Fundado en 1910

Hola, amigos y amigas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Empiezo por presentarme ante todas y todos, aunque probablemente ya me conocéis, porque en las esferas progresistas el eco de mi labor está ahí. Me llamo Yolanda Díaz Pérez, tengo 55 años y soy vicepresidenta y ministra de Trabajo de mi país, una confederación plural y diversa, una nación de naciones que antes la derecha reaccionaria denominaba España.

Os voy a contar algo súper chulo: aspiro a convertirme en la próxima directora general de la OIT y os pido vuestro apoyo. Aunque el actual mandatario, el togolés Gilbert Houngbo, ha hecho una labor magnífica, creo que es tiempo de que avancemos y de que una mujer, además una mujer progresista, se sitúe el frente de tan importante organización, fundada en 1919 y hoy bajo el paraguas de la ONU. Creedme, vamos a hacer cosas chulísimas, como las que hicimos en el Gobierno de España, donde logré milagros como que subiese el gasto en desempleo mientras en teoría bajaban los parados y donde falsifiqué con éxito los datos con un truqui muy guay, los fijos discontinuos.

Si algo me ha distinguido en toda mi carrera es que soy una mujer muy sincera. Sé que todo el mundo está atento estos días a la crisis de Ceuta y no os voy a ocultar que yo no estoy en eso. Como defensora de las conquistas irrenunciables de los trabajadores y trabajadoras, considero que el derecho a las vacaciones es sagrado, creedme, sagrado. Así que ahora mismo os escribo desde el chiringuito de una playa de Nigrán, donde estoy pasando unos días con mi hija Carmeliña y algunos amigos. Debemos priorizar las políticas de cuidados.

Siguiendo con la sinceridad, tampoco os voy a ocultar que me encuentro en una situación delicada. Llevo chupando del bote desde el 13 de enero de 2020 como ministra de Trabajo, y además desde 2021 soy también vicepresidenta. Vivo en una casa de la leche en una zona carísima de Madrid, a un paso de un súper centro comercial boutique –me encantan los trapos, ya sabéis– y del Viso, un barrio de plutócratas. ¡Y no pago un euro!, porque es una residencia del Estado. O sea, que llevo seis años pegándome la vida padre en Madrid, con unos cargos que jamás soñé disfrutar, porque yo era una abogada laboralista de pelo negro y palestina allá en Ferrol, en la esquina del norte, y más tarde una líder regional comunista fracasada. No os lo vais a creer, pero allí no me votaba «ni el Tato», como dicen aquí en Madrid. Bueno, y ahora tampoco me votan je je.

Afortunadamente me camelé a dos panolis, Pablete e Irene, la pareja de Podemos. Me colé en su partido en plan caballo de Troya y él fue tan gili que me nombró a dedo su sucesora. Ya con el cargo bien atado, les dije, «chicos, si os he visto ni me acuerdo». ¡Menuda puñalada! Después me entendí con Pedro –Peter Sánchez, para que os ubiquéis– y hasta hoy. El cargo ha sido además como una agencia de viajes. Me he recorrido el planeta por la cara.

Pero me he dispersado, disculpad. Con todo esto lo que os quiero decir es que ahora mismo me encuentro en una situación delicada y me tenéis que echar una mano desde la OIT. El partido que fundé a mi mayor gloria, que se llamaba Sumar (en inglés «Add», que le he preguntado a la IA, para que no se diga que no hablo idiomas) no rasca pelota. Me han echado los propios compañeros y en el Gobierno también tengo los meses contados, porque Peter ha montado la cueva de Alí Babá y lo han pillado. Y aquí viene el lío: ¿A dónde vamos Carmeliña y yo, que tengo 55 tacos, si pierdo el chollazo del Gobierno? ¿Voy a ponerme a trabajar a estas edades, voy a bajarme del coche oficial y meterme en el metro? Podría hacerme tertuliana, sí, o ir a La Isla de las Tentaciones. Pero es poco money, y sin escolta. ¿Qué más os da que me pase unos años en Ginebra como directora general de la OIT empaquetando cerca de 400.000 euros al año? Como dijo una gran socialista, el dinero público no es de nadie.

Mis credenciales para el cargo son insuperables. Mi padre vivió toda su vida del sindicato y yo, del comunismo. Como ministra he inflado a subvenciones a las centrales. No me dejéis tirada, votadme, ¿vale? En serio, haremos cosas chulísimas, un gran proyecto participativo para todos y todas, con vosotras opinando y yo llevándome la pasta.

Chao, graciñas, thank you.