Cochambres nacionalistas
Un partido al que los más incautos defensores de España jalean. En cuanto acaben de aplaudir a la oscura lideresa, igual tienen que tomar también las armas para defenderse de la nueva reencarnación del monstruo, una vez muerto el pujolismo, el maragallismo, el procesismo, la vía puigdemoníaca y la tontería del Illa
Los separatistas catalanes llevan quince años haciendo el ridículo sin interrupción, si bien sus ideas han sido ridículas siempre. Lo ridículo no está reñido con lo siniestro, como sabía Kafka. El origen del nacionalismo catalán, poemas patrióticos aparte, encaja con la invención de naciones del romanticismo. Un movimiento tan fructífero en lo artístico y tan letal en todo lo demás. Durante el siglo XIX, y hasta el conocimiento del Holcausto a mediados del XX, los sueños de razas puras no se escondían. El racismo catalán es patente en esa época y latente después. Alguna vez se les vio el plumero a Pujol y a Junqueras; el que más lo enseñó fue Heribert Barrera. Para los padres intelectuales del aborto, existían catalanes y castellanos. Punto. Los primeros eran abiertos, creativos e inteligentes, pero curiosamente habían vivido sometidos a los segundos, gente cerril y cejijunta, que encima hablaba su arisco idioma dentro de ‘casa nostra’. La referencia a una Cataluña pasada libre de castellanos y, por ende, feliz, tenían que fabricarla desde la historiografía. Si había que falsificar archivos, se hacía.
«España se ha ido empequeñeciendo desde que las circunstancias hicieron que la raza menos pensadora y menos ilustrada de la Península fuera la que dominara» –escribía Valentí Almirall en 1879. Cito a uno no especialmente imbécil para que se entienda: nacionalismo y racismo mantienen un nexo irrompible, por mucho que las tesis abiertamente racistas dejaran de exhibirse tras la Segunda Guerra Mundial. Ojo a la contrariedad de Almirall: lo que impedían aquellas «circunstancias» indefinidas a la raza catalana, más pensadora e ilustrada, era dominar España. Eso cambiará. El punto en el que aquella cochambrosa intelectualidad deja de desear el dominio de España, con sentido estrictamente imperial, para anhelar su separación es el Gran Desastre.
En estos días, una voz catalana ha advertido de una de esas obviedades que nadie menciona hasta que es demasiado tarde: si España pierde Ceuta y Melilla, las consecuencias serán peores que las del 98. No cito al emisor de la advertencia porque no me apetece; es uno de los tres perpetradores del editorial único ‘La dignidad de Cataluña’, que certificó la muerte de la democracia del 78 en esa comunidad autónoma. El texto no solo amenazaba al TC para que alejara sus manos del Estatuto instigado por Pasqual Maragall; lo peor era lo implícito: todos los catalanes pensaban lo mismo, incluyendo signos de puntuación. Ergo los que discrepábamos no éramos catalanes.
La última excrecencia racista –un salto mortal hacia atrás que ignora la historia con esa arrogancia iletrada de la que solo son capaces algunos doctores en Historia– procede de un Frederic J. Porta (¿qué esconderá la jota?). Quiere la guerra con España. Jota es inspirador del partido que está a punto de liderar el nacionalismo/separatismo catalán. Un partido al que los más incautos defensores de España jalean. En cuanto acaben de aplaudir a la oscura lideresa, igual tienen que tomar también las armas para defenderse de la nueva reencarnación del monstruo, una vez muerto el pujolismo, el maragallismo, el procesismo, la vía puigdemoníaca y la tontería del Illa.