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La comparación no puede ser más hilarante: Óscar Puente ha dicho que Pedro Sánchez es «nuestro Jordan» para, a continuación, presentarse a él mismo como su Scottie Pippen. No es el elegido para lanzar la última pelota a canasta, pero si quedan dos segundos y recibe el balón, no lo pasará. Se la chupará, aunque tenga dificultades para distinguir un balón de un melón y un guardaespaldas de un ministro.

El símil baloncestístico suena grosero para quienes disfrutamos del mejor deporte del mundo, pero también para cualquier aficionado a la disciplina democrática, la única que ha ido en el camino contrario a todas las demás. Aquí ya no cuentan las tarjetas rojas, las faltas técnicas, el VAR o los árbitros; porque Sánchez ha adaptado las reglas del juego a sus caprichos e intereses y todo es como con Negreira: si no encesta, repite el tiro; si hace falta en ataque, expulsan al atacado; si no le llega con el tiempo reglamentario, lo extiende; y si la grada pita, se echa a los aficionados; todo ello con algún árbitro de pega para que el atraco parezca un accidente.

Puente, en fin, se ha postulado, con el permiso o sin él de Sánchez, cuya visión cesarista sugiere la aplicación del viejo aforismo de que Roma no paga traidores, aunque eso también es negociable. Óscar López y Antonio Hernando, entre otros, pasaron de amigos a rivales y de ahí a socios y cómplices de nuevo, con el propio Zapatero como ejemplo de que ni en eso el Señor de la Mareta es coherente: si necesitara el escaño de Jack el Destripador, lo usaría. Y diría que en su nueva normalidad hay que integrar a los asesinos en serie, que es mucho mejor verlo en el Parlamento que descuartizando a señoras.

La gracia de Puente desvela involuntariamente, pese a todo, que hasta los felpudos más activos de Sánchez divisan el final de un ciclo que nunca debió comenzar, porque todo en el actual presidente es trampa desde que a España le cayó en desgracia un inmoral de su magnitud histórica, un mediocre autoritario capaz de cualquier cosa por quedarse con el anillo del poder.

Como huele a muerto, el ministro de Adamuz se postula entre halagos al jefe, cuya sucesión no mencionaría ni siquiera para el largo plazo de no creerla posible al corto: es un recado a sus rivales internos, a sus compañeros, a la exigua militancia socialista y a los detractores del sanchismo en el PSOE, esa mezcla de tibios represaliados y animales mitológicos que solo aparecerán de verdad cuando el finado esté en su tanatorio político, para decir todo lo que durante años han callado con inmensa cobardía.

Lo curioso de Puente, que se ve a sí mismo mucho mejor que nadie y considera una virtud ser un macarra, es su incapacidad para entender que forma parte de la misma mercancía caducada que sin embargo espera heredar y, pese a ello, presenta sus credenciales a sabiendas de que tiene las mismas opciones de ganar unas elecciones que Begoña Gómez de ser rectora en Harvard y David Sánchez director de la Filarmónica de Berlín.

Que no le importe retrata la esencia de la política española y pone el acento en su principal problema, la partitocracia. Porque Burdo Puente, el Niño de Adamuz en los ambientes, solo aspira a que una reducísima y sectaria minoría, la que conforma la militancia socialista, le escoja a él en un eventual enfrentamiento interno en el que solo votan unos pocos.

Los mismos, o todavía menos, que eligieron a Sánchez sobre Madina o sobre Susana Díaz, seducidos por las mentiras de un impostor que conocía, sin embargo, la calidad política del pequeño censo electoral que puso en marcha todo: con apenas 60.000 votos, que es menos que la población de Ceuta antes de la invasión, nuestro Kennedy de polígono inició su carrera. Le bastó con decir que todos eran fachas, hasta sus compañeros, para llegar hasta aquí. El resto ya fue cosa de afinar las trampas, y de un tipo capaz de decirle a las víctimas de Adamuz que él no soldaba las vías ferroviarias hay que esperar un excelso rendimiento en la materia.