Fundado en 1910
El astrolabioBieito Rubido

El nuevo género televisivo

La vida imita al arte o al menos eso creía de alguna manera Oscar Wilde. En este caso, es el arte el que podría recrear la vida. Lástima que no vivan en España Scorsese ni Coppola. Qué pena que no vivan Berlanga ni Rafael Azcona. Tampoco habita entre nosotros un Mario Puzo. Hay materia suficiente para una gran serie

Acostumbro a escribir esta pequeña nota en el final de la tarde, con la redacción casi vacía, y aprovechando todavía la luz del horario de verano, que es como si uno tuviese un poco más de vida. Arrastro, eso sí, un cierto cansancio vespertino, que se me refleja en las inevitables ojeras. Es entonces, cuando ante el índice de las noticias del día siguiente, esas que recogen la caótica –y a veces desesperanzadora– actualidad, uno concluye que las mejores democracias son aquellas que tienden al aburrimiento. «Que Dios te libre de tiempos interesantes». Y en ellos estamos: interesantes, inquietantes, preocupantes y hasta estresantes. No me gusta esta España. Con Sánchez se ha vuelto más cutre, más pendenciera. Suele llamar marrullera a la oposición el padre de las marrullerías.

Ese embrollo llena en la actualidad horas y horas de programas televisivos. Los españoles nos estamos dando de baja de las diversas plataformas. Netflix, Amazon Prime, HBO, Disney, etc., están notando este fenómeno de abandono de sus respectivas suscripciones. Los españoles estamos todos sentados en el enorme patio de butacas en que se ha convertido esta piel de toro que habitamos y nos quedamos pasmados ante los más diversos programas de contenido político, pero con especial inclinación a la corrupción. El prime time, es decir, la franja horaria de oro de la televisión, está ocupada prácticamente por programas que abordan el espectáculo de la perversión de una clase gobernante que no nos merecemos. Ellos se encargan de mantener una televisión pública con nuestro dinero –no se olviden de ello estos días del IRPF– en donde tratan de buscar las más inverosímiles coartadas y justificaciones a las gamberradas que cada día vamos conociendo. La neutralidad de TVE ha quedado totalmente arrumbada, mientras crece su desprestigio, ya no solo entre los españoles, sino especialmente entre los colegas extranjeros, asombrados ante tanto sectarismo.

Por su parte, los canales públicos, a la espera de 'Telepedro', se están hinchando a ganar audiencias con programas de fácil realización y bajo coste que consisten en poner a unos cuantos periodistas a opinar sobre la carcoma que devora el cuerpo social de nuestro país. Ante esa pantalla se sientan millones de telespectadores. Ya no hay ficción, ni series, ni películas, ni concursos. Ni siquiera el Mundial de fútbol acapara tanta atención. Todos ante el televisor, deseando ver caer a alguno de esos implicados en los descarríos morales. Corre un aire de síndrome de la guillotina de la Revolución francesa en sentido figurado. Existe un ansia de venganza, como si los platós fueran la plaza de la Bastilla. El resto de los contenidos televisivos han convertido a ese electrodoméstico con pantalla en una caja de tedio. Y no ocurre nada.

La vida imita al arte o al menos eso creía de alguna manera Oscar Wilde. En este caso, sin embargo, es el arte el que podría recrear la vida. Lástima que no vivan en España Martín Scorsese ni Coppola. Peor aún, qué pena que no viva Berlanga ni Rafael Azcona. Tampoco habita entre nosotros un Mario Puzo. Hay materia suficiente para una gran serie. Ya veremos quién se atreve con ella. De momento, en España, donde solo copiamos formatos televisivos extranjeros, hemos creado un subgénero: las tertulias sobre la corrupción.