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El observadorFlorentino Portero

La cumbre de Ankara

Estados Unidos, Canadá y los estados europeos comparten valores, principios e intereses, aunque su población y élites no sean conscientes de ello. Sería un desastre para todos arruinar un activo de la importancia de la OTAN, un logro histórico sin precedentes y tan necesario hoy como en 1949

Hoy comienza en Ankara la cumbre anual de la OTAN. Hace algo más de un año se celebró su predecesora en La Haya, en un ambiente de crisis. La Administración Trump había dejado claro que abandonaba los fundamentos del orden liberal internacional y, consiguientemente, de la Alianza Atlántica. Además, se había iniciado la retirada de la ayuda a Ucrania y el indisimulado acercamiento a Rusia. Durante las sesiones de aquella cumbre, Trump dejó claro el malestar norteamericano por la bajísima inversión en defensa de los europeos, agravada por el incumplimiento de lo acordado en la cumbre de Gales. Exigió, y así se aprobó, un nuevo compromiso. Esta vez, del 3,5 del PIB en defensa y el 1,5 en seguridad.

Como comentábamos el pasado martes, a las quejas de entonces se suman ahora el incumplimiento de algunos estados con el compromiso de inversión y, sobre todo, la crisis diplomática provocada por la negativa de algunos socios al uso norteamericano de sus bases militares durante la guerra de Irán.

¡Que el árbol no nos impida ver el bosque! El problema de fondo, el que dará sentido a las discusiones, más o menos templadas, que se van a suceder hoy y mañana, es la indefinición sobre lo que la OTAN es a fecha de hoy. Ya sabemos que no es una alianza, porque Estados Unidos ha dejado claro que no aspira a la defensa y promoción de la democracia. Tampoco es una coalición, porque, aunque en el actual concepto estratégico se reconoce a Rusia como «amenaza», la Administración Trump ha retirado la ayuda económica a Ucrania y trata de llegar a un entendimiento con el Gobierno de Putin. Si no estamos coaligados contra Rusia ¿contra quién lo estamos? Reconozcamos que la OTAN es hoy un sistema de defensa colectivo carente de sentido. Sabemos que es un activo de valor incalculable… si fuéramos capaces de proporcionarle un objetivo. Mientras tanto lo urgente es ganar tiempo para preservar su propia existencia, ante las dudas norteamericanas sobre el sentido de su propia presencia, y acelerar el reequilibrio de responsabilidades entre las dos orillas del Atlántico.

El entorno de Trump cree que el poder norteamericano no requiere de aliados y que puede convertir a sus antiguos compañeros de viaje en vasallos. Dejando a un lado cuestiones de orden moral o jurídico, Estados Unidos necesita aliados y alineados en todo el planeta. Sus élites pueden no entenderlo, pero hay que hacérselo entender, por su propio interés y por el de todos nosotros. Explicarlo no es suficiente. Un parásito tiene poca autoridad para dar lecciones. Los europeos, sean quienes sean, tienen que provocar un debate sobre quiénes somos y adónde vamos, cuando el cambio de época provocado por la Revolución Tecnológica es una realidad que, como un tsunami, se ha llevado por delante el marco conceptual e institucional sobre el que ha descansado nuestra seguridad durante tres cuartos de siglo.

La quiebra del «vínculo trasatlántico» planteada por Estados Unidos es la circunstancia inmediata que condiciona nuestros actos. Sin embargo, el problema real es la indefinición europea sobre cómo afrontar nuestra propia seguridad. Si somos capaces de evitar que el árbol nos impida ver el bosque concluiremos que lo segundo es mucho más grave y trascendente que lo primero ¿Cómo vamos a convencer a Estados Unidos de que debemos afrontar juntos los retos de nuestro tiempo si no somos capaces de llegar a un acuerdo entre nosotros? Estados Unidos, no ya la Administración Trump, tiene claro que Europa no es el teatro central en el que se juegan sus intereses estratégicos. Resta por acordar su grado de importancia. A nosotros nos toca reivindicar el papel del Viejo Continente desde una visión común sobre el nuevo entorno internacional, que debería dar paso a un nuevo concepto estratégico. Sin nuestra iniciativa, sin una visión común europea, la OTAN está condenada a desaparecer.

Los primeros pasos en esta dirección ya están siendo discutidos y, sea cual sea la resolución, tendrán enormes efectos en el futuro. Destaquemos tres:

1. La financiación, porque sin ella no es posible disponer de las capacidades fundamentales para poder disuadir o, en su caso, alcanzar la victoria. Su ausencia es el acta notarial del desinterés en la propia seguridad y defensa ¿Qué sentido tiene aliarse, o establecer una coalición, con quien garantiza que sólo será una carga?

2. La adquisición de las capacidades necesarias. La diferencia entre la inversión y el gasto en defensa está en la adecuación de las capacidades al campo de batalla. La historia, y lamentablemente el presente, nos enseña cómo las presiones industriales o una visión anacrónica de los estados mayores nos llevan a tirar el dinero al comprar lo que no necesitamos, y, sobre todo, al desastre. En este caso, además, nos encontramos ante el reto de adquirir en un marco multilateral, donde la reflexión debe ser conjunta, para que sea el conjunto, no cada una de las partes, quien disponga de todo lo necesario. En esta ocasión es fundamental que los críticos en Estados Unidos constaten que no sólo se ha comenzado a invertir, sino que, además, se está haciendo con criterio.

3. La compensación entre el declinante papel de Estados Unidos y el creciente de sus socios europeos. Es comprensible que la Administración Trump esté reduciendo su presencia militar en beneficio de otros teatros. Podemos cuestionar en qué medida hay ánimo de castigo, que puede haberlo. Pero, más allá de gestos diplomáticos, es lógico que en un entorno tan cambiante el Pentágono reorganice su despliegue internacional. Esas ausencias deben suplirse con unidades europeas adecuadas para las misiones asignadas, lo que no va a resultar fácil. Por otro lado, es perentorio nombrar a oficiales europeos al frente del dispositivo militar en el Viejo Continente. Una OTAN más europea, como Estados Unidos demanda, debe tener al frente mandos de esta procedencia.

En esta vida tan importante es tomar la decisión correcta como saber ejecutarla. El ambiente no es bueno y de ahí la necesidad del «saber hacer» diplomático. Hay razones para tirarse los trastos a la cabeza, pero eso es tan fácil como inútil. No hay soluciones sencillas para satisfacer los retos que debemos afrontar. «…no hay camino, se hace camino al andar» En estos días veremos si tenemos la lucidez y la responsabilidad necesarias para iniciarlo con garantías de llegar a la ansiada meta. Estados Unidos, Canadá y los estados europeos comparten valores, principios e intereses, aunque su población y élites no sean conscientes de ello. Sería un desastre para todos arruinar un activo de la importancia de la OTAN, un logro histórico sin precedentes y tan necesario hoy como en 1949.