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No es difícil escuchar en los medios de comunicación, de todos los climas ideológicos, una especie de lamento por las «pobres niñas», en referencia a las hijas de Zapatero, que ni son niñas ni tampoco pobres, pero acaban presentadas como víctimas de las presuntas andanzas del padre.

Los más generosos se preguntan por el error y el dolor del patriarca y, los menos, cargan en él el lío que ha terminado con la imputación de Alba y Laura, célebres hasta ahora en exclusiva por una vieja imagen de ellas, sus padres y los Obama en la Casa Blanca, donde creyeron estar celebrando Halloween, a tenor de las pintas.

La realidad es otra y la indulgencia hacia el clan es improcedente. El padre es un jeta que, mientras viajaba por el mundo haciéndose pasar por Gandalf, se dedicaba a los negocios con las peores dictaduras, las blanqueaba y además ejercía de percutor en distintos gobiernos para inducir decisiones económicas o geopolíticas que le retratan a él, sin duda, pero sobre todo a los presidentes que aceptaban.

Zapatero está físicamente en la Audiencia Nacional, ante ese hombre tranquilo llamado Calama que promete tardes de gloria, pero también lo está Pedro Sánchez, que es quien firma el rescate de Plus Ultra, se va a China a alinearse con Xi Jinping o cede el Sáhara a Marruecos. La coincidencia entre los clientes de ZP y las decisiones en su favor de Sánchez merece pieza separada, en el Parlamento y en los juzgados.

Y las niñas han puesto el cazo por todo ello, facturando con una miniempresa de medio pelo más de un millón de euros a firmas que, como las multinacionales patrocinadoras de la cátedra de Begoña Gómez, no pagaban por unos servicios, sino que cumplimentaban favores o aflojaban la cartera por ser quienes son y estar a la vera de quien están.

Por muy tontas que Laura y Alba fueran, saben perfectamente que las contrataban por su padre, que el coste de sus servicios estaba fuera de mercado, que en realidad se trataba de un montaje para diversificar el destino de los pagos y que nadie en España, a su edad, puede comprarse un piso en Madrid a tocateja como quien va a una taberna a concederse un picoteo.

Las hijas de Zapatero y su esposa pudieron decir que no, debieron decirle a Gandalf que parecía Sauron y que, en realidad, no necesitaban ni tanto dinero ni tanto chanchullo y que podían vivir con el fruto razonable de un trabajo decente. Y no lo hicieron: pusieron la mano y aceptaron participar en los dividendos.

Luego todo será delito o no, pero como en el caso de la esposa y del hermano de Sánchez, ya es inaceptable, inmoral, sucio y además estúpido: pensar que se pueden guardar joyas en una oficina pagada por el contribuyente, citar a un rector en la Moncloa para pedirle una cátedra, crearte una Oficina de Artes Escénicas en Badajoz que no sabes ni dónde está o pagar de una tacada pisos, fincas y chalés sin dejar huella, es de necios.

La complicidad de Sánchez y Zapatero no es, por todo ello, ideológica: ese es el disfraz. Lo que les une es el chanchullo cómplice, la codicia vulgar y la arrogancia de quien se siente impune. Se apoyan porque son lo mismo, porque sus clanes son iguales y porque tienen el mismo destino: todos imputados, con la única excepción de India y Turca, las perritas de Sánchez. De momento.