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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Pagarán de por vida la pena de bar

Tiene que ser duro saber que en lo que te queda de existencia no podrás entrar en una tasca con tranquilidad, porque no faltará un cliente que te haga un homenaje

Alguna vez he expresado mi enorme decepción con Margarita Robles, pues a la hora de la verdad, cuando toca retratarse, su supuesto sentido de Estado se difumina y siempre acaba tragando con todos los desafueros de Sánchez. Ese comportamiento resulta lastimoso, y más cuando a sus 69 años tiene su vida resuelta y un relevante pasado como magistrada. Podía haber antepuesto los principios al coche oficial y quedar como una gran servidora pública. No ha sido el caso. Ella cree que ayuda más permaneciendo a bordo de la nave de los locos. O así se justifica.

Pero a pesar de lo dicho, con Robles se cumple la sobada máxima de que el tuerto es rey en la tierra de los ciegos. Comparada con la panda de oportunistas, incapaces y hooligans de partido que se sientan en el consejo de ministros, Margarita tiene a veces lapsus de persona normal, que está en su sitio.

Uno llegó durante la Covid, cuando rezó junto a un mando militar en la angustiosa morgue del Palacio del Hielo. Fue un gesto digno de agradecer, porque fue la única integrante del gobierno que mostró un poco de compasión por los miles de muertos y porque se atrevió a apartarse del ateísmo militante de su jefe para mostrarse como lo que es, una creyente católica, que piensa que la muerte no es el final y que una oración tiene más sentido y más calado que una hueca ceremonia new-age ante un pebetero.

El otro gesto de humanidad ha llegado este miércoles. A diferencia de Sánchez y el resto de los ministros, que han hecho visitas de médico a Ceuta, Margarita no se ha encapsulado. Ha salido a la calle y se ha acercado a los vecinos. Pepi, una sanitaria jubilada, rompió a llorar al saludarla y se desahogó. Recordó a la ministra de Defensa lo evidente, que los ceutíes son españoles, «como los que más», y que la normalidad en modo alguno se ha recuperado. También le contó entre lágrimas que vive en un suspiro: «Tengo miedo. He tenido que coger un cuchillo». Robles la escuchaba sujetándole las manos, la intentó tranquilizar y la invitó a un café.

En su paseo por las calles, Margarita escuchó algún abucheo y silbido. «El gobierno tiene muy poca vergüenza», le espetó un vecino. Pero la ministra ahí estuvo, escuchando a los que están padeciendo las secuelas de la invasión.

Por el contrario, gente como Sánchez o Bolaños ya no se atreven a pisar la calle. Han suscitado un rechazo tan enconado que allá a donde acudan en España, y sea cual sea la circunstancia, les aguardará una sinfonía de improperios si osan hollar una acera. La solución del divo es circular con una escolta a lo Idi Amin. Va a tiro fijo al lugar blindado donde lo aguardan el micrófono y las cámaras amigas, y escapa corriendo en helicóptero, o en su berlina blindada con más de media docena de coches de protección. Si se ven vecinos en las imágenes, son simpatizantes del PSOE previamente seleccionados por Moncloa.

Sánchez tiene 54 años. Si las encuestas atinan, con la suma de PP y Vox en más de 200 escaños, el año próximo tendrá que dejar la Moncloa y volver a la vida normal. Acorde a la esperanza de vida en España, le quedarán por delante más de treinta años. Tiene que ser muy duro sufrir de por vida la pena de bar. Saber que en lo que te resta de existencia nunca podrás entrar en una taberna o en un café con plena tranquilidad, pues siempre aparecerá un parroquiano que te hará un homenaje, o sentirás como algunos clientes te taladran con miradas de desprecio. Es la cosecha que se recoge cuando te dedicas de sol a sol a sembrar división y odio.