César, haya podido reprochársele «lo que todos» los que pudieron hacerlo hicieron. Esto es, embolsarse –por muy horteras que fueran– lo delicados detallitos del jeque de turno, allá por los paraísos opulentos del Golfo. O sea que, primer halago, el hombre del «infinito amor a los humildes» estaba tan pringado con los teócratas multimillonarios como cualquier otro hombre de Estado español que hubiera visitado esas tierras. Porque el altamente cualificado exministro Sebastián habla de todos. Sin excepción. No dice que Zapatero sea inocente. Dice que es idéntico en desvergüenza a todos y a cada uno de cuantos políticos españoles por la corruptora Arabia hayan pasado.

Y cuenta una anécdota, para –dice– dar mayor peso a la candidez inmaculada de tales actuaciones. La cosa sucede en 2008. El entonces recientísimo ministro de «industria turismo, comercio, energía y telecomunicaciones» (o sea, de casi todo) visita Arabia Saudí. Muy festejado allí por el teócrata de turno, a su vuelta le es regalado un maletín. Ya en el avión, lo abre. Constata con estupor que está repleto de joyas. Cedo aquí la palabra al ministro entonces y hoy caballero andante del doncel Zapatero: «El rey, en efecto, estaba muy contento con mi presencia y, cuando íbamos a despegar de vuelta, un emisario real trae a pie de pista un regalo envuelto en papel de seda. Se trataba de una bonita cartera de piel. Como yo tenía varias, le ofrecí el regalo a los miembros de mi equipo, que se habían sacrificado tanto o más que yo con este viaje. El asesor que se quedó con la cartera, cuando ya estábamos en vuelo, descubrió que la cartera no estaba vacía. Contenía diversas joyas: una pulsera, unos pendientes, un anillo, todos de esmeraldas y brillantes, así como un reloj de brillantes».

Naturalmente, el señor Sebastián no era ni tan inmoral ni tan pobre como para quedarse aquella cosa tan sucia. Y tan hortera. «Nunca pudimos sospechar el valor de esas joyas, a nadie se le ocurrió pedir una valoración a Ansorena ni a ningún joyero. Tampoco quise elevar el tema al resto del gobierno y, discretamente, mandé construir una vitrina en la sala de espera de las visitas al Ministerio, donde iríamos colocando todos los regalos de un cierto valor y ahí siguen, propiedad de Patrimonio Nacional y convenientemente registrados». En román paladino: yo, Miguel Sebastián, me porté decentemente y no delinquí. Otros…, ¡vaya usted a saber! Primera puñalada. De maestro veneciano. Zapatero cae muerto, pero todos los presentes piensan que está echando un sueñito. El ejecutor retorna plácidamente a sus exquisitos asuntos.

Ya de paso, deja en el aire algo bastante más grave que el honor irrecuperable de San Zapatero. Todos –y quien dice todos dice todos– cuantos en el poder político español han habitado habrían recibido trato equivalente. Proporcional, of course: no iba a ser igual lo contenido en el maletín de un presidente que en el de un ministro, faltaría más. ¿Quién, después de las palabras de Miguel Sebastián, puede ya aseverar que su honor de hombre político está intacto? Miguel Sebastián, por supuesto. Y punto. Final. Todos los demás juguetean con rubíes, diamantes y zafiros. Sin paso por hacienda, remata el exministro.

Es la segunda puñalada. Infinitamente más grave que la del pobre ángel caído: el Estado, sin más excepción que la del ministro de la vitrina, ha sido podrido por la «opulencia gólfica». Se aguardan los desmentidos. Dudo que lleguen. Y tampoco esta vez el espectador percibe de inmediato que ese Estado está cadáver. Se repite, dulcemente, que tan sólo se ha tumbado para dormitar un rato. Despertará. Eso cree. Hay gente para creerse cualquier cosa.

Mis felicitaciones, señor Sebastián. Desde Guicciardini no había leído un relato de homicidio político tan bien meditado. Estoy seguro de que su amoroso expresidente está pensando lo mismo.