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en el recuerdoAlfonso Ussía

Patos de la Ricarda

Se calcula en más de 30.000 millones de euros lo que dejará de percibir Barcelona en los próximos años por su empecinamiento en conceder mayor importancia a los patos que a la tercera pista del aeropuerto

Del mismo modo que ya forman parte del lenguaje urbano la Carabina de Ambrosio y el Coño de la Bernarda –humillado por el ídem de La Montero, qué bonito piropo-, a partir de ahora ingresan con todos los honores en el chapurreo coloquial los Patos de la Ricarda. Son los patos más caros del mundo. Todos juntos, valen más de 1.700 millones de euros.

La Ricarda no es una mujer, como la Bernarda o la Montero, la del berberechís como una mesa. La Ricarda es una finca particular colindante con el aeropuerto de Barcelona, en el Prat del Llobregat. Se organizan bodas y todas esas cosas, y se trata de un humedal con mucho de artificial que los separatistas han elevado a la categoría del Coto Doñana. Lógicamente, los separatistas han renunciado a la ampliación del aeropuerto del Prat en beneficio de los patos de la Ricarda, que tampoco son tantos, aunque más de los que fueron. Con ello acercan a Barcelona aún más a su futuro de aldea. Y Madrid, Valencia y Málaga han celebrado el rechazo del independentismo ecológico y anátido catalán, porque esos dineros, por lógica, caerán a favor de los aeropuertos de Barajas, Valencia y Málaga, menos ricos en patos. Se calcula en más de 30.000 millones de euros lo que dejará de percibir Barcelona en los próximos años por su empecinamiento en conceder mayor importancia a los patos que a la tercera pista del aeropuerto. La Ricarda ha vencido.

En La Ricarda, con anterioridad al esfuerzo de sus propietarios, se veían gaviotas, cormoranes y fragatas. Sus dueños la convirtieron en un humedal magnífico. Creo que sus dueños son –o eran, porque ya está avanzado el expediente de expropiación-, la familia Gomis-Bertrand. Con ellos, La Ricarda se pobló de azulones, cercetas, patos colorados, porrones, fochas, patos cuchara, silbones, tarros, garzas, garcillas, calamones y algunos patos malvasía. La vieja casa no tiene ya fundamento, y los ecologistas han conseguido su propósito. Quedarse con lo que otros hicieron invirtiendo su dinero en lo que ellos van a gestionar desde ahora. Como en Doñana, como en Monfragüe, como en las Tablas de Daimiel, que se han quedado sin agua por culpa de la estrategia «sandía».

Por lógica, la tercera pista del aeropuerto del Prat de Barcelona, ocuparía una buena parte de La Ricarda. Y 1.700 millones de euros de inversión, por mucho que hiera, además de significar el futuro de muchos años de esplendor del aeropuerto barcelonés, no puede estar supeditado a los derechos anátidos – no constitucionales- de los patos, los ánsares, las zancudas y las garzas. Está en manos de los independentistas «sandía» el futuro de un generador imparable de recursos económicos de Cataluña y España. Los patos son maravillosos, pero la supervivencia económica de Cataluña, no anda a la zaga de los porrones, los tarros y los gansos silvestres. Menos aún de los patos malvasía, cuyos últimos ejemplares viven libres en los humedales del sur y levante de España, en zonas definidas del sur de Portugal, y algunos ejemplares, no muchos, en La Ricarda. Josep Pla habría escrito un texto delicioso refiriéndose a la estupidez separatista y ecologista de los que ya han sido derrotados por el sentido común. Ni Proceso, ni independencia, ni recuperación económica. Patos, patos y más patos.

Ahora se reúnen en torno a una mesa como el barbichurri de Irene Montero representantes del Gobierno de España y de la Generalidad separatista. No llegarán a ningún acuerdo, porque hasta Sánchez conoce las consecuencias de una traición. Los empresarios catalanes, grandes colaboradores del desastre, han solicitado que se revise la decisión de no financiar la tercera pista del Prat. La Ricarda es una excusa. El separatismo en Cataluña, como el socialismo-comunismo en el resto de España, busca con ahínco la ruina, la entrega total de la ciudadanía al Padre Estado y la Madre Autonomía. Barcelona y Cataluña perderán de nuevo la oportunidad. España no ens roba. Roban ellos a los catalanes. Entre otras cosas, el futuro. Y patos sí, muchos patos, más patos, una gran densidad de patos a cambio de la supervivencia. Patos que antaño no vivían allí, y que ahora sobran para millones de catalanes que permanecerán en silencio, como es habitual.

Más patos, por favor.

  • Este artículo se publicó en la web de Alfonso Ussía el 14 de septiembre de 2021