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He tenido la suerte, por gentileza de nuestra amiga Maite y su familia, de ver el famoso «eclipse que solo sucede una vez en la vida» en las mejores condiciones posibles, en una encantadora fiesta en un jardín en los alrededores de La Coruña, con una vista de postal, que incluía un recorte del Atlántico asomando al fondo de un paisaje umbrío.

Como por estos pagos tenemos el clima que tenemos –«tropical húmedo», como dice de coña algún amigo–, en el instante final se cruzaron allí en Oleiros algunas nubes un pelín puñeteras. Pero aún así resultó muy curioso, y hasta algo desconcertante, ver cómo de repente moría el día y volvía a renacer de súbito.

No es de extrañar que los antiguos, adoradores del sol y la luna, asociasen los eclipses a todo tipo de supersticiones. Pero luego llegó el monoteísmo, y más tarde el salvador de todos, Jesucristo, y se suponía que las supercherías paganas quedaban atrás. Sin embargo parece que no ha sido así, pues con el eclipse se nos ha ido bastante la pinza en España y hemos vivido un desparrame emocional un poco pasado de rosca, que ha incluido momentos hasta de culto a lo new age.

En las televisiones se ha visto a varias personas en aparente uso de razón llorando a lágrima viva por haber contemplado el eclipse. La televisión pública al servicio de Sánchez celebra alborozada que «el eclipse hipnotizó a todo el país». En el periódico sanchista de cabecera leemos que «el eclipse conquista el corazón de España» y hablan con lírica melindrosa del «olvidado asombro de estar vivos». Jamás en mi vida había visto una catarata de consejos al público equiparable a la de estos días. Han aparecido «expertos» hasta para explicar «cómo protegerse del frío durante el fenómeno».

No me quiero poner estupendo, pues realmente ha resultado muy bonito poder contemplar un eclipse. Pero me parece que hemos exagerado con el despliegue ante el aconteciendo astronómico y que semejante show atiende a razones profundas: cuando se borra a Dios de la ecuación de nuestras vidas, como pretende de manera activa la ideología que todavía manda en España, se buscan sucedáneos y se otorgan atributos de trascendente a lo que no lo es.

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que murió a los 55 años extraviado en la locura, lanzó por primera vez su tremenda frase de «Dios ha muerto» en 1882. Sin Dios, el hombre se queda sin la brújula que le permite distinguir el bien del mal y cimentar una moral. Nietzsche temía que vagaríamos sin rumbo, y en efecto se ha caído en el relativismo; hoy parece que todo da un poco igual. Pero en esa escapada se paga un precio: el hombre se siente vacío. Así que para rellenar el hueco inmenso que deja apartar a Dios se han buscado placebos, como algunas ideologías que se viven como si fuesen una fe religiosa (el nacionalismo y el socialismo de manera destacada), y con nuevos seudo credos, como el del clima y la llamada «ideología de género». O simplemente magnificando como trascedentes y espirituales fenómenos que no lo son, que es lo que en cierto modo ha pasado como la que se ha montado con el eclipse.

La Luna tapa al Sol y el público se pone druídico y sentimentaloide, porque vivimos en una era en la que se han derribado los elegantes muros de la contención emocional. Al perder de vista lo importante hasta una verbena de pueblo se convierte en «un evento».

Pero los ciclos son pendulares. La humanidad volverá a mirar arriba para buscar a Dios. De hecho está empezando a suceder entre los chavales, desencantados con el poso de tristeza que dejan el vértigo digital y el todo vale, que hace que al final nada valga.