Demasiadas cuerdas para un violín
Hoy, según me han contado, hay queridas que lo han conseguido casi todo gracias a los amantes, aunque éstos renieguen de su condición de padres. Y es muy triste. Dejar a una mujer con tres hijos en un chalé, dice muy poco del causante del abandono. Con tres, con dos o con uno, sin especificar número para no enredar
Así se titulaba la película. Italiana, claro. Y creo recordar que con Hugo Tognazzi de protagonista. Estaba casado y tenía tres hijos. Y mantenía a dos queridas o amantes, que así se les llamaba en aquellos tiempos. Con la primera, una hija. Con la segunda, la parejita. En total, tres mujeres y seis hijos. El 24 de diciembre era un día brutal. Cenaba en las tres casas, regalaba en las tres casas y bebía en las tres casas. Pero jamás abandonó a las madres de sus hijos.
Yo tuve un cercano pariente de muy similares características, si bien la descendencia natural que se le atribuyó superaba la veintena de hijos, además de los legítimos –así se les decía–, que eran ocho. Y como el personaje de Demasiadas cuerdas para un violín» nunca abandonó a sus queridas y amantes, –insisto que así eran denominadas–, y como era muy rico, a todas les compró un piso en el barrio de Salamanca, no lejos de su hogar matrimonial. Una de sus amantes, que era masajista, le rogó que vendiera su piso de Madrid y le comprara un chalé en Torrelodones. Y mi tío se lo compró.
En efecto, mi pariente era un machista, pero sus mujeres lo adoraban. Cuando falleció, en el decenio de los sesenta del pasado siglo, se celebró un funeral por su alma en los Carmelitas de la calle de Ayala, y los tres primeros bancos los ocupaban su mujer, los hijos de su mujer, sus amantes y los veinte hijos naturales. La iglesia, abarrotada. Y muy emocionante la homilía: «Hoy nos hemos reunido aquí para recordar y rezar por el alma de un hombre tan peculiar como querido por su generosidad. Es cierto que escribió con los renglones torcidos, pero en estos tiempos, en los que los matrimonios apenas superan los tres vástagos, produce enorme satisfacción ver reunidos a sus veintiocho hijos, a los cuales ha alimentado, pagado sus estudios y jamás olvidado sus onomásticas y cumpleaños».
Ante todo, era un buen padre, y de ello se sentía profundamente orgulloso. De sus amantes, la que más lata le dio fue la masajista, que a los pocos años de vivir en su chalé de Torrelodones, le sugirió que adquiera en su nombre la parcela colindante con el fin de construir una piscina, una pista de tenis y un horno de leña exterior para las barbacoas de los domingos. Ni un reparo. Ella era muy avanzada, feminista, de la cáscara amarga y bastante roja. No obstante, recibió más que el resto de sus mantenidas. Se lo confesó a un amigo durante un aperitivo en el viejo «Balmoral» de la calle de Hermosilla. «Me ha salido rana. Y me obliga a mantener con ella una relación «sostenible», «transversal» y comprometida con la radicalización genética de la mujer». El amigo le recomendó:
–Mándala a tomar por saco. –Lo haría si no tuviera dos hijos con ella.
Era un padre orgulloso. Y respetaba a sus queridas o amantes –de esta guisa eran conocidas–, en homenaje a su paternidad.
Hoy, según me han contado, hay queridas que lo han conseguido casi todo gracias a los amantes, aunque éstos renieguen de su condición de padres. Y es muy triste. Dejar a una mujer con tres hijos en un chalé, dice muy poco del causante del abandono. Con tres, con dos o con uno, sin especificar número para no enredar en cábalas y cotilleos. A lo hecho, pecho, y aunque suponga un engorro, un padre no puede dejar de ser padre por un traslado burocrático de domicilio. Claro, que han cambiado los tiempos, los señoríos, los chalés y las barbacoas.
Mi tío fue mucho mejor.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 1 de septiembre de 2021