Fundado en 1910

El pasado viernes, a las tres de la madrugada, una ambulancia acudió de urgencia a una vivienda de Battersea, una zona hoy excelente de Londres, donde encontraron ya sin vida a un varón de 41 años. Era el sociólogo Jason Atta Kwei Arday, padre de dos hijos, que solo nueve días antes había renunciado a su cargo de profesor en Cambridge, después de que la prensa revelase que había plagiado parte de su tesis y que había embellecido su vida con todo tipo de mentiras e hipérboles.

Según sus amigos, la polémica que le costó su cargo había hecho muchísima mella en Arday, que había perdido peso y equilibrio emocional y se negaba a salir de casa. Todo indica que su tristísimo final ha sido un suicidio, aunque todavía no se ha confirmado.

La muerte, el trágico árbitro que baja el telón, con frecuencia obliga a replantearse muchas cosas. La del profesor Arday ha abierto un enconado debate sobre la labor de los medios que informaron sobre sus probados fraudes. Para la izquierda política, social y mediática, Jason Arday es un mártir, víctima del racismo y de la prensa «reaccionaria». El periódico sanchista se apresta a definir lo ocurrido como «una muestra del irracional afán de revancha de una derecha reaccionaria contra lo que consideran años de injusto 'wokismo'».

Es cierto que la disminución del flujo informativo en el Reino Unido durante el verano, que no en nuestra atribulada España, provocó que se le prestase más atención al caso de la que cabía esperar. Fue destapado principalmente por los diarios conservadores Telegraph y The Times, pero tampoco fue ajeno el laborista The Guardian, que ofreció cumplida información sobre sus mentiras. A mi muy modesta escala, me ocupé del asunto en un artículo. Mi tesis era que la discriminación positiva y la corrección política pueden llevar a tomar decisiones injustas, como en este caso la de otorgar un puesto en una de las universidades de más solera y prestigio del mundo a un docente con evidentes fallas, pero que daba al centro académico el titular que buscaba: el profesor negro más joven de la historia de Cambridge.

Arday, hijo de dos inmigrantes de Ghana, un cocinero y una enfermera, se inventó sensacionales pasajes de su biografía. Aseguró que había superado un cáncer de testículo y un tumor cerebral, que cuatro jóvenes lo había apaleado de joven sin motivo, provocándole epilepsia, que un accidente de coche lo había dejado meses en coma… Era falso, como su supuesta labor como cooperante en Río de Janeiro, o sus inauditas carreras solidarias de súper hombre (aseguraba haber corrido 30 maratones en solo 35 días, los últimos cinco con una tibia rota, y 970 kilómetros sobre una cinta en seis días). Tampoco concuerda la enorme cantidad de dinero que aseguraba haber recaudado con sus actividades filantrópicas.

Según su relato, Arday padecía de niño dislexia y retraso cognitivo y no habló hasta los once años, ni logró leer y escribir hasta los 18. A partir de ahí logró graduarse en Educación Física en una universidad menor e hizo dos másteres en Pedagogía. A continuación logró un doctorado en una universidad de Liverpool, con la tesis que ahora aseguran que plagió, y comenzó a dar clases, primero en Leeds y luego en la Universidad de Glasgow.

Cambridge se enamoró de su impresionante historia de superación y filantropía, que lo llevó incluso a portar la antorcha olímpica, y lo contrató en marzo de 2023. Un golpe de márketing contra la etiqueta de elitismo. Y una injusticia para académicos más cualificados que se quedaron sin la plaza, para los estudiosos que vieron pasajes de sus trabajos fusilados y para el propio Arday, al que Cambridge, de manera irresponsable, elevó a una situación insostenible, pues todo pendía del engaño. Además, la Universidad que lo promocionó de manera hiperbólica no se ha preocupado tras su caída de tutelar cómo estaba y darle apoyo emocional.

En septiembre de 2025, Jack Grove, reportero del Times Higher Education, había recibido denuncias de dos profesores sobre el supuesto plagio de Arday y preparó un reportaje. Al llamar al interesado para contrastar, la respuesta de Arday fue denunciarlo ante la Policía por acoso racista. La investigación quedó paralizada. Mientras tanto influyentes revistas de cejas altas saludaban a Arday como «el sociólogo más influyente del mundo».

La importante pregunta que ha surgido tras el desolador final es si la prensa debió haber informado al público del plagio y los engaños o no. La izquierda británica lo tiene muy claro: los medios «conservadores», alimañas mediáticas racistas, son en el fondo los auténticos culpables de la muerte. Algunos influyentes «progresistas» ingleses están abogando ya por que se apliquen normas restrictivas de la libertad de prensa.

¿Tenían que haberse callado los medios una vez que descubrieron que un profesor estrella de Cambridge era un falsario? A partir de ahora, ¿no se puede informar si el que ha cometido el desmán forma parte de determinada minoría? ¿Quién hizo más daño al pobre Jason Arday, la prensa… o sus palmeros de la izquierda comprometida y de Cambridge, que lo comprometieron llevándolo mucho más allá de su umbral de competencia? ¿Queremos sociedades infantiles tuteladas por la corrección política y el 'wokismo', o queremos tratar al público como adultos con derecho a conocer la verdad?

Al pobre Jason Arday, un fabulador que se creyó su propio cuento, lo convirtieron en un póster de la diversidad cultural sin preocuparse un minuto del ser humano, su dignidad y su evidente fragilidad. Recemos por su alma inmortal.