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VertebralMariona Gumpert

El lujo de que te dejen en paz

Siempre pensé que no me importaba en absoluto no ser millonaria. Ni rica. Hasta diría que no se me hace difícil vivir sin lujos. Por suerte, no soy esclava de la moda ni del turismo. Mis aficiones son baratas

La historia se repite. Nuestros compatriotas en peligro y el Gobierno no hace nada. Las inundaciones de Valencia, el caos absoluto de Ceuta. Eso, en el epígrafe de lo más clamoroso. Más silenciosa es la degradación silenciosa de todo. Las carreteras. La atención sanitaria. Los trenes. Pasta de dientes con candado en algunos supermercados. En tiempos de recaudación récord de hacienda. Inevitable querer desentenderse de la realidad. Disfrutar de los restos de prosperidad que aún nos quedan.

También eso se vuelve imposible. No sé si la edad me vuelve misántropa, pero cada vez soporto con menos serenidad a mi prójimo. ¿Cuál es el sentido de conversar a grito pelado? Ya no pretendo que piensen en que molestan al resto, lo que me pregunto es, ¿no les da pudor que nos enteremos de sus penosas conversaciones? Resulta, así, imposible ir a tomar algo. Me entero más de que la Paqui se benefició a un jovenzuelo en las fiestas de Estella de lo que me intenta comentar mi acompañante. Porque éste es educado y habla de forma que solo yo lo escuche.

La música a todo volumen tampoco ayuda. Una música que parece invitarte a apurar la consumición y marcharte cuanto antes. Algo que, por lo visto, no funciona con el resto de los clientes. Encontrar un local relativamente silencioso se ha convertido en misión imposible. O, al menos, uno que no perturbe la paz mental de quien entra en él.

La piscina municipal tiene unas instalaciones que bien podrían ser las de una institución privada: mucho más que decentes. Al entrar, te golpea de inmediato una idea: «El Tercer Mundo no es un lugar; son sus habitantes». ¿En qué momento le parece normal a alguien plantar un altavoz a todo volumen junto a su toalla? Lo peor es la expresión de sus dueños. Esa mezcla de satisfacción y superioridad que parece decir: «Menos mal que estamos nosotros aquí para amenizaros la tarde».

De tal palo, tal astilla. Proliferan los establecimientos adults only cuando el término más adecuado sería padres educados only. Un lugar sólo para mayores es una discoteca, un prostíbulo o un sitio lleno de personas que no soportan el llanto de los bebés, que es inevitable. Eso, cuando la gente sabe educar a sus hijos. No suele ser el caso. He visto niños jugando a dar pelotazos al microondas del comedor de la piscina. Con sus padres al lado. Encantados de que sus pequeñas bestias anduvieran entretenidas sin dar la murga. Y, cuando eso no basta, a tirar de teléfono móvil. Con el volumen, por supuesto, al máximo.

Siempre pensé que no me importaba en absoluto no ser millonaria. Ni rica. Hasta diría que no se me hace difícil vivir sin lujos. Por suerte, no soy esclava de la moda ni del turismo. Mis aficiones son baratas. Cuando llega Navidad no sé qué pedir a los Reyes, ando bien así. O eso pensaba. He descubierto que lo que de verdad necesito es justo lo único que no podría comprar: bares, piscinas, ríos, playas y montes tranquilos. Siempre habrá en ellos energúmenos que te arruinen el rato. Lo peor, saber que con unas pequeñas normas de educación asumidas desde niño no sucedería. Porque, en realidad, el verdadero lujo no es cuestión de dinero. O, al menos, no debería serlo.