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El Gobierno ha prorrogado la vida de Almaraz hasta 2030 y sus dos reactores, que iban a cerrar en 2027 y 2028, seguirán en marcha hasta entonces. O más si, como dicen todas las encuestas y no evita la Ley de Importación de Votantes conocida en los ambientes como «De nietos», por aquel año Sánchez no será presidente, quizá esté en algún banquillo y su sucesor se parezca un poco a la gran Teresa Ribera.

Fue ella quien firmó las sentencias de muerte en su calidad de ministra de Transición Ecológica, que suena como la Transformación Social Competitiva de la catedrática Begoña; pero también la que, con ímpetu, ha apostado como nadie por la energía nuclear desde su merecidísimo puesto como vicepresidenta de la Comisión Europea, con una genialidad muy de su tutor Sánchez: basta con considerar que la nuclear es una energía verde para que, milagro, todo encaje.

La energía es la misma en España que en Francia o Alemania, pero aquí tiene unas consecuencias perversas y allí no, gracias a la etiqueta que Ribera le ha puesto en cada sitio. Para entendernos, es como si prohibieran el pollo en España por la gripe aviar y lo promocionaran en Bruselas por su alto valor proteico.

La decisión se ha publicado ya en el BOE, con agostidad y maretasía, que es la nueva palabra de moda para describir las proezas estivales sanchistas: La Mareta como unidad métrica de su política, consistente en responder a los múltiples incendios que asolan España con otra inmersión, una más de gambas y buenos amigos como Calleja a la vera, para ver juntos desde allí, mojito en mano, los bellos atardeceres en Ceuta, multicultural ella gracias a los ingenieros, astrofísicos y filólogos llegados de repente para contribuir a sostener el Estado de Bienestar.

Prolongar la vida de Almaraz sin dar una sola explicación es, pese a todo, una buena noticia, para empezar en aquella comarca extremeña que ha peleado por lo que le da de comer. Pero también para España, que ya sabe de primera mano qué puede pasarle si los delirios ideológicos sepultan las evidencias científicas.

Cuando decidieron sacar del circuito la nuclear para que Pedro el Profeta le contara al mundo la buena nueva renovable, tuvimos un gran apagón nacional que demostró dos cosas: la infinita capacidad del Gobierno para mentir y la imposibilidad de atender las necesidades de España sin meter en el batido energético cotidiano su dosis nuclear: Sánchez prefirió anteponer sus delirios ideológicos y quién sabe si los intereses de algún lobby al más elemental sentido común, con el resultado conocido. Hicimos el ridículo y seguimos pagando por la luz más que quince países de la Unión Europea, por mucho truco contable que le pongan a los datos desde el Ministerio de la Mentira anexo a La Moncloa.

La buena noticia, perpetrada por las peores manos, no esconde sin embargo una reflexión final: si la nuclear era tan mala como decían Sánchez y Ribera, ¿a qué viene la prórroga? Y si no lo es, ¿quién va a disculparse y detallar los planes al respecto del sector?

Nunca fue serio cerrar las centrales con el incesante parloteo hermanado con la «emergencia climática», que vale para un roto y un descosido. Y tampoco lo es enmendarse a sí mismo a escondidas en el BOE, con el presidente imitando a Nerón con su lira y la Begoña Gómez de Bruselas siendo carnívora allí y vegana aquí. Tanto hablar de la ciencia, y son unos vulgares vendedores de crecepelo, cuando no unas bandoleros de Sierra Morena.