Un pueblo que se hace familia, una familia que se hace pueblo
Pero lo más bonito de los «castells» es probablemente lo que no se ve. En las «colles» un pueblo se hace familia
El domingo 30 de agosto, un año más, pudimos emocionarnos en Vilafranca del Penedès con la exhibición de castells celebrada en honor de san Fèlix, patrón de la ciudad. Fue una jornada histórica, y los que tenemos la suerte de vibrar con alguna de las colles que actuaban, nos quedamos afónicos y lloramos de emoción con las proezas conseguidas.
Ver cómo las manilles –estructura de apoyo– y Aaron enderezaban un pilar de vuit que todas las leyes de la naturaleza daban por desplomado fue un milagro al que asistimos en directo. Cargar el quatre de deu fue otra hazaña que expandió los corazones de quienes allí estábamos. ¡Qué inmenso privilegio poder vibrar con la Colla Vella dels Xiquets de Valls!
Y de caballeros es reconocer que los de Vilafranca marcaron un hito al cargar el pilar de nou. Ante semejante heroicidad solo quedaba aplaudir. Claro está que no con la emoción con la que uno lo haría si fuera su colla, pero una gesta tan colosal es digna de reconocimiento.
Esto es lo que se ve, y lo que se vive y disfruta en tantas plazas durante buena parte del año. Especialmente si uno tiene, otra vez más, la suerte inmerecida de pertenecer a la plaza más icónica del mundo, la plaça del Blat de Valls.
Pero lo más bonito de los castells es probablemente lo que no se ve. En las colles un pueblo se hace familia.
Está el alcalde de Junts y el militante al que la CUP le queda muy lejos a la derecha. Está el empresario y el encargado de mantenimiento del Ayuntamiento. El que los domingos va a misa y el que solo pisa la iglesia si hay que cargar algún castell en su interior.
Pero todos visten la misma camisa –rosada en el caso de la mejor colla del mundo–, pantalón blanco y faja negra. No hay distinciones, recelos, ni reproches, aunque sí jerarquía, siempre tiene que haber uno que lo ordene todo para que la unión del pueblo logre asomarse al cielo. Pero ese uno puede ser cualquiera, no necesariamente el tipo con más poder en el pueblo y todos se someten a su autoridad.
La colla es una pequeña representación de todo el pueblo, un pueblo que se convierte en familia, compartiendo ensayos, sudores, momentos de euforia, de dolor, mucho sufrimiento y algún que otro susto. Y esa familia es la que luego hace pueblo, porque permite vivir la vida fuera del grupo, en el pueblo, con la armonía necesaria para que las cosas funcionen, la sociedad progrese y las cosas buenas sean posibles gracias a la unión de su gente en lo importante.
Los castells son una escuela relevante que, por ósmosis, ayuda a vivir y a convivir con quienes, de otro modo, sería muy difícil hacerlo.