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HorizonteRamón Pérez-Maura

Eclipse: anatomía de un instante

Jamás he visto en el abra del Sardinero la presencia de barcos que vi el miércoles por la tarde. Pero la amenaza de unas nubes nos hizo ser prudentes y navegar hacia el norte hasta quedarnos al pairo a dos millas y media del faro de Cabo Mayor

Soy uno de los muchos a los que el eclipse le daba pereza y pensaba quedarme en la terraza leyendo. Terraza desde la que no se podía ver el fenómeno astrológico. Pero mi familia me convenció, afortunadamente, y salimos en una motora a verlo. Menos mal que les hice caso.

El eclipse en Santander empezaba a las 19:31:17 y llegaba a su culmen a las 20:27:23. Cuando embarcamos en la playa de La Magdalena, la multitud de barcos con rumbo a mar abierta era superior a la que vemos cada 16 de julio en la procesión marítima de la Virgen del Carmen. Y créanme: la concurrencia ese día es enorme.

Jamás he visto en el abra del Sardinero la presencia de barcos que vi el miércoles por la tarde. Pero la amenaza de unas nubes nos hizo ser prudentes y navegar hacia el norte hasta quedarnos al pairo a dos millas y media del faro de Cabo Mayor. Pensé que la espera podía ser aburrida, pero el reloj parecía correr más de lo normal.

En el horizonte dos grandes cruceros. Me pregunto si su pasaje escogió esa ruta para ver el eclipse o se dio la casualidad de que habían escogido el crucero del eclipse por pura coincidencia. En todo caso, navegaban libres de las nubes como me confirmó un amigo que los vio desde Ruiloba donde el cielo cubierto hizo imposible el avistamiento igual que en Comillas y el Occidente de Cantabria.

La espera se aligeraba también con un magnífico gin&tonic que me había preparado mi yerno y el estar en el mar daba un silencio absoluto a la espera. Muy diferente del ruido de las multitudes que me han contado que había en tierra. Risas con las gafas para ver el eclipse. Mi mujer fue a comprarlas a una farmacia y le dijeron que no tenían, pero que podía comprarlas en el estanco de al lado. Las compró, pero me dieron más confianza las que regaló El Diario Montañés patrocinadas por el Gobierno de Cantabria. Ahí había unos responsables muy concretos que no podían arriesgarse a ofrecer un producto que no fuera perfecto.

Mi hija mayor programó en el equipo de música del barco que a las 20:26:52 empezara a sonar el maravilloso Total Eclipse of the Heart de la llorada Bonnie Tyler, fallecida el mes pasado. Una horterada que nos hizo gracia. Y cada vez más rápido la luna se iba comiendo el sol, sin parar. Me sorprendió que cuando el sol era ya sólo como un cuarto de luna creciente, la luz seguía siendo muy intensa. Hasta que finalmente, en el momento previsto, se produjo el eclipse total y se hizo de noche. Nos quitamos las gafas. Silencio absoluto. Mi corazón palpitando. A popa se enciende la iluminación pública de la ciudad de Santander. A proa las luces de los dos cruceros que están ya en lontananza. Aparecen el anillo de diamantes y después las perlas de Bailly y en poco más de un minuto empieza a aparecer de nuevo el sol, apenas ha sido un instante que quedará en nuestra memoria toda la vida.

Como no somos científicos, el post eclipse total no nos interesa y ponemos rumbo a casa. Y siento que no haya imágenes de aquella inmensa flota rumbo a tierra, todos a la vez. Aquello no era como la procesión de la Virgen del Carmen. Aquello era más como la Operación Dinamo en mayo de 1940 cuando Churchill movilizó a miles de barcos de recreo y de pesca para que acompañaran a la Armada a rescatar a 300.000 soldados sitiados por el Ejército alemán en Dunkerque. Ciertamente memorable.