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Mucho antes del Desastre de Ceuta, ya confesé mi sensación de impotencia ante la situación de postración en la que se encuentra España, ineficaz ante inundaciones e incendios, con los servicios públicos rozando las sevicias y con el prestigio internacional por los suelos. Los vecinos nos miran por encima del hombro de las vallas de Gibraltar, Ceuta y Melilla. ¿Somos ya un Estado fallido o sólo nos acercamos a ese iceberg institucional a la velocidad de crucero del Titanic? Yo, que he tenido el privilegio y la responsabilidad de tener una tribuna todos estos años y que lo he visto venir y no he dejado de advertirlo, he predicado en el desierto. Reconozco mi fracaso de comunicación, como Casandra.

Asumida mi responsabilidad, también la sociedad civil ha fallado a la sociedad española. Con Zapatero se impuso el enfrentamiento; con Rajoy, la desidia; y con Sánchez, la mentira; y aquí nos lo hemos tragado todo.

La clase política tampoco ha estado a la altura. La disciplina de partido y la frivolidad se han impuesto a la fidelidad a unas ideas, al sentido común y a la objeción de conciencia. Hemos perdido un tiempo precioso esperando al Godot del socialismo bueno o tratando de demonizar a Vox a toda costa. El tic centrista tuvo un coste altísimo en las elecciones generales de julio de 2023.

Más al fondo, el sistema ha hecho agua. La situación de Ceuta y Melilla sería mucho más clara si no fuesen «ciudades autónomas», que es una denominación confusa y peligrosa que debería avergonzar a los defensores acríticos del sistema autonómico. Las líneas divisorias internas dan ideas (y ninguna buena) a tirios y a troyanos. Una afirmación institucional más simple y tajante de la españolidad de Ceuta y Melilla habría hecho más por nuestra unidad.

Tampoco la dependencia de la actuación de la Corona del refrendo gubernamental facilita las cosas. Coarta el ejercicio natural de la autoridad suprema e intercepta el curso de la continuidad histórica. Necesitamos un rey más real. Y un CNI más informado e inteligente.

En el fallo multiorgánico que aqueja a la nación española, el papel de la OTAN no ha sido muy lucido. Quien negoció nuestro ingreso permitió que Ceuta y Melilla, sin ninguna razón histórica, quedasen fuera del pacto de defensa mutua. Es un error que ya entonces podía entenderse como una traición a los intereses nacionales. No digamos ahora. Nosotros tenemos las bases de Trump, pero su amistad la tiene Mohamed. Algo se ha hecho muy mal.

Lo de la Unión Europea clama al Cielo o, al menos, como ellos son tan laicistas, al cielo brumoso de Bruselas. Europa no nos ha defendido en ninguno de los problemas gordísimos que padecemos, desde las malandanzas del pícaro Puigdemont hasta los intereses económicos más básicos de nuestra industria, nuestro campo y nuestra pesca. Tampoco ha velado por el correcto funcionamiento del Estado de Derecho. Siempre está mirando para otro lado, por ejemplo, a Polonia o a Hungría.

No me gusta pedir la ayuda de la UE como si fuésemos una nación infantil que no sabe protegerse a sí misma (aunque lo seamos, ay). Sin embargo, al enumerar todos los órganos y contrapesos que han ido fallando y nos han traído hasta aquí, no podemos olvidar a una Unión Europea que brilla por su impotencia.

Al permitir que las fronteras españolas sean invadidas en una operación con tantos visos de guerra híbrida, la Unión Europea demuestra su debilidad, su torpeza y su falta de reflejos. Ceuta, lejos de ser un lastre para España y para Europa, es un activo estratégico de primer orden. La crisis ofrece, primero, una ocasión reputacional para demostrar capacidad y firmeza, con todos los ojos del mundo puestos en ese punto caliente; y, segundo, recuerda la importancia de Ceuta como enclave militar de máxima importancia, que permite a un Estado miembro controlar el paso del Estrecho. La guerra de Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han demostrado hace nada que estos no son asuntos teóricos o nostálgicos.

La imagen del boxeador aturdido, contra las cuerdas, recibiendo golpes por todos lados y esperando que alguien tire la toalla no se nos quita de la cabeza. Pero tirar la toalla no es una opción. Importa afinar el diagnóstico para recuperar, uno tras otro, los órganos dañados. Estamos a tiempo, pero sin tiempo que perder: perderíamos mucho más que el tiempo.