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Más que cuñados, Begoña y David parecen siameses: a ambos da cierta pena escucharles hablar de cualquier cosa, pero especialmente de las suyas. El pobre hermano del presidente no sabía decir dónde estaba la Oficina de Artes Escénicas ni a qué se dedicaba, aunque la crearon para él y él la dirigía.

Y a la esposa tampoco es fácil entenderle a qué se dedicaba, aunque desbrozando sus chácharas se identifica la captación de fondos públicos como primer objetivo, bien temerario al coincidir con el momento en el que su marido había privatizado el control y reparto del maná de los Next Generation europeos.

Las pocas luces de los personajes no deben impedir ver el bosque, en todo caso. Y la cierta pena que a cualquier persona de bien le provoca ver sufrir a un tercero, aunque incluso se lo merezca, tampoco debe nublar el juicio sereno sobre sus comportamientos y la naturaleza de sus potenciales delitos, aunque es lo de menos: ni aunque los dos fueran absueltos, algo improbable, serían más decentes sus abusos ni más presentable el papel de su protector, que asaltó el poder a lomos de la ejemplaridad y ahora se conforma con que suene la flauta y todos sus bochornos no tengan consecuencias penales.

Que le pregunten a Rajoy o al Rey Juan Carlos si carecer de imputaciones, y no digamos de condenas, fue suficiente para que el látigo sanchista se quedara enfundado.

Sánchez tiene imputada a su mujer por cuatro delitos y a su hermano por dos, pero lo sustantivo es que los seis solo se hubieran podido cometer por ser quienes son y tener el amparo que tenían, lo que convierte al presidente del Gobierno en el tercer acusado en ese banquillo moral.

Los mismos que salvan a Begoña y David, por cierto, condenan al novio de Ayuso, cuyos problemas legales serán o no muy graves, pero en todo caso ajenos a la presidenta de la Comunidad de Madrid y previos a convertirse en su pareja, hasta el punto de que solo los conocemos por esa relación personal y la cacería que ambos sufren a continuación, ajena a la gravedad de los hechos y perfectamente teledirigida mafiosamente por sicarios como García Ortiz.

David, en fin, consiguió un puesto creado por una diputación socialista, fue seleccionado sin estar en Badajoz ni conocerse su proyecto ni el contenido de una entrevista supuestamente hecha por una diputada, y fue elevado de categoría con su hermano ya en la Presidencia, sin que conste además que acudiera a su puesto de trabajo de cuando en cuando y constando, eso sí, su empadronamiento en Portugal para pagar menos al fisco español.

Y de Begoña conocemos que citó al rector de la Complutense en la Moncloa para negociar la creación de una cátedra, que sumó a ella a empresarios beneficiados luego por contratos públicos del Gobierno de su marido, que montó una empresa con fines comerciales con el mismo nombre del chiringuito, que se le abrieron puertas de multinacionales por ser quien era, que registró a su nombre el software pagado por esas compañías, que firmó pliegos sin estar habilitada para ello y que utilizó para sus actividades privadas a un empleado público contratado a dedo por la Presidencia. Todo ello para dedicarse a la gestión de fondos públicos, con extravagante interacción con empresas y organismos beneficiados por su marido, como Air Europa o la Organización Mundial del Turismo.

Luego todo eso será delito o no, y tendrá el castigo o la absolución oportunos, pero la condena estética y política ya es insoslayable: ni Begoña ni David hubieran llegado donde llegaron de no tener un familiar del alto rango, baja moral y unos escrúpulos a la altura de los negocios de su suegro. Pero qué esperar de un sujeto que va anunciando la abolición de la prostitución y luego ha vivido y veraneado en pisos de lujo gracias a ella y quién sabe si se pagó las Primarias con el dinero sucio de explotar sexualmente a seres humanos.