Una vez más, un paquete (¿alguien esperaba otra cosa?)
Crisis tras crisis, Sánchez ha mostrado que su gobierno es un cascarón vacío y se ha dedicado a las cortinas de humo y a sacarse los problemas de encima
Poner buenos motes es un pequeño arte, aunque un poco cabroncete. Cabe reconocer que Ussía y Pérez-Maura estuvieron sembrados aquel día en que motejaron a nuestro insufrible y petulante ministro de Exteriores como Napoleonchu. El alias lo retrata a la perfección: una cosita más bien torpe, pero con unas ridículas ínfulas que lo hacen creerse la reencarnación del canciller Metternich.
Albares ha tenido a bien acercarse a Melilla a los doce días de la invasión. Con su soniquete redicho ha afirmado muy seriecito que «quien entre irregularmente va a ser devuelto, ¡hasta la última persona!». Lo afirma mientras su gobierno es incapaz hasta de contar el número de inmigrantes que deambulan por Ceuta, que crean problemas de seguridad y sanitarios y están desatendidos en lo más básico (comida y aseos).
Bolaños ha hecho un inciso en sus selfies estivales para ofrecer un canutazo desde su lugar de veraneo. También muy serio él, explica que «estamos intentando recuperar la normalidad». Curiosa observación, porque a las 48 horas el gobierno ya declaró que en Ceuta volvía a imperar la «normalidad». Pero igual aquel día Bolaños estaba muy ocupado posando para Instagram, oteando el litoral con carita de influencer disfrazado de deportista.
El mamporrero oficial del régimen, el execrable matón Óscar Puente, ha salido a darle brasa al Rey porque en Cali se acercó a saludarlo un periodista de derechas español afincando en América y el monarca se hizo una foto con él. Ante tan tremebundo agravio, a Puente le ha faltado poco para pedir la abdicación de Felipe VI. Hay que levantar cortinas de humo con lo que sea para que no se hable de la incompetencia rampante en Ceuta. Y ojo: cuando Sánchez se vea en las últimas podría montar una campaña contra la monarquía como último cartucho. Su desgarbado mamporrero no improvisa, atiende a las consignas del jefe.
Mientras tanto, silencio desde el Xanadú de la Mareta, a la espera de algún nuevo TikTok a la nación, quizá los mejores gazpachos del verano, o una tabla pilates con Pedro y Begoña.
Somos un país que manda a sus tropas a misiones en naciones remotas, que envía material sanitario y alimentos allá donde se produce una catástrofe, como debe ser. Pero cuando el problema sucede en una ciudad española nos encontramos con un gobierno de aficionados y gandules, incapaz, por ejemplo, de instalar rápidamente unas tiendas de campaña, unas duchas, unos aseos portátiles y unos comedores para repartir un rancho, paliando así la dolorosa crisis humanitaria de Ceuta. Tenemos un gobierno que en siete años ha sido incapaz de reforzar la endeble valla y el espigón de juguete del Tarajal.
Un gobierno que se arruga ante el agresor, Marruecos, y monta un pollo boberas con un socio y aliado, Italia, en lugar de buscar una rápida reconciliación. Un gobierno con un Ministerio de Sanidad que es un florero, con una ministra que tiene las competencias en Ceuta, pero que no va allí porque carece de soluciones (sin embargo montó un gran show televisivo junto a otros dos ministros para desembarcar a los pasajeros del hantavirus, porque aquello era pan comido).
Sánchez falló en el covid, pues se lo endosó rápidamente a las comunidades. Falló con los fondos europeos, dejando miles de millones sin gastar por pura impericia. Falló ante la dana, sin obras hidrológicas de prevención, con su cobardona fuga en Paiporta y con aquella miseria del «si quieren ayuda que la pidan». Sánchez falló en Adamuz, al descuidar las vías y desoír los avisos de los maquinistas y manteniendo en su puesto al ministro-desastre. Y Sánchez vuelve a fallar en Ceuta: no supo prever la maniobra de los marroquíes y trece días después ahí siguen miles de asaltantes.
Pura incompetencia. Pero no cabía esperar otra cosa. Si le das un rotulador a un chulo de discoteca no te va a pintar la Capilla Sixtina. El Gobierno está deshuesado por el modelo autonómico y a ello se une una panda de simuladores, más dedicados a la propaganda que a la gestión.