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Post-itJorge Sanz Casillas

La España que hace cola por unas gafas gratis

Ahí coincido con los tenebristas de las redes sociales: si mañana pidieran voluntarios para vigilar la frontera de Ceuta, con manutención y uniforme gratis, no acudiría ni la mitad de la mitad de las personas que esperan pacientes a unas gafas de cartón o a un décimo de Lotería

Se ha visto en las horas previas al eclipse de sol largas colas para conseguir unas gafas gratis. Ha sido en Salamanca, aunque eso es lo de menos. Y hay dos cosas reveladoras en ese fenómeno, al menos bajo mi punto de vista. En primer lugar, el del paisano que destina una hora de su tiempo (o dos) para conseguir algo que le habría costado un par de euros de no haberlo dejado para el último momento. En segundo lugar, es llamativo el empeño del paisano que, en redes sociales, necesita criticar al que hace cola, armando incluso una teoría económica y social al respecto. Hay todo tipo de tesis: desde que hacer cola es sinónimo de pobreza o, en su defecto, tacañería; hasta que si regalas dos horas de tu tiempo así porque sí es porque el socialismo se ha metido dentro de ti.

En Occidente hacemos colas por todo. Cualquiera, hasta el menos entusiasta, guarda fila por algo. Esperas en la pescadería, en la montaña rusa, para renovar el pasaporte y para que te atienda el SEPE. Luego están los casos extremos. Vete a Santorini en agosto y verás cómo de dentro de la ciudad emerge una cola que te lleva hasta una esquina, una escalerita, desde la que fotografiar las dos cúpulas azules que aparecen en todas las postales. Todo el mundo lo negará, pero hay quien se viste y se peina ex profeso para ese momento y que no contempla poner fin a sus vacaciones sin esa imagen en su teléfono móvil. Lo llaman FOMO (y que significa, por sus siglas en inglés, Fear of Missing Out), es decir, miedo o ansiedad a perderse de algo. Lo que toda la vida se resumió con la frase «¿Dónde va Vicente? Donde va la gente» y que explica que haya gente en agosto haciendo cola en Doña Manolita.

Yo también he esperado mucho por cosas insospechadas. Siendo estudiante de periodismo de primer año, en el verano de 2009, esperé junto al estadio Santiago Bernabéu para la presentación de Cristiano Ronaldo. Me fui a las nueve de la mañana con mi primo Javi –que es madrileño– como quien va a la montaña, es decir, con una mochila con comida y bebida para aguantar todo el día, pues la presentación, si no recuerdo mal, era a las siete de la tarde. De lo que sí me acuerdo es de los empujones, del riesgo de aplastamiento y de que ese día entró más gente que asientos había disponibles. Tengo fotos que lo atestiguan, aunque este asunto ya ha prescrito.

Al final, el problema no es tanto hacer cola como el para qué. Es decir, que el tiempo es como la dinamita: lo puedes usar mal (y volarle la casa al vecino) o usarlo bien (y construir un puente). Sí es verdad, y ahí coincido con los tenebristas de las redes sociales, es que si mañana pidieran voluntarios para vigilar la frontera de Ceuta, con manutención y uniforme gratis, no acudiría ni la mitad de la mitad de las personas que esperan pacientes a unas gafas de cartón o a un décimo de Lotería. Pero eso es materia para una columna en septiembre, no ahora.