120 cómplices, 120 culpables
Debería haber pasquines con las fotos de los 120 diputados del PSOE que aguantan a Sánchez sin una sola crítica solo para seguir chupando del bote
La pataleta nacionalista del Brexit, que hasta ahora no ha traído al Reino Unido ninguno de los bienes prometidos, ha resultado además una picadora de primeros ministros. Desde el referéndum de 2016 han caído cinco y todo indica que el laborista sir Keir Starmer va a convertirse en el sexto.
Sir Keir, un político gris de engañosa fachada sólida, afronta una revuelta interna de su partido. ¿Y por qué se lo quieren cargar sus compañeros? ¿Cuáles son sus afrentas? Pues casi anécdotas al lado de las golfadas de quien están imaginando. Su primer problema fue que nombró como embajador en Washington al viejo zorro blairista Peter Mandelson, destapándose más tarde sus vínculos con Epstein. Así que a Starmer le achacaron un serio error de juicio al elegirlo (migajas comparado con nuestro Peter, que ha apoyado en Ábalos, Cerdán, Zapatero, García Ortiz…).
El segundo golpe para Starmer fue una polémica relativa a ministros que recibían regalos (de esto en el sanchismo también sabemos un poco). El tercer resbalón es que como buen socialista ha subido los impuestos tras prometer en campaña que no lo haría (aquí el gran Peter ha incumplido todas sus promesas electorales y ha subido los impuestos más de sesenta veces). El cuarto mandoble, el que lo puede mandar a la lona, llegó con sus malos resultados en las elecciones municipales y en las escocesas y galesas, perdiendo el poder en Gales (nuestro Peter ha palmado las últimas municipales, generales y europeas y sale vapuleado en todas las autonómicas, pero no pasa nada, gracias a su anómala coalición con fuerzas antiespañolas).
Como el Reino Unido es una democracia parlamentaria, no un sucedáneo como la nuestra, las reglas de los dos grandes partidos prevén procesos para relevar a su líder, incluso cuando ocupa el cargo de primer ministro. A Starmer lo han puesto en cuestión a pesar de que hace solo dos años logró una rotunda mayoría absoluta, devolviendo al poder al laborismo tras 14 años en barbecho.
Para iniciar el proceso de posible relevo se necesita el apoyo de un 20 % de los diputados del Partido Laborista, que ahora tiene 403 en los Comunes, es decir, hacen falta 80. Andy Burnham, exalcalde de Mánchester, que acaba de ganar su escaño, es el líder de los rebeldes y asegura que cuenta con el apoyo de 200 parlamentarios. Starmer medita si tira la toalla o se enfrenta a él en la votación por el liderazgo del partido. Si se va ya, o si pierde, Burnham será el nuevo primer ministro (y los británicos volverán a equivocarse, pues es un socialista old school, de más impuestos y más nacionalizaciones).
Uno observa el levantamiento de los parlamentarios laboristas británicos contra su primer ministro y siente cierta envidia. Los diputados españoles son, con alguna rarísima excepción, una grey pastueña que se limita a apretar el botón de votar en la línea que ordena el partido. No se deben a los votantes de su circunscripción, que los han elegido, sino que practican una obediencia ciega a las siglas, pase lo que pase.
Hay 121 diputados del PSOE ahora mismo en la Carrera de San Jerónimo, Sánchez incluido. Hay por lo tanto 120 cómplices que aceptan silentes y sin hacer nada lo que hasta un ilustre comentarista de la prensa oficialista denomina ya «la mierda» del sanchismo. Ojeo los currículos de esos diputados. Veo, en efecto, bastante apparatchik que en toda su existencia solo ha vivido del PSOE. Pero también hay profesores de buen currículo que tienen su plaza en propiedad, o algunas personas con una trayectoria profesional valiosa a sus espaldas. Bastaría para acabar con esta agonía y convocar elecciones con que siete de ellos dijesen que basta de corrupción, basta de tener a España sin presupuestos y secuestrada por los separatistas, y aceptasen una moción de confianza instrumental para celebrar unos comicios de inmediato.
No moverán un dedo, porque el sectarismo ha barrido cualquier atisbo de conciencia y patriotismo. Solo opera la vieja máxima de la mafia: «Sí, es un…, pero es nuestro…». Ciento veinte diputados del PSOE callados como tumbas para seguir chupando del bote. No hay más.