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Por mucho que La Moncloa y su orfeón mediático digan al respecto de la estupenda relación entre Pedro Sánchez y Felipe VI, lo que ha quedado sobre la mesa es un reproche perfectamente calculado del primero al segundo, en un tono despectivo y con un error premeditado: cuando el líder socialista elevó hasta las dos décadas el periodo de reinado en vigor, quiso sugerir que ya llevaba demasiado, en contraste con sus ocho años, a todas luces insuficientes para él.

Y cuando le reprochó su ausencia de Ceuta y Melilla durante ese largo tiempo, para anunciar a continuación que lo hará cuándo y cómo él diga, quiso reflejar la inutilidad de la institución y en todo caso su subordinación a él mismo: aquí mando yo y aquí no pinta nada él, soltó con otras palabras el arrogante Sánchez, cuya chulería infinita también quedó presente en su airada defensa de sus vacaciones con Begoña mientras una parte de España ardía y otra más era invadida.

Nada en Sánchez es casual ni improvisado cuando se trata de su supervivencia, que es el único combustible de su carrera política, ajena siempre a cualquier otro interés que no sea el estrictamente personal, a menudo incompatible o dañino para el general.

Y por si había dudas al respecto de cómo ha colocado a la Corona en la diana, el rudo pórtico a sus propias palabras lo cruzó en agosto Óscar Puente, atacando a Felipe VI por una foto irrelevante; y lo surcó medio Gobierno jugueteando con la idea de que la crisis con Marruecos era poco menos que responsabilidad suya: o sea, que primero se la maniata y después se le carga la misión de arreglar las cosas con Mohamed VI, pese a que oficialmente no existe problema alguno con Rabat y la colaboración con ellos es espléndida.

El Sánchez más psicópata e inhumano, incapaz de tener un gesto con los afligidos ceutíes e instigador de una campaña de criminalización contra ellos por radicales y xenófobos, ha sido más duro con los invadidos que con los invasores y, en la misma medida, con Felipe VI que con Mohamed VI, por una única razón que se despliega en los dos escenarios con distintos discursos pero responde al mismo objetivo: utilizar Ceuta como conejillo de Indias para establecer en el resto de España la narrativa de la ultraderecha que sólo él puede frenar y, en la misma medida, instalar como gancho electoral que para lograrlo necesita reformular la organización del Estado con una propuesta integradora de sus socios independentistas que necesariamente pasa por el cambio de Régimen hacia una nueva España «diversa, plural y federal» en la que sobra la Corona.

La pregunta ya no es si Sánchez está dispuesto a poner en solfa la Transición y la Monarquía Parlamentaria nacida en el 78, porque en alguien dispuesto a deberle el cargo a ETA y a resucitar los fantasmas guerracivilistas la respuesta siempre es afirmativa; sino qué puede y debe hacer Felipe VI al respecto.

Su discreción es inteligente, aunque no siempre comprendida, pero debe tener un límite: no puede parecer que sus únicos registros son la desaparición de escena, el acatamiento de las órdenes caprichosas de un cacique o la extinción paulatina. Quizá la respuesta no sea tan difícil: basta con aplicar el mismo escrúpulo constitucional a los límites que se impone a los poderes que tiene y puede ejercer sin permiso, entre los cuales los de representación y arbitraje no necesitan refrendo alguno de un sátrapa codicioso. Lo que no puede hacer el Rey ya está claro: se trata de saber si está dispuesto a hacer lo que sí puede hacer. Y quizá esté tardando demasiado en darse cuenta. Van a por él, por la espalda, desde la esquina de un lúgubre callejón.